Cuando el fuego crezca quiero estar allí, en memoria del Indio Solari

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Créditos: Adrián Peréz Duarte

Carlos Alberto “Indio” Solari, cantante y líder de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota –el grupo musical más convocante en la historia del rock argentino–, y de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, falleció a los 77 años, en su casa de Parque Leloir, provincia de Buenos Aires, luego de pelear contra la enfermedad de Parkinson. Prensa Comunitaria viajó a Villa Domínico, Avellaneda, donde los restos de Solari fueron despedidos por una peregrinación multitudinaria y diversa que reunió a un millón de personas durante diecinueve horas. Crónica de una tarde de dolor, agradecimiento y celebración.  

Por Adrián Pérez Duarte (@_AdrianPerez_)

Desde Villa Domínico, provincia de Buenos Aires, Argentina 

Paula Gutiérrez (48 años) y Juan Castillo (50 años) viajan acurrucados en un vagón del subterráneo de la Línea C que une las estaciones de Retiro y Constitución: ella deja caer su cabeza sobre el pecho de su compañero; él se recuesta con ternura sobre el hombro izquierdo de ella. Lloran sin consuelo, como si fueran a despedir a un familiar. Esa sensación de pérdida, de orfandad que habita en miles de personas de edades y extracciones sociales diversas en Argentina, se instaló el viernes 5 de junio por la mañana, cuando las emisoras de radio de Buenos Aires anunciaron en cascada la noticia que nadie quería conocer: Carlos Alberto “Indio” Solari, el cantante y líder de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota, y de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, había fallecido a los 77 años, como consecuencia de un ACV hemorrágico y tras plantarle bandera a la enfermedad de párkinson durante diez años, en ese rincón resguardado para la intimidad de sus afectos en Parque Leloir, provincia de Buenos Aires.   

A golpe de vista, la pareja oriunda de San Martín no parece seguidora de Los Redondos ni de LFDAA. Paula se levanta de su asiento en el subte para alcanzar el hall de Constitución y subirse al tren que los acercará a Villa Domínico donde velan, desde la mañana del domingo 7 de junio, los restos de Solari. Ese movimiento deja al descubierto el mensaje que atesora en su espalda. En su campera de jean, pintado con prolijidad en letras blancas, puede leerse “Violencia es mentir”, fragmento de la canción “Nuestro amo juega al esclavo”, del disco ¡Bang! ¡Bang!… Estás Liquidado (1989). 

La formación 4149 de la Línea Roca parte a las 15:49 del domingo. El paisaje es un tendal de caras largas musicalizado por el silencioso andar del tren, que pretende acunar el llanto compartido. Nadie piensa en arengas. No se entonan canciones del prolífico repertorio de Los Redondos, tampoco del Indio. El viaje de la tribu ricotera –como se conoce a los fans de Los Redondos– se extiende por dos estaciones; las cervezas y algún fernet con gaseosa (bebida alcohólica muy popular en Argentina) circulan poco. Por ahí se escucha alguna anécdota sobre tal o cual recital del Indio o proezas incomprobables cometidas en algún concierto de Patricio Rey. 

Foto: Adrián Peréz Duarte 

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“El odio de Milei al Indio no nos permitió despedirlo en el Congreso”

Entre las almas dolientes viajan Demián García (43 años) y María Sotelo (43 años). Durmieron un puñado de horas en los últimos dos días. Viajaron a la provincia de Chubut, el sábado por la noche, para asistir al show de Los Fundamentalistas, la banda creada por Solari en 2004 que lo acompañó hasta el final. “Fue muy emotivo, demasiado. Se disfrutó. Se lloró. Fue una licuadora de sentimientos”, dicen sobre el concierto en el Predio Ferial de Comodoro Rivadavia, que duró tres horas, se transmitió vía streaming y funcionó como homenaje al Indio. “Los pibes la rompieron. Pusieron unos huevos bárbaros. Cada dos por tres se quebraban, se iban turnando para llorar”, cuenta María. Apoyaron los bolsos en su casa de Floresta el domingo al mediodía y 

salieron disparados para Villa Domínico. 

La pareja comparte un parecer: el espíritu de Patricio Rey anduvo dando vueltas e intervino para que las exequias se organizaran finalmente en Villa Domínico. “Todo se acomodó para que, por ejemplo, el velatorio no se realizara en Buenos Aires. El odio de Milei al Indio nos impidió despedirlo en el Congreso”, dice él. “Pero eso ayudó a que se diera un diálogo entre personas que hacía mucho no hablaban. Para que los músicos de Los Fundamentalistas pudieran llegar, para que todos tengamos un espacio tranquilo donde venir a despedirnos, sin que la policía venga a cagar a palos a los pibes. Para velarlo en el conurbano, donde la gente lo ama porque el Indio fue y será del pueblo”, completa ella. 

Se sienten atravesados, cultural y socialmente, por ese legado artístico que Solari amasó junto a sus compañeros de andanzas en Los Redondos. “Marcó mi historia, mis días. Mi relación con amigos, parientes, amores. Me enseñó. Me dio un lugar cuando veníamos de un sector muy marginado para la gran ciudad de Buenos Aires”, comenta el electricista nacido en Maquinista Savio, una localidad de 40 mil habitantes ubicada en el norte bonaerense. 

Demián tenía 13 años cuando se sumó a los shows ricoteros. Recuerda que, en esa época, los “muchachos grandes” no iban a los recitales. “Éramos todos pibes. Y el Indio le apuntaba a ese público, nos sentíamos representados, teníamos un espacio. Nos llamaba los desangelados: éramos los pibes de Laferrere, de Chacarita, de Constitución. Éramos los de abajo. Las tribus”, describe al público que asistía en el segundo lustro de 1990 a los conciertos.


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“El Indio nos mostró dónde debíamos poner la energía“

La formación ferroviaria cruza el Río Matanza Riachuelo. Está por arribar a la estación Darío y Maxi –renombrada así en homenaje a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, jóvenes asesinados en Avellaneda el 26 de junio de 2002 por la Policía bonaerense mientras reclamaban trabajo, dignidad y cambio social– cuando una muchedumbre asoma allá abajo. La anaconda humana que repta por la avenida Mitre, desde Villa Domínico, se enrosca en la base del puente Pueyrredón para estirarse por las calles José Ignacio Rucci, Manuel Estévez, la avenida Hipólito Yrigoyen, Mariano Ferreyra –joven asesinado el 20 de octubre de 2010 por una patota de sindicalistas y trabajadores ferroviarios — y detenerse sobre Carlos Pellegrini. 

El cuerpo social es una serpiente que avanza lento y funde su piel en el gris plomizo del espejo de agua. La fila ocupa nueve kilómetros cerca de las 16 y se dirige hacia el Polideportivo José María Gatica, otra figura –del boxeo, en este caso– abrigada en el cariño popular. El predio donde velan los restos de Solari se asienta en el Parque Derechos del Trabajador, una figura paradójica para un país donde los argentinos y las argentinas –con dos, tres y hasta cuatro trabajos– se quedan sin dinero a mitad de mes o apenas pueden cubrir la canasta básica de alimentos. 

Antes de llegar a la siguiente parada, Paula conversa con Prensa Comunitaria. “Con el Indio se nos va un pedazo de nuestra historia, de nuestra juventud; de nuestras alegrías y tristezas. Pero queda su obra, su legado y su visión. El Indio nos mostró dónde debíamos poner la energía cuando no le encontrábamos sentido a las cosas”, cuenta. El tren estaciona con los cuidados del caso, como si se tratase de un coche fúnebre que traslada a los familiares del difunto. Paula y Juan son abducidos por el gentío que baja desde el puente Pueyrredón. 

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La misa que se convirtió en peregrinación

En la estación Sarandí el clima es otro. Un parlante gigante reproduce los primeros acordes de “Queso ruso”, de La mosca y la sopa (1991): “Pasó de moda el Golfo, como todo, ¿viste vos?/Como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás/Ahora vas comprando perlas truchas sin chistar/Calles inteligentes, alemanas para armar/Y muchos marines de los mandarines/Que cuidan, por vos, las puertas del nuevo cielo”. 

El jueves 4 de junio, el viaducto construido para elevar el paso de los trenes de la línea Roca sobre la Avenida Mitre en Sarandí cumplió 73 años, cuatro menos que Solari. La vieja estructura de cemento cobija a decenas de vendedores ambulantes que ofrecen remeras y banderas del Indio y de Los Redondos, stickers, pilusos. Hay venta de merchandising ricotero, despacho de choripanes, latas de cerveza y fernet con gaseosa ofrecidos desde conservadoras con hielo, todo a precios accesibles. 

Más allá de los puestos, un muchacho corta una botella de plástico que usa a modo de vaso para armar un brebaje de enigmático sabor; tres chicos rebolean camperas y pulóveres y ladran canciones fuera de tiempo en la calle; dos mujeres le dan vueltas a unos chorizos que pronto serán choripanes. La monada marcha a paso firme para alcanzar su destino final. Si no se tratara de un velorio, el paisaje podría funcionar como una de las tantas previas en cualquier recital de LFDDA o Los Redondos. Con una diferencia. La misa ricotera muta de piel. Lo que sucede el domingo 7 de junio es una peregrinación. La movilización más grande en la historia del rock argentino.  

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“Espero que esto despierte a los que están dormidos”

Sergio Vázquez (65 años) está molesto. Putea por lo bajo a quienes deslizaron la sospecha, en la previa de las exequias del Indio, que los ricoteros podrían hacer destrozos durante el funeral. No lo menciona, pero el tiro por elevación va dirigido a Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados y vicepresidente de La Libertad Avanza, quien aseguró en su cuenta de X, cuando comenzaba a barajarse que Solari podía ser velado en el Congreso de la Nación, que tras una consulta con el Ministerio de Seguridad nacional, “el Palacio Legislativo no reunía las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud”. La violencia sí se instaló en la Buenos Aires administrada por Jorge Macri cuando la Policía de la Ciudad cargó el sábado 6 de junio por la noche contra vendedores ambulantes en la zona del Obelisco

Lo que sucede en suelo bonaerense el domingo 7 de junio, en ese apartado de la barbarie para la derecha gobernante, deja en off side a los agoreros del caos y la destrucción. Sin policías a la vista durante las pompas fúnebres –decisión acertada del gobierno provincial, que se cargó al hombro la organización del velorio junto al municipio de Avellaneda y Máximo Kirchner, muy cercano a la familia Solari–, lo que se vive en Villa Domínico es una fiesta en la que la celebración, la alegría y la tristeza conviven en buenos términos. 

Tanto que Sergio llora a mares, como lo hizo todo el sábado, mientras comienza a ensayar una reflexiona sobre la situación social argentina, cuando ilustres desconocidos se le acercan a consolarlo. “¿Cómo puede ser que todas estas personas, me incluyo, estemos manejados y gobernados por esta gente? ¿Que nos hayan pauperizado como nos pauperizaron?”, se pregunta el comerciante de Banfield. Lo preocupan las personas que andan arriba de una bicicleta de sol a sol. “A las seis o siete de la tarde, en Capital Federal, lo único que ves son repartidores de comida o de cosas. Nos están hundiendo en la pobreza intelectual. Si no abrimos los ojos, vamos a ser todos esclavos. Están haciendo un país para un puñado de personas. Eso es lo que me da bronca”, agrega. 

Su familia teme que la emoción le juegue una mala pasada. Lo cuida de cerca. Sergio pasa del fastidio a la sonrisa mientras la procesión camina hacia la capilla ardiente donde descansan los restos del Indio. Se abraza con su mujer y sus dos hijos. “No nos tendríamos que unir solamente para esto o para un mundial. Tendríamos que ser una nación en serio. Me pone contento que la gente se esté moviendo. Y espero que esto despierte a los que están dormidos”, se esperanza. “Es maravilloso porque la gente no se está movilizando sin sentido. Por lo general, se masifica a la gente cuando se pretende estupidizarla. Pero acá vienen por un sentimiento. Y los sentimientos no se explican.”

Dice que “tipos como el Indio”, cuando se van, dejan un legado muy grande, pero también un vacío enorme. “Si él, Charly o el Flaco (Luis Alberto Spinetta) hubieran nacido en Inglaterra, en Estados Unidos, no le tocaban el culo ni con una varita”, infla el pecho y asegura. Para el comerciante, la diferencia está en que nacieron en Argentina y se transformaron en un fenómeno local. “He visto videos, no sé si boludeando, de gallegos que miraban el recital de Olavarría (el 11 de marzo de 2017 Solari dio su último show en vivo en el predio rural `La Colmena’, al que asistieron 400 mil personas, el de mayor convocatoria en la historia del rock argentino), centroamericanos que se sorprendían. ¿Tiene que ir Shakira a tocar a Río de Janeiro para que se llene la playa de brasileros? Si le sacás la música a las letras, con todo lo que escribió el Indio, podés hacer un poema de acá a la Luna”, remata. 


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“Se murió una parte de la cultura argentina, una parte de nosotros”

–¿Qué referentes populares quedan a partir de hoy en música, en cultura, en política? Referentes del pueblo, representantes de lo que a uno le pasa–, lanza Aliki Etchetto (23 años) al salir del Microestadio Gatica, con tono cuestionador. 

Con la desaparición física de Solari, la estudiante de Sonido en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata asegura que se pierden ideales, formas de ver la vida, de pensarla, habitarla, transitarla. “Se murió una parte de la cultura argentina, una parte de nosotros. ¿A quién seguimos ahora? Busco referentes en la música, porque no los encuentro en la política; pero ya no quedan, por lo menos no de este calibre”, se lamenta.   

–¿Cuál es el valor del Indio en esa referencia?–, pregunta este cronista. 

–Es de suma importancia. El Indio se pronunció siempre sin importar el contexto, sin importar quién gobernase. Ha sido alguien auténtico y del pueblo. Fue alguien que percibió y tuvo una lectura alrededor de lo que el pueblo necesitaba. 

–¿Qué necesita hoy el pueblo? 

–Para arrancar, empatía. Trabajo, industria nacional, peronismo. En ese orden. 

–¿Ves esas referencias que el pueblo necesita en el peronismo? 

–No lo veo al peronismo organizado. Tampoco lo veo haciendo una autocrítica al respecto. Llegamos adonde estamos y nos gobierna quien nos gobierna porque nosotros no supimos darle al pueblo lo que necesita. No supimos manejarnos. No supimos tener lectura.

–¿Y que deja el Indio para vos? 

–El Indio formó comunidad. Es el único personaje musical y político que logró unir a varios mundos y que convivan. 

–¿Cuáles son esos dos mundos? 

–Acá hay gente que tiene mucha guita, que tiene poca, que no tiene. Y estamos conviviendo todos por lo mismo. Eso, hoy, no lo logra nadie. 

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“El Indio nació a la eternidad”

Aliki saluda y corre a buscar el último bondi a Los Hornos, La Plata. Joaquín Barrosion (25 años) va en la dirección contraria. Persigue una calle que lo deje en la estación de tren de Villa Domínico para volver a la Ciudad de Buenos Aires. Comparte con Aliki el infortunio de no haber asistido a un show del Indio. Con la soltura propia de un vago de mil caravanas, afirma que acaba de vivir algo legendario junto a sus tres amigos. “Estuvimos en un sentimiento colectivo, con un mismo fin, por lo que representa el Indio para nosotros. Cada uno de los cuatro, a lo largo de su vida, encontró una especie de padre, de guía, de eje en él”, dispara el pibe, que atesora, en su casa de Belgrano, un pin del cantante que pudo comprarse con unos ahorros a los once años. 

Las canciones de Solari resultan un refugio, según Joaquín. “Son palabras del pasado que pueden entenderse en el presente y que funcionan como una solución o nuestro sostén para el futuro, pudiendo encontrar todo el tiempo un sentido contemporáneo en cualquier momento que las escuches –valora–. Son la unión entre nosotros. A todos nos pasa un poco lo mismo. Momentos como hoy, en los que el Indio nació a la eternidad, nos hacen estar unidos, lo que más necesitamos. Nos hacen abrazar al que tenemos al lado, sin importar qué edad tenga, de donde venga, qué le pase.”

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“El Dios de los rotos”

Con la noticia de su fallecimiento marcando el pulso de redes sociales y medios de comunicación por igual, en cada móvil de radio, televisión o streaming fue surgiendo entre los fans, como respuesta sobre los motivos para acercarse a Plaza de Mayo, el Obelisco, la casa de Solari o Villa Domínico, un denominador común: las canciones de Los Redondos y del Indio fueron sostén cuando no había red bajo los pies, y en algunos casos, hasta funcionaron como salvavidas, como le pasó a Agustina Troncoso. “El Indio es el Dios de los rotos. Todos los que estamos acá tenemos algo en común: estamos rotos un poco. Sentimos que el Indio nos escribió a cada uno: chorros, drogadictos, suicidas, apaleados, no importa”, contó la chica de Paraná a un movilero de televisión. “La muerte me dio dos veces un beso en la frente”, aseguró.  

Desde que los fanáticos comenzaron a enterarse de la muerte de Solari y hasta la madrugada del lunes 8 de junio, Agustina y otros miles se fundieron en un abrazo colectivo sin pedirse credenciales, sabiendo de antemano que vivir sólo cuesta vida, como reza la canción “Ropa Sucia”, del disco ¡Bang! ¡Bang!… Estás Liquidado (1989): “¿Dónde usás los dientes, mi amor?/Clavados en el cuello, por hoy/Mientras bailamos/Tangos fatales/El tango que ocultamos mejor/Del que preferimos no hablar/Es el que nos tiene/Anarcotizados”.

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“Cada poesía que nos dejó el Indio va a estar dentro de nuestras almas” 

El viernes 5 de junio, un muchacho en silla de ruedas rompió en llanto en Plaza de Mayo. Un parlante reproducía “Ya nadie va a escuchar tu remera”, del disco Oktubre (1986). En un video que se viralizó en Instagram, un joven punk, de cresta renegrida, con el torso desnudo, se acerca al chico y lo levanta con la silla de ruedas junto a otras personas. El pibe de la silla canta, llora, sacude los brazos, sostenido por compañeros de ocasión a los que no conoce. Esos chicos que son como bombas pequeñitas estallan frente a la Casa Rosada. Le plantan cara al gobierno de Milei, que en su capricho por desmantelar el Estado con su motosierra, disolvió la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). En ese pogo improvisado, la magia del rock como trinchera de resistencia y de la vida se enciende.

El nombre del pibe de la silla de ruedas trascendió por un medio de la zona sur del conurbano hace unos días. “Cuando el cuerpo no puede ganar hay que salvar el alma. Cada cosa que nos dejó el Indio, cada letra, cada poesía, va a estar dentro de nuestras almas”, afirmó Maximiliano “Patita” Lagorio, en una entrevista para El Diario Sur. En cada una de las veintiséis operaciones a las que se sometió siempre escuchaba una canción de Los Redondos antes de entrar al quirófano. El muchacho punk que cargó con otros a “Patita” en Plaza de Mayo volvió a escena el domingo 7 de junio, parado sobre una pérgola en la avenida Mitre. Sobre su omóplato derecho –que por movimientos del baile apunta de a ratos hacia la capilla ardiente donde esperan los restos del Indio– lleva tatuada una esvástica negra, tachada dentro de un círculo rojo.

Como sucedió al final de la dictadura, durante la hiperinflación de fines de los 80 o el desguace estatal en los 90 –cuando las políticas de libre mercado germinaban en barrios y pueblos para cultivar esa flor que estallaría en diciembre de 2001–, Patricio Rey vuelve a tender su mano generosa para invitarnos a bailar rocanrol frente al menú de palo y zanahoria que se sirve frío, hace dos años y medio, en la mesa de los argentinos y las argentinas. Nos roba una sonrisa y nos da vuelto. En su acto final, Carlos Alberto Solari deja otra señal en clave artístico-política: en este lío el único héroe es colectivo, no hay lugar mejor para bailar que la calle. Las despedidas son esos dolores dulces.

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