El hijo de casa

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

Una noche de octubre (aunque bien podría ser noviembre) de mil novecientos cincuenta y dos, Panchito Ovando acabó con su familia a machetazos. No lo hizo solo. Lo ayudaron a cometer el crimen unos amigos de Palencia, que chapoteaban en el ambiguo terreno entre la pobreza y el lumpen. Y ni siquiera podrían merecer el título de amigos. A lo más, de conocidos. Todo, en ese delito, fue turbio, torpe y chapucero. La gestación, el acto mismo de cometerlo, lo que pasó después. Como menear una paleta dentro del barro. Arduo, difícil, inútil. Dos cosas fueron claras: la impiedad del crimen y el castigo de los responsables. Los que se acordaban del hecho evocaban una empresa bárbara. Quizá por eso se convirtió en el primer crimen mediático, mucho más que las gestas de José María Miculax Bux, homicida campesino de niños campesinos, cuyo nombre se volvió sinónimo de espanto infantil. Miculax se perdió en la memoria y solo lo resucitan literatos o cineastas. El crimen del Torreón, que así se llamó el de Panchito Ovando, permanece en la memoria de la ciudad, con su aureola de delito misterioso, con varios cabos sueltos por atar. Y que, probablemente, nunca se resolverán.

Comencemos por un equívoco. Cuando se habla de «crimen del Torreón», muchos evocan un escenario medieval, una torre como aquella, también ambigua, en que el Conte Ugolino fue tapiado con sus hijos, y cuya historia quedó irresuelta para la eternidad: «Más que el amor pudo el ayuno», dice el poeta al contar el desenlace. ¿Devoró el conde a sus hijos? O, simplemente, ¿murieron todos de hambre? No se sabrá nunca. La fascinación del relato está en el desenlace abierto. Lo mismo con el crimen del Torreón. Que se llamó así no porque existiera ninguna construcción medieval en la zona 4, que, para la época era la zona más residencial y chic de la ciudad. Se llamó así porque ocurrió en una abarrotería que se llamaba «El Torreón», y quién sabe el motivo del singular nombre. La casa era una de esas antiguas construidas según el modelo sevillano, en forma de siete. Un largo corredor al que se asomaban las habitaciones, al fondo la cocina, la lavandería y el depósito de chunches viejos. En el centro, un patio con una fuente cantarina, que arrullaba las obligatorias siestas después de almuerzo. Eran tiempos soñolientos, tediosos, pausados. Ahora, en donde estaba esa casa, hay una gasolinera, y en las calles pasan autobuses paleolíticos, que echan humo negro, más el estruendo incesante de carros y motos y camiones. Entre medianoche y las cuatro de la mañana se detiene el trambusto para recomenzar con arrastrado de cadenas por el resto de la jornada. El crimen del Torreón ocurrió, pues, en una casa tradicional de la clase media: una casona con zaguán, humedad, pilastros de madera y dientes de león colgando de las macetas suspendidas en el aire. 

Como puede pasar con las cosas humanas, todo comenzó con un acto que podría decirse de caridad, eso que llaman «una obra de bien». En efecto, el patriarca de casa, un hombre trabajador, cristiano como los más, todo pan con chocolate y misa los domingos, había recogido a un niño de la calle. Eran costumbres que luego fueron aplanadas por las leyes. En esa época, como ahora, miles de niños se quedaban abandonados y vagaban por la ciudad sin arte ni parte, las más de las veces ejerciendo una breve delincuencia, tan mínima que nadie les prestaba caso. Algunos de esos niños eran recogidos por familias piadosas, que ejercitaban su bondad de esa manera. Esos muchachos no eran adoptados, no había ningún proceso legal. Eran, simplemente, «hijos de casa», en contraste con los hijos verdaderos. No es tan obvio comprender su situación. Eran hijos, pero no lo eran totalmente. Dicho de otro modo, no tenían los derechos de los demás. Además, una ley no escrita los obligaba a recompensar a sus benefactores con el trabajo de la casa, con los servicios domésticos. En muchos casos, devenían una suerte de esclavos cuyas cadenas eran más fuertes que las de acero: eran las cadenas del agradecimiento. Los más afortunados iban a la escuela y próceres de la patria hay que se graduaron en la universidad e hicieron carrera en la sociedad. Cuando llegaban a lo más alto de la montaña, trataban de borrar su estatuto de hijos de casa, quizá porque lo consideraban vergonzoso. Los menos afortunados, como Panchito, se quedaban flotando en el limbo maloliente y desamparado de la esclavitud en casa. Y es probable que, como Panchito, crecieran en el cultivo atroz de un rencor inextinguible, ese odio sin explicación que arrebata a quien debería estar agradecido.

Panchito tenía permiso para salir los domingos. La ciudad no ofrecía mayor cosa: el círculo vicioso de la Avenida Central, llamada por la gente «la Sexta», en donde iban y venían las empleadas domésticas y sus novios militares. A la Avenida Reforma, llena de monumentos y estatuas, iba la burguesía, en automóviles de prestigio: Cadillac, Packard algún Studebaker de excéntrico dueño. Todo era pueblerino, provinciano, rupestre. Daba lo mismo: de algún modo, Panchito terminó en pueblo cercano, Palencia. Allí conoció a un hombre rudo y cerrero. Quizá allí, quizá antes, descubrió que era gay. Se hizo amante del tipo. En algún momento, le confesó sus rencores: el mal trato, el desconocimiento, el pago infinito del favor recibido. También le contó que no tenía una habitación propia, como la tenían sus falsos hermanos. Panchito dormía en el baño de casa, al lado del excusado y de la bañera. Quizá, en esas conversaciones, nació la idea de barrer con las riquezas de la familia. ¿Quién cometió el error? Alguno de ellos imaginó más de la cuenta. La familia de Panchito pertenecía a una emergente clase media, de esa que acumula una pequeña fortuna, una miseria comparada con los poderosos del país. Para el amigo de Palencia, apenas por encima de la miseria, eran ricos. También para Panchito, que no tenía ni la más mínima idea de nada, y que estaba cegado por la pasión hacia su amigo. Al imaginar el asalto a la casa, ¿habrán pensado que tendrían que matar a machete limpio a los miembros de la familia? ¿Se habrán dado cuenta de que un asalto implica sangre, gritos, lucha y espanto? Probablemente no. El amigo de Palencia habló con otros como él, sombrerudos medio analfabetos que no distinguían entre el bien y el mal. Todos se apalabraron para asaltar la casa de «El Torreón». Todos terminaron mal. 

Pero no nos adelantemos. El plan de Panchito era elemental y, en apariencia, eficaz. Iba a recibir, una tarde, la visita del amigo. En la puerta de salida de la casa, el amigo iba a fingir que salía. En cambio, se iba a quedar adentro, escondido en el cuarto de chunches. Después de medianoche, un camión con todos los asaltantes se iba a estacionar delante de la casa. El amigo iba a abrir la puerta de atrás, para que entraran los forajidos. De allí en adelante, guiados por Panchito, el plan era acabar con la familia y luego robar lo que pudieran. Así lo hicieron. Pasada la medianoche, un camión que ostentaba, en el bumper, el curioso nombre de «Sherlock Holmes», se detuvo delante de la casa. Bajaron de la palangana varios individuos. Tocaron suavemente a la puerta y el amigo, que los esperaba, les abrió. En la cabina del camión se quedaron un par de delincuentes. Al entrar, Panchito los guió hacia el cuarto de sus padres. Comenzó la carnicería. Los asesinos no calcularon un par de cosas, principalmente la luz y el ruido. Aunque las luces de la casa estaban apagadas, por las ventanas entraba, con fuerza, la iluminación pública. Tampoco pudieron evitar el ruido. Aunque sorprendieron al padre y a la madre en su dormitorio y los atacaron a machetazos, no pudieron impedir que gritaran antes de morir. Eso despertó a los otros miembros de la familia, que salieron al patio. Además, el escándalo fue tan grande que muchos vecinos salieron a la calle. Una vez que hubieron asesinado a los dueños del Torreón, los bandidos regresaron al patio, y mataron, uno por uno, a los dos hijos varones. Misteriosamente (y el misterio no se aclaró nunca) dejaron viva a la hija menor, una muchacha de 15 años. Los asaltantes tampoco tuvieron suerte. Dos policías que pasaban por el lugar, en bicicleta, al darse cuenta de lo que estaba pasando, llamaron refuerzos. En poco tiempo, una patrulla policial llegó al lugar. Los ladrones no tuvieron tiempo de registrar cajones y cuartos. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta que tanta sangre y tanta crueldad no habían servido para nada. En casa no había riquezas ni joyas. La familia era, en realidad, modesta. Pero no pudieron comprobarlo. Los del camión arrancaron y se fueron. Los que quedaron, sin encontrar una vía de huida (no pensaron en eso) se refugiaron en el tapanco de la casa. Allí los detuvo la policía. Se los llevó directo a la Comisaría. Tuvieron que sacarlos de las manos de los vecinos, que los querían linchar.

El proceso duró tres meses y había poco que procesar. Capturados in fraganti, los que se refugiaron en el techo, y poco tiempo después, los cómplices (gracias a la confesión para nada espontánea de los malhechores) fueron condenados a muerte por fusilamiento. Como el crimen del Torreón había despertado una gran expectación, las autoridades decidieron que el fusilamiento fuera público, delante de la pared del Cementerio General. Lo que no calcularon fue el gran número de personas que no quisieron perderse el espectáculo. La Avenida del Cementerio se atiborró de gente, y también se llenaron las calles aledañas. De los fusilados, el más valiente fue Panchito, quien regañó a sus cómplices que se desmayaban del miedo. Allí acabó todo. No acabó en la memoria colectiva, que siguió relatando, con gran fantasía, detalles del crimen, hechos que nunca sucedieron o que sucedieron de otra manera. Narrarlo en forma de novela fue apasionante, porque es un crimen que esconde muchos secretos, y, como quiere la literatura, sugiere también muchas reflexiones. En la novela El hijo de casa hay personajes de ficción que se mezclan con los verdaderos; hay el retrato de una ciudad que no es aquella en la que ocurrió el crimen; hay un forense ejemplar y un comisario sagaz, y una voz colectiva que se hace cargo, como un coro de tragedia, de sugerir, orientar y dejar abiertos espacios para la imaginación. Cumple, en fin, con la función de la literatura: insinuar que los hechos no fueron así, pero que podrían haber sido así.

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