Por Vicente Carrera
La Universidad de San Carlos de Guatemala no es solo una institución académica: es la única universidad pública del país, heredera de tradición centenaria de autonomía, pensamiento crítico y compromiso social. Por eso, si su gobierno, su credibilidad o su funcionamiento entran en crisis, la pérdida no es solo administrativa. Es una pérdida colectiva que afecta a estudiantes, catedráticos, egresados y, en última instancia, a todo el país que depende de profesionales con ética y rigor.
Ante escenarios de crisis (ya sea por cuestionamientos a procesos electorales internos, señalamientos de injerencia externa, tensiones entre autoridades y bases estudiantiles, o simple desgaste institucional), existe una tentación comprensible: buscar soluciones fáciles, imponer posturas, o resignarse al conflicto permanente. Sin embargo, la historia ofrece precedentes de que el camino contrario también es posible: la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918, en Argentina, nació de una crisis de gobierno universitario tan profunda como cualquiera que enfrente hoy la USAC y se resolvió no por imposición, sino mediante una negociación estructurada entre autoridades, catedráticos y estudiantes, mediada por el gobierno nacional. De ese proceso nació el modelo de cogobierno y autonomía universitaria que, con el tiempo, inspiró a buena parte de las universidades públicas latinoamericanas, incluida la propia USAC.
El diálogo no es debilidad, es método
Hablar de “conversar” para resolver una crisis institucional puede sonar ingenuo frente a la magnitud de los problemas que enfrenta una universidad como la USAC. Pero el diálogo, entendido como herramienta, no es simplemente “sentarse a hablar bonito”. Es un proceso deliberado que exige:
- Reconocer a todos los actores legítimos. Estudiantes, catedráticos, trabajadores administrativos, egresados y autoridades tienen perspectivas distintas y, muchas veces, intereses en tensión. Ignorar a alguno de estos sectores no resuelve el conflicto: lo posterga y lo profundiza.
- Separar las personas de los problemas. Las crisis universitarias suelen mezclar disputas técnicas (normativas, presupuestarias, electorales) con desconfianzas personales históricas. Un diálogo bien conducido distingue ambas cosas para no convertir cada desacuerdo en una batalla identitaria.
- Generar espacios con reglas claras. No basta con “abrir la conversación”; hace falta que esa conversación tenga reglas de participación, plazos y mecanismos para traducir los acuerdos en decisiones concretas.
- Aceptar que el consenso total rara vez existe. El objetivo realista no es que todos piensen igual, sino construir acuerdos suficientes para que la institución vuelva a funcionar con legitimidad.
El riesgo de no conversar
Cuando el diálogo se abandona, lo que suele ocupar su lugar no es el silencio, sino la polarización. Las crisis no resueltas tienden a endurecer posiciones, deslegitimar liderazgos y erosionar la confianza pública en la institución. En el caso de una universidad estatal, esto tiene un costo adicional: cada mes de parálisis o de disputa interna se traduce en clases suspendidas, investigación detenida, egresados con títulos cuestionados y una sociedad que empieza a dudar del valor de su universidad pública.
La recuperación de la USAC (en el sentido más amplio de restaurar su normal funcionamiento, su credibilidad y su capacidad de cumplir su mandato constitucional) no depende de que un solo sector “gane” el conflicto. Depende de que los distintos sectores encuentren un terreno común desde el cual reconstruir.
La fragmentación como obstáculo adicional
Uno de los riesgos que agravan cualquier crisis institucional es la fragmentación de quienes buscan un cambio. Cuando los sectores críticos (estudiantes, docentes, gremiales) no logran articular una postura común, sus demandas pierden fuerza y se vuelven fáciles de ignorar o de enfrentar por separado. Muchos dentro de la comunidad sancarlista señalan que esta dispersión ha sido aprovechada por la administración del rector Walter Mazariegos, cuya reelección en abril 2026 —al igual que su primera llegada a la rectoría en 2022— ha sido calificada como fraudulenta por medios como La Hora o Prensa Comunitaria, por organizaciones estudiantiles, y motivó la suspensión judicial provisional del proceso electoral tras denuncias de exclusión de electores opositores y el incumplimiento de requisitos legales para el cargo. Aunque no existe una sentencia firme que califique judicialmente el proceso, la magnitud de los señalamientos documentados hace evidente que esta administración llegó al poder por un camino profundamente cuestionado. Esto no significa que todos deban pensar igual, pero sí que la construcción de acuerdos mínimos entre los sectores críticos (antes de sentarse a dialogar con las autoridades) es en sí misma una condición para que ese diálogo tenga peso real.
Conversar como acto de responsabilidad ciudadana
Para quienes forman parte de la comunidad sancarlista (y también para la sociedad guatemalteca en general, que sostiene y necesita a la USAC) apostar por el diálogo no es una postura pasiva. Es una forma activa de responsabilidad ciudadana. Participar en espacios de discusión, informarse con seriedad antes de opinar, exigir que las autoridades rindan cuentas mediante mecanismos institucionales y no mediante presión callejera, y estar dispuesto a escuchar posturas distintas a la propia, son formas concretas de contribuir a una salida ordenada de la crisis.
Ninguna universidad se reconstruye de un día para otro, y ninguna conversación por sí sola resuelve décadas de tensiones acumuladas. Pero cada espacio de diálogo genuino (dentro de una facultad, entre estudiantes y autoridades, entre egresados y la administración central) es un paso que reduce la distancia entre los sectores y aumenta la posibilidad de que la USAC recupere lo que la hace valiosa: ser un espacio de conocimiento abierto, crítico y al servicio del país.
Al final, conversar no garantiza que todos obtengan lo que quieren. Pero es, con diferencia, la herramienta que más posibilidades ofrece de que la USAC salga fortalecida de sus crisis, en lugar de fragmentada por ella.



