Por Juan José Hurtado Paz y Paz
Recientemente se ha publicado y presentado el libro Ixcán. Pastoral de acompañamiento en área de guerra, el año de la ofensiva. Guatemala 1987-1988, escrito por el padre Ricardo Falla, sacerdote jesuita y antropólogo, conocido también en la resistencia como el padre Marcos. Es el recuento detallado de cómo él vivió el acompañamiento pastoral a las Comunidades de Población en Resistencia (CPR) durante la más grande ofensiva que el ejército lanzó tratando de tomar control de un pequeño territorio situado entre los ríos Ixcán, al occidente; y Xalbal al oriente, en el norte del Ixcán, departamento de Quiché, fronterizo con México.
La presencia de Ricardo Falla en las CPR expresa una de las experiencias más singulares de la guerra guatemalteca. Nunca perteneció al Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), su misión era pastoral. Sin embargo, esa labor solamente era posible mediante una relación de confianza con la organización y bajo determinadas condiciones de seguridad. Aquella convivencia ilustra la alianza estratégica que durante esos años se construyó entre sectores de la Iglesia católica comprometidos con los pobres y el movimiento revolucionario. No fue una relación exenta de tensiones, pero sí una convergencia histórica que marcó profundamente el desarrollo de la resistencia en regiones como el Ixcán.
En una de las presentaciones de este libro se contó con la presencia, además del autor, de un militante revolucionario y de un coronel del ejército que coincidieron en Ixcán en el período de septiembre de 1987 a marzo de 1988, seis meses de enfrentamientos cruentos entre las fuerzas contendientes. Casi cuatro décadas después, el intercambio permitió constatar que la guerra sigue siendo objeto de interpretaciones profundamente divergentes.
Con frecuencia se simplifica la guerra interna en Guatemala reduciéndola a un enfrentamiento entre la insurgencia y el ejército. Pero fue mucho más compleja, como lo reconoce la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), pues atrás estuvieron grandes empresarios, el gobierno de los Estados Unidos y otros intereses de fuerzas poderosas. Asimismo, de alguna manera, fueron protagonistas fundamentales los pueblos indígenas, los movimientos sociales y la población civil. El libro se refiere a las Comunidades de Población en Resistencia.
Despué de 39 años, quienes entonces se consideraban mutuamente enemigos, ahora tienen la posibilidad de encontrarse y, civilizadamente, de manera respetuosa, confrontar diferentes puntos de vista. Y esto podemos valorarlo como un resultado positivo del proceso de paz.
En su primera intervención, el padre Falla dio un contexto histórico amplio, refiriéndose a distintos momentos que han marcado la historia de Guatemala como la Revolución Democrática de 1944, la Contrarrevolución impulsada por la CIA, en 1954 y situó el inicio de la guerra en el levantamiento del 13 de noviembre de 1960 por parte de militares que luego se fueron a la montaña.
Explicó también quiénes eran las CPR, población civil no combatiente que no se entregó al ejército y tampoco salió a refugiarse a México, sino que permaneció bajo la espesura de la montaña por lo menos 12 años, estableciéndose una simbiosis entre la guerrilla y esta población.
Sin embargo, los puntos de vista siguen siendo muy opuestos, unos que pretender justificar la contrainsurgencia para presentarse como “salvadores de la Patria” y los otros que consideran que la guerra revolucionaria fue necesaria y se enorgullecen legítimamente de esa gesta.
Iremos contrastando algunos de esos puntos de vista divergentes:
Una de las primeras grandes diferencias fue cómo explicaron las causas de la guerra interna. El exoficial del ejército dijo que se debió a la llamada Guerra Fría entre los países capitalistas y los socialistas, expresada en el enfrentamiento entre los gobiernos de los Estados Unidos y la Unión Soviética, que en Guatemala se expresó como “una guerra caliente”. Además, se deben considerar otros elementos como la contaminación que Cuba hizo en el continente. Por su parte, el expositor revolucionario hizo ver que, si bien hay que considerar el enfrentamiento Este-Oeste de entonces, también se deben considerar las causas internas como son el racismo y la discriminación, el despojo de los pueblos y su explotación que los ha sumido en la pobreza y pobreza extrema, y el cierre de espacios políticos para llevar adelante transformaciones necesarias en el país, entre otras. Dijo que, desde el análisis marxista, aunque lo externo condiciona, las causas internas en última instancia son las decisivas en una correlación dialéctica. Asimismo, desde su perspectiva el triunfo de la Revolución Cubana no fue contaminación, sino inspiración para los Pueblos de América Latina.
El exoficial señaló que el libro tenía varios fallos técnicos. Una de las primeras imprecisiones que señaló es que considera preciso ubicar el levantamiento del 13 de Noviembre de 1960 como la chispa que encendió la guerra pues se debió más a asuntos internos del ejército. El militar tiene razón parcialmente: el 13 de noviembre de 1960 se produjo un levantamiento de militares jóvenes que intentaban dar un golpe de estado debido a la corrupción y el servilismo del ejército de Guatemala frente al gobierno estadunidense, no era todavía una guerra revolucionaria. Pero también es cierto que muchos historiadores consideran ese acontecimiento como el origen de la lucha armada porque de ese proceso surgieron posteriormente el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre, las Fuerzas Armadas Rebeldes y, en última instancia, la insurgencia revolucionaria guatemalteca. Marco Antonio “el Chino” Yon Sosa cuenta cómo, al huir por las montañas, la solidaridad de la población campesina hacia los jóvenes militares que se habían levantado y tuvieron que huir por las montañas era una expresión de que querían ganarlos para su causa.
El militar señaló que se exagera la cantidad de tropa involucrada en esa ofensiva, así como la magnitud de los bombardeos y ametrallamientos contra ese territorio. Que en ese tiempo la Fuerza Aérea Guatemalteca apenas contaba con dos aviones A-37B y el ejército, a lo sumo, en ese momento contaba con 22,000 efectivos. Asimismo, si la cantidad de bajas que la guerrilla dice que hizo al ejército fuera cierta, prácticamente lo hubiera derrotado.
Sin embargo, el revolucionario dijo que se ha constatado que en esa ofensiva el ejército involucró a por lo menos 13 batallones, inclusive de su tropa de élite Kaibil, paracaidistas, guardia presidencial y otros especialistas; y no fueron capaces de capturar a la población en resistencia ni infligir bajas significativas a la guerrilla. En cuanto a los bombardeos, tomar en cuenta que no era con un solo avión el que se hacía presente, sino que primero llegaban los helicópteros UH-1H, luego los aviones A-37B, seguido por los Pilatus y aún después quedaban los helicópteros. Y, al menos, el padre Marcos y el insurgente que estaban bajo la montaña, daban fe que vivieron esos bombardeos.
El militar dijo que el ejército nunca pensó en lanzar napalm sobre el Ixcán y que además ya para entonces el gobierno de los Estados Unidos no brindaba ayuda militar al ejército estatal.
Al respecto, el otro punto de vista consideraba que si bien el ejército ya no tenía el apoyo directo del gobierno de los Estados Unidos, sí lo tenía de los genocidas sionistas, el régimen del apartheid de Sudáfrica, las dictaduras militares de Pinochet en Chile y de Argentina, y de todos los gobiernos más conservadores y guerreristas. Asimismo, le extrañaba que se hablara en el libro tanto del napalm pues lo que se sabía era que el ejército utilizaría armas químicas. La guerrilla para entonces ya tenía forma de descifrar los mensajes del ejército y contó con información oportuna sobre ese riesgo, por lo que se orientó a la población hacer mascarillas con carbón, para contrarrestar los efectos. Una hipótesis de por qué ya no ocurrió es porque los ríos de esa parte de Guatemala siguen su curso hacia México, lo que acarrearía muerte también del lado mexicano. Se supone que hubo intervención del gobierno mexicano al respecto para que no ocurriera.
El militar dijo que el entrenamiento kaibil es totalmente voluntario, que es un curso de sobrevivencia y que no tiene como propósito formar para violar derechos humanos, sino capacidad en el combate. Al respecto, Falla hizo referencia de lo que él ha logrado sistematizar y cómo las masacres no fueron algo aislado; que seguían una lógica de engaño primero, concentración de hombres y mujeres por aparte, asesinatos crueles e inclusive de niños, estrellándolos contra las piedras. El ejército identificaba a amplios sectores de la población civil —particularmente población maya considerada “base de apoyo” de la guerrilla— como parte del enemigo interno a la cual había que combatir.
Como se ha dicho, esa fue la ofensiva más grande y en la que invirtió mayor cantidad de recursos, con la pretensión de dar un golpe definitivo al movimiento revolucionario. Pero, para marzo de 1988, el ejército había suspendido ya sus operaciones en contra del Ixcán Grande, dejando únicamente algunos puestos fijos en el terreno, permaneciendo ese territorio bajo control de la guerrilla. Fue derrotada la ofensiva contrainsurgente que originalmente el ejército llamó “Ofensiva Final” y que al no lograr sus propósitos optó por llamarla “Ofensiva de Fin de Año” y luego “Fortaleza 88”.
Si bien en 1982 y 1983 el ejército sí logró tomar control de amplios territorios del país y “arrinconar” a la guerrilla a lugares apartados, en 1987 y 1988 no le fue posible. ¿A qué se debió? Hay que tomar en cuenta diferentes factores: tanto la población en resistencia como la guerrilla contaba ya con más experiencia y capacidad; la población y los insurgentes conocían el terreno muy bien; existía una estructura organizativa sólida tanto de las CPR como de la guerrilla; los últimos contaban ya con mejor armamento y, sobre todo, había una convicción de lucha y alta moral; entre otras razones.
Cito lo dicho por el revolucionario: “Aunque el ejército lanzó nuevas ofensivas de menor envergadura posteriormente, para el ejército se hizo evidente que no podía derrotar militarmente a la guerrilla, aunque esta tampoco podía vencer al ejército; ninguna de las partes había logrado imponer una victoria militar definitiva sobre la otra. La negociación se impuso como salida política a la situación, aunque desde perspectivas distintas: para el ejército, el gobierno y grandes empresarios el interés era quitarse esa ‘piedra en el zapato’ que le representaba la guerra interna para avanzar en sus planes neoliberales, mientras que, para la guerrilla y sectores populares, era la posibilidad de abrir un camino político para resolver las causas estructurales que motivaron la guerra interna. Pese a que muchos tratan de reducir la fuerza que la guerrilla había acumulado, debe considerarse que la negociación no se habría dado si esta no hubiese tenido alguna fuerza pues qué sentido tiene negociar con una fuerza derrotada. Los Acuerdos de Paz son la agenda política más ampliamente consensuada para la construcción de la nación.”
Más allá de las diferencias interpretativas, el intercambio permitió constatar que la comprensión de guerra interna continúa siendo un campo de disputa sobre el significado del pasado. Sin embargo, también mostró algo esperanzador: hoy esa disputa puede desarrollarse mediante argumentos y no mediante las armas. Quienes intercambiaron ideas en la presentación coincidieron que es necesario tender puentes, promover más espacios de diálogo respetuoso, de debate serio y con argumentos, para evitar las confrontaciones y ver al futuro para encontrar aspectos de convergencia que nos permitan construir un país justo donde todos las personas y pueblos puedan vivir con dignidad.



