El maestro y la montaña

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

“Singular, la historia del maestro de la escuela que se retiró a la montaña”, dijo el boticario, en una de esas mañanas en que se reunían a la hora del café. Todos recordaron al buen hombre, que había aparecido, un día, en la plaza de San Andrés. “Me manda el Ministerio”, dijo al comisario, mostrando un papel más arrugado que el traje gris desvencijado y despercudido con el que una vez fue elegante. El comisario había tenido la paciencia de abrir el documento y de plancharlo con las manos, como si estuviera estirando la pasta del pan. Algún ignoto funcionario de ese laberinto lleno de minotauros, o sea, el Ministerio, se había recordado que faltaba el nombramiento del maestro de San Andrés. Ese misterioso burócrata había buscado en la lista de profesores habilitados y, al azar, había nombrado a ese hombre que estaba delante del comisario. “Era la viva imagen del desaliño” recordó el comisario. “Y era un pirujo”, comentó el cura. Los demás se rieron. “Pirujo” era una palabra que se usaba solo en San Andrés para denominar a los que no practican el catolicismo. “Era un buen hombre”, insistió el cura, “pero no venía a la Iglesia”. Compadecido por el aspecto modesto y retraído, el comisario había mandado al maestro hacia la pensión. Quizá si bañado y cambiado algo mejoraba. Así como estaba, recién bajado de la camioneta, más parecía el mal dibujo de un niño del segundo año de la escuela primaria.

“Que fuera pirujo no presentaba problemas”, dijo el barbero, desocupado a esas horas, como se mantenía la mayor parte del día. Quién sabe por qué conjuros, hacia las diez de la mañana casi no había nadie con ganas de cortarse pelo o barba, si la tuviera. “Lo importante es que mantuviera entretenidos a los niños”. A los padres les importaba más tener un lugar donde depositar a los párvulos, a que estos aprendieran algo más que leer y escribir. Los muchachos se disparaban seis años de escuela obligatoria y uno se preguntaba qué iban a hacer todo ese tiempo, porque, al final, lo más que habían aprendido eran letras rudimentarias y las cuatro operaciones básicas de la aritmética. “Ah, suspiró el comisario, “cuando la gente todavía sabía las tablas de multiplicar”. Inspirado por ese recuerdo, se puso a cantar una cancioncilla aprendida cuando llevaba los pantalones cortos: “Dos y dos son cuatro/ cuatro y dos son seis. / Seis y dos son ocho, / y ocho, dieciséis”. “Si es por eso”, intervino el cura, “yo me sé de memoria las preposiciones, que aprendí en el quinto grado”. Iba a comenzar a recitarlas, cuando el barbero cortó por lo sano: “No era mala gente el maestrescuela”. No, no era mala gente. Lo peor que uno podría haber dicho de ese hombre es que fuese inocuo. Su bondad natural no imponía autoridad y los alumnos hacían jolgorio de eso. El pobre tenía reunidas, en un aula, todas las clases, y era de ver y era de oír cómo repartía las horas entre seis grupos diferentes. Quizá por eso los alumnos no aprendían casi nada. “Si se hubiera casado”, comenzó a decir el boticario. Iba a continuar: “Si se hubiera casado, una mujer le habría obligado a arreglarse”, pero se dio cuenta a tiempo de que allí estaba el cura, y sacó la pata con un viraje brusco: “Quién sabe cómo le habría ido si se hubiera casado”. Los demás lo ayudaron a salir del charco: “No era mala gente”, repitió el barbero. “Sí”, confirmó el cura. “No era piadoso, pero se le conocía por honesto”. 

A la honestidad, el maestro unía también muchas lecturas y muchas reflexiones. Había construido, en la escuela, una biblioteca llena de poesías, y se sospechaba que él también las escribiese. Fuera del horario escolar, cuando no estaba estudiando se le veía pasear, incesante, de ida y vuelta, por el parque arbolado del centro de la plaza. “A veces nos entreteníamos hablando de filosofía”, admitió el cura. “Conocía bien a San Agustín y sabía mucho de Unamuno y Ortega”, relató. En efecto, entre sus haberes alguien había encontrado un ejemplar desportillado de El sentimiento trágico de la vida. “Yo creo que se identificaba mucho con la idea de que la vida es una agonía constante; le gustaba la frase de vivir desviviéndose”. “Muy hispánico”, intervino el barbero. “Creo que el abuelo era español”, añadió. “¿Será por eso que se fue a vivir a la montaña?”, preguntó. 

Después de año y medio de haber llegado a San Andrés, el maestro había anunciado que se retiraba. Todos creyeron que se regresaba a la capital, o a donde fuera que hubiera venido. En cambio, sorprendió a todos con una decisión que juzgaron extravagante. San Andrés está en medio de la cordillera de la Sierra Madre, rodeada de cerros y montañas. A lo lejos, se divisan un par de volcanes. El mismo pueblo es un cerro y es por eso que ir a visitar a los compadres representa un esfuerzo físico, porque hay que trepar por las calles empedradas que se empinan, resbalosas, hacia lo alto, en donde, desde la fundación del lugar, hay un cementerio con tumbas de colores. En los alrededores de San Andrés hay varios terrenos y, en los terrenos, surgen casas para los campesinos que quieren estar cerca de la siembra. Los demás recalan en el pueblo. El maestro había alquilado una casa refundida dentro del monte: quería aislarse y meditar. La desaprobación fue unánime, pero el hombre era terco. Así que cogió sus pocas prendas, las metió en la maleta desguachipada y se perdió en el bosque. 

Las versiones sobre la vida del maestro en el bosque fueron variadas y disparatadas. Los que las sostenían decían haberlas obtenido del mismo maestro, famoso por su parquedad y discreción. En una de esas versiones, el maestro se había recluido en la casa y no había salido de ella por todo el tiempo de la estancia. En otra, el maestro salía por el bosque y caminaba por senderos ignotos, hasta alcanzar las cumbres y, desde ellas, contemplaba valles, montañas y volcanes. Algunos decían que había desarrollado el arte de hablar con los animales.  Otros, que había aprendido el canto de los pájaros. En todas las versiones aparecía un episodio inquietante. El maestro había aprendido, de sus amigos kaqchiqueles, que muchas piedras, sobre todo las que yacen a la vera de los ríos, tenían virtudes secretas que se transmitían a los seres humanos. Lo habían ayudado a construir una especie de altar, en donde se orientaban las piedras que lo ayudaban en la vida. Pues bien, dos o tres días después de haber llegado a su retiro, el maestro había encontrado un riachuelo de aguas transparentes, como solo podía haberlas en esas alturas. En el centro de la corriente, una piedra redonda parecía llamarlo, con magnetismo poderoso. Con un poco de dificultad, el maestro la había extraído y, al tocarla, había sentido una rara vibración. No pesaba mucho, así que la llevó hasta la casa. La depositó en el centro de la mesa. Después de lavarse las manos, se dispuso a examinarla. Aparentemente, era un mineral común y corriente. La esfera estaba rayada por algunas líneas de colores, no como el arcoíris, sino más azarosa y atractiva. A un cierto punto, advirtió una especie de vértigo. Nada más. El maestro calculó que había estado contemplando la piedra por unos minutos. Ni siquiera cinco minutos. Al salir de la casa, notó algunos cambios: había un árbol crecido en donde antes estaba solo la maleza. La misma casa tenía algunos signos de deterioro que no había notado antes. Se extrañó, porque había examinado la casa antes de entrar, por si necesitara reparar algo. En eso, recordó que había dejado, en la pensión, su reloj de pulsera. Casi no lo usaba, pero de alguna manera era un objeto valioso para él. Decidió bajar al pueblo, para recuperarlo. Encontró que el sendero estaba más lleno de maleza de cuanto hubiera notado al subir. Al llegar a la plaza, se asombró. ¿Cómo era posible que no hubiese notado un par de construcciones al lado de la peluquería? Se encontró con el comisario, que vagaba como siempre en el parque. Estaba notablemente más gordo. Las palabras del hombre le revelaron el misterio: “¡Maestro!”, exclamó el comisario. “¿Dónde se ha metido estos dos años?” Lo comprendió todo. La piedra esférica que había dejado en el centro de la mesa del comedor era la Piedra del Tiempo. Se había quedado contemplándola por cinco minutos, eso creía, pero la piedra había hecho pasar dos años. Sin contestar al comisario, se regresó corriendo a la casa de la montaña. Tenía que recuperar ese objeto, tenía que devolverla al río. Al llegar, abrió de un portazo y vio la mesa del comedor. Lo que había venido sospechando, en el camino, se cumplió: la piedra había desaparecido.  

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