Por Dante Liano
Conocí a Demetrio Maníez en la Feria del Libro de Izotenango, cabecera municipal del Departamento de Cachotepeque. Habíamos ido allí para presentar un libro de estudios críticos sobre la obra de Manuel Hebrón, nuestro mayor escritor nacional. Cuando llegamos al ex convento (que lo había sido en época conservadora) y ex cuartel (que lo había sido en época liberal) nos encontramos con amplios corredores llenos de mostradores con libros y vacíos de compradores o de simples curiosos. La Feria del Libro, en esos lejanos territorios, estaba siendo un fracaso. Por la mañana, se llenaba de escolares arrastrados por sus maestros, con lujo de amenazas o con promesas de premios en los exámenes. Los adolescentes formaban un vasto y desinteresado público, que bostezaba a boca abierta y sin inhibiciones delante de los pulcros razonamientos de literatos, ministros y embajadores. Recuerdo al encargado de negocios de una república sudamericana, poeta prestado a la diplomacia, cuyo discurso podría haber sido conmovedor y emocionante si no fuera por ese público cautivo que se arremolinaba en las sillas de metal, miraba hacia el cielo raso como invocando la lluvia o se entretenía observando con pasión de entomólogo las uñas sucias de las manos. En la medida que avanzaba en su perorata, el poeta se iba dando cuenta de que nadie la hacía caso, y lo que comenzó arrebatado terminó desalentado y desconsolado, incluyendo la poesía final de propia mano, leída con la destanteada convicción de echar margaritas ante porcos. Por las tardes, ya sin escolares, la Feria se poblaba del fiero desdén de los pobladores de Izotenango, que desertaron la cita con la cultura de cada año. Nos dijeron, para consolarnos, que también había poca gente en el desfile de inauguración de la otra feria, la del Santo Patrón, no obstante la banda que recorrió las calles, con sus batonistas adolescentes y sus trompetistas desafinados, cuyo destiemple dejaba adivinar, con dificultad, la canción que pretendían tocar y que simplemente ejecutaban. En fin de cuentas, podíamos proclamar que nos había ido bien, porque a nuestra presentación llegaron cinco lugareños: el cura, la maestra de primaria, el maestro de secundaria, un primo del alcalde en representación del alcalde, quien atendía una reunión urgente, y la novia del primo del alcalde.
Por la noche, terminadas las actividades librescas, decidimos regalarnos una buena cena en algún restaurante del lugar. La Directora de la Feria nos recomendó un bistrot (“al estilo francés”, añadió innecesariamente). No fue difícil ubicarlo. Se llamaba “Chez Quez” y el juego de palabras no se nos escapó. Tampoco que el apellido del dueño era Quezada, abreviado para darle ese toque galo que no daña a un restaurante. Éramos tres y ese número impar fue nuestra desgracia. Yo había sido invitado a participar en las presentaciones del libro porque había escrito un artículo sobre Hebrón. El segundo ponente era el mayor experto nacional sobre el autor. El tercero era el editor del libro. Nos dieron una mesa para cuatro, lo cual dejó descubierto un lugar. Nos acabábamos de sentar cuando un comensal, que cenaba solo, se me acercó. “¿Es usted el famoso escritor José Valdés?” me preguntó. “Bueno, José Valdés soy yo”, le contesté. “Famoso no creo”. El hombre se echó una carcajada. “Vaya que no negó ser escritor”, me dijo. “Lo conozco de foto”, aseveró. “Siento mucho decirle que no he leído nada suyo”. No supe qué decirle. “Pero ahora que ya lo conozco, más de algún librito suyo me lo leo”. Agradecí la deferencia, pero mi cortesía no apaciguó al intruso. “Me presento”, dijo a los tres. “Soy Demetrio Maníez y todo el mundo me dice Mito”. Reconocí el apodo, porque había un futbolista nacional cuyas jugadas gloriosas lo habían vuelto el ídolo de nuestra infancia. Se llamaba “Mito” Marroquín y, de alguna forma, era mi pariente. Como era un buen defensa central, lo llamaban, también, “Cintura de hierro”. A esas alturas, el Mito de Izotenango ya había entrado en confianza. No le costó nada arrastrar su silla hasta nuestra mesa. “Espero que no les moleste que me siente con ustedes”. Claro que nos molestaba, pero no queríamos ponernos violentos. Además, Mito era como los ríos tumultuosos de su región. No se le podía parar con nada.
“Les voy a ilustrar el menú, si me permiten”, dijo y cometimos el error de permitírselo. “No se pierdan la papaya de la casa, cultivada en una maceta especial hecha con cerámica de Chinautla y crecida en la tierra húmeda de los cafetales de la zona, porque la mata del café emana una sustancia, la florinidia, ideal para el cultivo de las frutas. Esa tierra no la van a encontrar en ninguna parte, sino aquí. Eso no es nada, la siembra y la cosecha llevan diez años, bajo el cuidado del mayor geólogo de la zona, porque llamarlo jardinero sería un insulto”. Y uno que creía, como Gertrude Stein, que una papaya es una papaya. “Se los digo”, prosiguió Mito, “porque el chef es una persona muy tímida que nunca habla con los clientes. Pero fíjense que es el hijo del mayor productor de cemento de la zona, no vayan a creer que les va a dar de comer ladrillos de block”, y se rio estrepitosamente de su chiste. “Solo que el muchacho no quiso seguir las huellas del padre, así que hizo un stage en un restaurante de Nueva York, y de allí se fue a París, donde fue ayudante del chef de L’Étoile. Para ese puesto se presentaron mil candidatos de todo el mundo, y el elegido fue nuestro paisano. Allí estaba cuando estalló la pandemia y no tuvo más remedio que encerrarse a probar las recetas que iba inventando, variantes de nuestra gastronomía nacional que ahora ustedes van a disfrutar”. En efecto, el joven tímido cementero había desestructurado varios platos del país, y lo que eran sólidos tamales se habían convertido en una especie de pizza de maíz, y el famoso caldo de gallina lo servía en forma de gelatina, con la gelatina hecha en moldes que evocaban al ave original, y el mole de plátano era una mousse de banano con chocolate algo lejos del alimento inspirador. Mito se esmeró en describirnos cada plato y cada uno parecía la explicación de alguna obra de arte misteriosamente no reconocida por el vulgo y el populacho. Al final de la cena, Mito fue a sacar de la cocina al chef y nos invitó a premiarlo con un aplauso. Eso conmovió al muchacho, quien nos ofreció un digestivo que había inventado: era un licor de paterna mezclada con anona, puesta a macerar por cinco años en un barril que había sido de brandy español, lo cual le daba un aroma boscoso y taurino.
Con el par de chupitos que bebió, degustando cada sorbo con los ojos al cielo y una especie de gargarismo, Mito entró en confianza. “Han de saber que yo fui combatiente guerrillero, aquí, en la Costa”, nos confesó. “Llegué a ser subcomandante bajo las órdenes del mítico Pájaro López”. Vi el escepticismo aparecer en la cara del editor, quien conocía muy bien las historias de esos años. Además de la expresión estupefacta, se metió un dedo en el oído y comenzó a agitarlo, como sacando algún insecto que se le hubiera colado. Era un gesto que yo le conocía bien y que hacía cuando estaba en desacuerdo con alguien. Sin embargo, no dijo nada. Mito prosiguió: “Entré en conflicto con el Pájaro durante la firma de los Acuerdos de Paz. Para mí no es un Acuerdo, le dije. Para mí es una traición”. Entonces, por primera vez en esa noche, el editor habló. “Pues yo te habría mandado a fusilar si me hubieras dicho eso”. Mito no recogió el guante. “En efecto, el Pájaro me condenó a muerte, pero yo me escapé a París”. Por eso comía en el bistrot: tenía nostalgia de la dulce Francia. “Allí me encontré con Otto René Castillo, que se estaba viniendo para el país, luego de sus estudios en Moscú”. Las cuentas comenzaron a no salirme bien. El gran poeta nunca había estado en París y menos en Moscú. Pero Mito ya no podía parar. “Estábamos en París con Otto y nos peleamos, porque yo le dije que no regresara. Y sin embargo, regresó. No me hizo caso. Y eso que éramos primos”. También el joven chef había acercado su silla a nuestra mesa y escuchaba con reverencia y devoción al hombre de mundo que hablaba de sus relaciones con poetas y guerrilleros. “¿Usted, primo de Otto René Castillo?” exclamó el experto en literatura nacional. “¿Y de dónde?” Mito explicó un complicado árbol genealógico en donde trató de exponer ese parentesco imposible. “En París estábamos cuando el gobierno francés veló a Miguel Ángel Asturias en los jardines de Versailles. Había llegado a velarlo el mismo Mitterrand, con frac, y García Márquez con guayabera”. El editor se sacó el dedo del oído y le dijo: “Mire señor, eso que está diciendo ni en los libros de chistes”. Quizá el alcohol o el entusiasmo, lo cierto es que Mito se ofendió por eso, y cogió una botella vacía de cerveza. Se lanzó contra el editor, entre blasfemias e imprecaciones. El chef, que era bastante corpulento, se interpuso. “No, Mito”, le gritó. “Los huéspedes son sagrados en mi restaurante”. “Entonces, si los huéspedes son sagrados, vos no, grandísimo idiota”, exclamó Mito. Y le estrelló la botella en la gorra de béisbol que usaba como cofia cocinera. El chef quedó un instante estupefacto, como si eso no le pudiera pasar a él. De inmediato, cogió una silla y la desquebrajó en las costillas de Mito. Puesto que era un restaurante familiar, camareros y cocineros se sumaron a la riña, mientras nosotros huíamos despavoridos. La noche había refrescado y el camino hacia el hotel se nos hizo restaurador. Nunca pagamos la cuenta. Y nunca volvimos a ver a Demetrio Maníez, llamado «Mito».



