Colombia ante la urna y los sedimentos del posconflicto

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Josué Fiallo

En las paredes de Cali, los afiches electorales se superponen como capas geológicas. Bajo el rostro sonriente de un candidato de este año asoma, descolorida, la consigna de una campaña pasada. Más abajo aún, el rastro de un grafiti que pidió justicia hace veinte años. En Pasto, las banderas amarillas, azules y rojas vuelven a poblar las calles. En Medellín, los nombres de los candidatos se repiten en la radio con la insistencia de una temporada que no admite indiferencia. Más de 41 millones de colombianos están habilitados para votar el 31 de mayo de 2026, y en cada rincón del país se respira esa mezcla particular de esperanza y cansancio que conocen, con especial intensidad, las democracias marcadas por la violencia.

En ese gesto sencillo de depositar un papel doblado en una caja transparente, se asoma una pregunta que excede las fronteras de Colombia.

La elección colombiana llega en uno de los momentos más turbulentos de la historia reciente del hemisferio. Apenas cinco meses atrás, el 3 de enero, fuerzas estadounidenses ejecutaron en Venezuela la llamada Operación Resolución Absoluta, capturaron a Nicolás Maduro y lo trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos vinculados al narcotráfico. La administración Trump reconoció después a Delcy Rodríguez como la única jefa de Estado capaz de actuar en nombre de Venezuela y, el 14 de marzo, la bandera estadounidense volvió a ondear sobre la embajada en Caracas, siete años después de su cierre. Para febrero, las ventas de crudo venezolano bajo control estadounidense ya superaban los mil millones de dólares.

Mientras tanto, la maquinaria migratoria del norte funciona sin pausa. El Departamento de Seguridad Nacional afirmó en diciembre de 2025 haber removido a más de 622,000 no ciudadanos, aunque analistas advierten que esa cifra mezcla categorías de retorno y remoción. En marzo de 2026 se ejecutaron 225 vuelos de deportación, y el presupuesto de detención migratoria del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas creció cerca de un 400% bajo la nueva ley fiscal. Guatemala recibió 49 de esos vuelos, con 4,871 retornados: 40% más vuelos y el doble de deportados que en marzo de 2025. Las familias en San Marcos, en Quetzaltenango, en Huehuetenango esperan noticias que ya no llegan por WhatsApp sino por un golpe seco en la puerta.

Sobre ese suelo cargado de tensión cae el voto colombiano.

Los sondeos dibujan una contienda apretada. El senador Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico e identificado con la continuidad del proyecto del presidente Gustavo Petro, lidera la intención de voto en primera vuelta. Detrás aparecen Abelardo de la Espriella, abogado de discurso confrontacional, y Paloma Valencia, figura del Centro Democrático. Pero la segunda vuelta cuenta una historia menos lineal: algunas mediciones favorecen a la derecha en un balotaje, otras mantienen a Cepeda competitivo o por delante. Colombia no entra a votar con una certeza, sino con una disputa abierta sobre continuidad, ruptura y miedo.

Cepeda lleva en el apellido una herida abierta. Su padre, Manuel Cepeda Vargas, dirigente de la Unión Patriótica, fue asesinado en 1994 durante el exterminio sistemático de un partido entero, más de tres mil militantes caídos en una década. Propone sostener la política de paz, defender una relación no subordinada con Washington y revisar el paradigma prohibicionista de la política antidrogas. Sus adversarios prometen restablecer la mano dura, recomponer los puentes con la Casa Blanca y cerrar el ciclo de lo que presentan como un experimento fallido. No son matices. Son visiones del mundo en colisión.

Lo que se respira en Colombia, sin embargo, no es exclusivo. Es la respiración de las sociedades que han firmado acuerdos sin haber terminado de desarmar sus memorias. Los rencores que la guerra dejó sin saldar, las animadversiones que las treguas apenas cubrieron, los duelos que nunca encontraron su lugar, regresan amplificados por el algoritmo y la emoción. Cada agravio antiguo encuentra hoy un altavoz inmediato. Cada herida heredada se reabre con la velocidad de un mensaje compartido. La polarización ya no es solo un fenómeno político, es un sedimento emocional, un eco que retumba con más fuerza precisamente donde la paz ha sido más frágil. Lo saben Bogotá y Medellín. Lo saben las comunidades ixiles y Rabinal. Lo saben Tegucigalpa y San Salvador.

Pero Colombia también exporta consuelo. Desde una Medellín que aprendió a resucitar entre comunas y metrocables, Karol G convirtió “Mañana será bonito” en consigna íntima que se tararea en cocinas de Tegucigalpa, en camionetas que cruzan el altiplano quetzalteco, en patios de Antigua a la hora del café. Una nación que se duele a gritos y también se cura cantando.

Y aquí es donde Guatemala mira con atención. Porque lo que se discute en Colombia tiene resonancias en la Sexta Avenida de la zona 1. Entre el 20 y el 21 de mayo, el gobierno de Bernardo Arévalo recibió a António Costa, presidente del Consejo Europeo, en la primera visita oficial de un titular de ese órgano a Guatemala. La agenda articuló cooperación en Estado de derecho, integridad electoral, ciberseguridad e inversión. Bruselas se presentó como lo que aspira a ser: un socio sin coerción, en un hemisferio donde la coerción se ha vuelto política exterior. China, por su parte, no ha dejado de tejer. En la IV Reunión Ministerial del Foro China-CELAC, en mayo de 2025, Beijing anunció una línea de crédito de 66,000 millones de yuanes, cerca de 9,200 millones de dólares, con foco en energía limpia, economía digital e inteligencia artificial. En marzo de este año, durante la X Cumbre de la CELAC celebrada en Colombia, Xi Jinping envió mensaje de respaldo político al bloque.

Tres polos de poder. Tres ofertas. Un continente que aprende, otra vez, a caminar entre gigantes.

La pregunta que late bajo cada papeleta colombiana es la misma que se hace, en silencio, en cada cancillería del istmo. Cómo preservar la autonomía sin caer en el aislamiento. Cómo defender los derechos humanos sin perder la mesa de inversiones. Cómo proteger a los migrantes deportados sin antagonizar al mayor socio comercial.

No hay respuestas fáciles. Confieso que tampoco hay certezas. Quien escribe estas líneas ha visto, en pistas donde aterrizan aviones grises de deportación, rostros que cargan cinco mil kilómetros de silencio. Ha escuchado a diplomáticos curtidos repetir que “la región necesita unidad” mientras, en privado, cada cancillería calcula su jugada. La autonomía latinoamericana se proclama en discursos y se negocia en pasillos.

Y sin embargo, hay algo que no se negocia.

La voluntad de los pueblos sigue siendo el cimiento más firme. Las urnas colombianas de este mayo, las centroamericanas que vendrán, las guatemaltecas de cada elección municipal, son piedras pequeñas en una construcción mayor. Cada voto es una afirmación. Cada participación, una declaración de existencia política frente a quienes preferirían que la región fuera un patio trasero, una zona de extracción, un mapa pintado con los colores de potencias ajenas.

Centroamérica ha aprendido, con sangre y con paciencia, que las decisiones que se toman lejos siempre llegan cerca. Lo aprendieron los pueblos mayas en los años ochenta. Lo aprendieron las familias migrantes en los noventa. Lo aprenden hoy quienes esperan en albergues en Tecún Umán o en Tapachula. La política exterior, ese lenguaje aparentemente técnico, se escribe finalmente sobre la piel de las personas comunes.

Cuando los diarios bogotanos titulen el primer resultado, valdrá la pena mirar el mapa completo. No solo Colombia. También Honduras, donde Nasry Asfura asumió el 27 de enero y revisa los vínculos con China mientras sopesa restablecer relaciones con Taiwán. También El Salvador, cuyo Estatus de Protección Temporal fue extendido, una luz que todavía titila para cientos de miles de familias. También Guatemala, donde la cooperación europea ofrece un cauce distinto, menos marcado por la lógica de coerción inmediata que domina otras relaciones hemisféricas.

Porque la geopolítica de 2026, vista desde un mercado de Antigua o desde un comedor familiar en Ciudad Vieja, no es un ajedrez de élites. Es una promesa, frágil y persistente, de que las naciones pequeñas también deciden.

En las paredes de Cali, los afiches seguirán superponiéndose. Capa sobre capa. Memoria sobre memoria. Y en cada voto depositado en una caja transparente, el continente entero, aunque no lo sepa, estará tarareando despacio que algún día será bonito.

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