Santiago Bastos Amigo
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Tengo que empezar advirtiendo que desde hace tiempo la participación electoral no me acaba de convencer como forma de acción política para resolver los problemas de nuestras sociedades, y menos en situaciones como la que vive Guatemala actualmente.
Sé que es la forma reconocida y, por tanto, legítima para poder cambiar institucionalmente lo que tenemos ahora. Pero me parece que, para los actores que pretenden cambios en el modelo de sociedad que vivimos por considerarla básicamente injusta, supone participar en un sistema que está diseñado precisamente para evitar que cambien las cosas y sigan tal y como están. No es una decisión fácil para quienes actúan políticamente: desde que llevo acompañando a los actores políticos indígenas en Guatemala he sido testigo de esa tensión, esas discusiones y ese problema de “le entre entramos o no le entramos”.
No es un tema fácil y que no tiene solución simple, pero el miedo latente es que la participación de estos actores, sean indígenas o no, que parten de la crítica a ese mismo sistema y que intentan cambiarlo con su participación en los formatos electorales, se haga sin la suficiente capacidad y habilidad política como para jugar con las reglas que le son adversas. Finalmente, lo que se acaba haciendo con la presencia testimonial -que me parece muy valiente y coherente- es legitimar este sistema, más que transformarlo.
La historia del Congreso de Guatemala en los últimos 30 o 40 años lo refleja. La presencia de partidos, ya sean izquierdas, indígenas, o simplemente anticorrupción, siempre ha sido minoritaria y a menudo dispersa. No ha logrado impedir la deriva antidemocrática y espuria de los supuestos representantes del pueblo, y en ocasiones se ha convertido en cómplice de lo que supuestamente combate.
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Tomando en cuenta lo anteriormente dicho, debo decir que me parece que, si alguien toma la decisión de participar en una contienda electoral con la intención de lograr una presencia en el Congreso de la República y desde ahí impulsar las transformaciones que se creen necesarias, eso ha de hacerse buscando lograr la mayor presencia posible, para así incidir en la política nacional y neutralizar los peligros que, hemos visto, puede llevar esa presencia.
En ese sentido, iniciativas como el Frente Amplio por la Democracia recogen la premisa básica de que, ante un ecosistema político que es contrario a opciones transformadoras, hay que unificar esfuerzos. Iniciativas de ese tipo siempre son bienvenidas, y hay muchos ejemplos en la historia reciente de América Latina y de Europa de este tipo de frentes, llámese Frente Popular, Frente Amplio u otros nombres, que han reunido un amplio abanico de opciones políticas y han conseguido, en momentos de crisis, cuestionar y, a veces, incluso, vencer a las propuestas autoritarias.
Por eso no comprendo a las opciones que en momentos como este deciden ir por la libre, no sumarse a las iniciativas colectivas. Tienen sus razones, que explicitan siempre de manera muy clara, para no sumarse a iniciativas que no consideran idóneas. Pero creo que, en este momento, la responsabilidad política va más allá de la pureza o las historias personales. El problema, que ya hemos vivido en elecciones anteriores, es que la presencia de varias opciones vamos a llamar “progresistas” dividen el voto tanto a nivel de municipal como para el Congreso o la Presidencia. Un voto que, sabemos, va contracorriente y por tanto no es fácil de conseguir.
Además, quienes hemos trabajado en esto lo sabemos, acaban dividiendo no solo el voto, sino la movilización que se da a nivel comunitario. Cuando diferentes opciones buscan representantes electorales a diferentes niveles, normalmente los hallan dentro de un mismo sujeto colectivo a nivel local, y, esto acaba generando brechas en el movimiento más allá de la justa electoral. Y eso me parece muy peligroso cuando la movilización social es lo que nos queda.
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Por eso, hubo algo que me llamó mucho la atención en la puesta en escena que se dio la semana pasada de la firma de los integrantes del Frente Amplio por la Democracia. No esperaba que los firmantes fueran solamente partidos políticos que ya forman parte de esta historia de presencia en el Congreso sin mayores logros más allá de lo testimonial, que precisamente es lo que cuestiono.
En el acto estuvieron presentes representantes de actores variados, pero me llamó la atención que entre los firmantes no estuviesen las organizaciones, alcaldías, autoridades, comités, sindicatos, grupos de mujeres, de jóvenes, estudiantes, y un amplio arco de quienes sostienen y han sostenido la lucha por las transformaciones en este país. Sé que hubo una amplia participación de actores diversos en el proceso que llevó al Frente y a la firma del Pacto por la Democracia. Por eso pensaba que si alguien convocaba a un frente por la democracia no serían los partidos políticos o no solamente ellos.
No hace falta remitirse a las movilizaciones del 2023 para saber que en las últimas décadas, las veces que se ha logrado incidir en la política de Guatemala no ha sido a través de las urnas, sino a través de la presencia en las calles. Incluso si se ha dado lo primero, ha sido porque iba precedido de lo segundo. Las movilizaciones han generado los votantes. Por eso yo esperaba que fueran todos estos actores quienes convocaran a las guatemaltecas y guatemaltecos a votar de una manera unificada en pro de esa Guatemala que todos queremos.
La conformación de un Frente Amplio por la Democracia en el momento político en que nos encontramos, marcado por la desilusión -una vez más- y la continuidad de la criminalización y el exilio de actores sociales diversos -pero nadie de partidos políticos, creo- , hubiera sido un momento muy interesante para generar un momento de reflexión común entre toda esta amplia gama de actores que tenemos claro que es necesario cambiar la forma en que se hace política en Guatemala. Sería muy útil analizar qué es lo que ha hecho que la acción a través de los partidos políticos no haya reflejado, en la mayoría de las ocasiones, las movilizaciones que sí se han dado a nivel social.
Hay una brecha entre la acción social y la acción político-electoral que, creo, exige una reflexión y una autorreflexión muy profunda por parte de quienes forman esos partidos políticos, pero también por parte de quienes dirigen las organizaciones, las alcaldías, las autoridades, los grupos, y, finalmente, se relacionan con los actores políticos electorales. Sin incluir a toda la gente -sí, gente, sin más- que ha dado muestras de estar dispuesta a actuar por una mejor Guatemala, nos seguimos moviendo en círculos -círculos que legitiman el sistema y no lo cambian.
Me parece que, por mucho Frente Amplio por la Democracia que se forme, si ese Frente Amplio solo son los mismos partidos de siempre, representados por las mismas figuras de siempre, no vamos a ir a ningún lado. Hay que pensar en formas de involucrar activamente -no como testigos de una firma- a quienes fueron capaces en diferentes momentos, de impedir la puesta en marcha de hidroeléctricas y proyectos mineros, o de que se firmaran leyes como la Monsanto, o de que se respetaran los resultados electorales. La gente de Guatemala.



