Por Juan José Hurtado Paz y Paz
Con frecuencia escuchamos a personas mayores decir que “las y los jóvenes ya no son como antes”. Se afirma que son apáticos, que han perdido valores, que no se organizan, que viven pegados al celular, que no participan y que parecen indiferentes frente a las injusticias.Como ocurre con toda generalización, esas afirmaciones simplifican demasiado la realidad. Existen miles de jóvenes organizados, comprometidos con sus comunidades, con el arte, la cultura, el ambiente, el deporte o la defensa de los derechos humanos. Sin embargo, también es cierto que hoy resulta más difícil movilizar a grandes sectores de la juventud para impulsar transformaciones sociales.
Sin embargo, las personas adultas solemos exigir a las juventudes el compromiso que nosotros mismos no hemos contribuido a construir. Queremos que transformen un país donde donde la confianza en las instituciones es mínima, donde la corrupción ha erosionado la esperanza y donde muchas organizaciones sociales también han envejecido sin renovar liderazgos.
La pregunta importante no es por qué son así las juventudes, sino qué hemos hecho las personas adultas para que la realidad sea esa.
Las juventudes no crecen en el vacío. Ninguna generación empieza de cero. Son el reflejo de la sociedad que les entregamos. Cada generación recibe un mundo construido por quienes la antecedieron: una historia, un tipo de economía, una forma de hacer política, una manera de educar y también los miedos, esperanzas y frustraciones acumuladas.
En Guatemala existen razones profundas que ayudan a comprender el momento que viven las juventudes.
Todavía pesa el miedo. Décadas de represión enseñaron que participar podía costar la libertad, el exilio o incluso la vida. Muchas familias, tratando de proteger a sus hijos e hijas, siguieron transmitiendo ese temor mediante frases que aún hoy se escuchan: “No te metas en babosadas”, “mejor no opines”, “eso solo trae problemas”. Sin proponérnoslo, fuimos educando generaciones para mantenerse al margen de los asuntos públicos.
También arrastramos una memoria histórica fragmentada. Durante años hemos preferido guardar silencio sobre lo ocurrido. A veces porque recordar duele; otras, porque nunca encontramos espacios seguros para hablar. Pero cuando una sociedad pierde la memoria, las nuevas generaciones también pierden referentes para comprender el presente y para imaginar que las cosas pueden cambiar.
También cambió el horizonte de futuro. Durante buena parte del siglo XX, acertadas o equivocadas, las juventudes crecieron con referentes que proponían modelos distintos de sociedad. El socialismo aparecía como una alternativa al capitalismo y figuras como Ernesto “Che” Guevara simbolizaban, para muchos jóvenes, la posibilidad de transformar el mundo mediante el compromiso y la entrega a una causa colectiva; era el símbolo del “hombre nuevo”. Hoy esos grandes relatos han perdido fuerza y las nuevas generaciones crecen en una época donde parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de las injusticias. El desafío ahora consiste en construir, junto a ellas, nuevas utopías capaces de devolver esperanza, sentido y horizonte a la acción colectiva.
A ello se suma un sistema educativo que con demasiada frecuencia privilegia la repetición sobre el pensamiento crítico. Se enseña a responder exámenes antes que a formular preguntas; a obedecer antes que a participar; a competir antes que a organizarse.
Las juventudes, además, enfrentan un contexto que con frecuencia desalienta la esperanza. La precariedad del empleo, la migración como única alternativa para muchas familias, la corrupción, la violencia y el deterioro ambiental hacen que imaginar un futuro distinto resulte mucho más difícil que para generaciones anteriores.
Las nuevas tecnologías representan otro desafío. Nunca antes había existido tanto acceso a la información, pero tampoco tanta sobreabundancia de estímulos. Las redes sociales pueden convertirse en espacios de aprendizaje, organización y denuncia, pero también favorecen la inmediatez, la fragmentación de la atención y la ilusión de que basta con dar un “me gusta” para participar en la transformación de la realidad.
A todo ello se suma un fenómeno menos visible: la sobreprotección. Muchas madres, padres y abuelos queremos evitar que nuestros hijos vivan el dolor que nosotros conocimos. Ese deseo nace del amor, pero a veces termina limitando las experiencias mediante las cuales las personas jóvenes desarrollan autonomía, criterio y compromiso.
Seguimos siendo, además, una sociedad profundamente adultocéntrica. Hablamos de las juventudes, diseñamos programas para ellas y tomamos decisiones que las afectan, pero pocas veces las escuchamos como interlocutoras con capacidad de proponer, cuestionar y conducir procesos. Con frecuencia esperamos que participen, siempre y cuando lo hagan según nuestras formas, nuestros tiempos y nuestras prioridades.
Sin embargo, las juventudes continúan siendo la fuerza social con mayor capacidad para abrir caminos nuevos. En todas las épocas, los grandes procesos de transformación han contado con una participación decisiva de personas jóvenes. No porque sean moralmente superiores a otros grupos de edad, sino porque suelen aportar energía, creatividad, inconformidad y disposición para imaginar lo que todavía no existe.
Por eso, el desafío no consiste únicamente en pedirles a las juventudes que se involucren más. El desafío también nos corresponde a quienes ya recorrimos parte del camino. Nos toca abrir espacios reales de participación, compartir experiencias sin imponerlas, reconocer que también tenemos mucho que aprender y construir relaciones basadas en el diálogo y el respeto mutuo.
Cambiar este mundo es una responsabilidad compartida entre las distintas generaciones. Las juventudes no necesitan adultos que decidan por ellas ni que pretendan moldearlas a su imagen. Necesitan personas adultas dispuestas a caminar a su lado, a confiar en sus capacidades y a crear las condiciones para que puedan organizarse, equivocarse, aprender y ejercer el protagonismo que les corresponde.
Si aspiramos a una Guatemala verdaderamente democrática, justa y solidaria, no basta con esperar que aparezcan nuevas generaciones comprometidas. También debemos preguntarnos qué sociedad hemos construido y seguimos construyendo para que esas juventudes puedan florecer hoy y mañana.



