Por Dante Liano
La narrativa costarricense exhibe algunos notables narradores, conocidos en toda Hispanoamérica. Uno de ellos es Manuel González Celedón («Magón») del cual se celebra, con frecuencia, un cuento muy popular: «El clis de sol», que, al seguir la estructura de la composición de Poe, termina por parecer un chiste. Otro, Carlos Luis Fallas, cuya Mamita Yunái no puede faltar en una antología de la novela antiimperialista. A esa lista de notables narradores habría que añadir el más reciente y más conocido, Carlos Cortés, de quien Cruz de olvido marca un hito en la narrativa contemporánea. De alguna manera, esa novela se relaciona con el boom de la literatura latinoamericana y algo tiene que ver con las reconstrucciones fantásticas de las ciudades, en el camino de Cortázar, Donoso o Cabrera Infante. O con la escéptica Habana de Leonardo Padura Fuentes. Cruz de olvido, cuyo título alude, de manera posmoderna, a una popular balada ranchera, y, de alguna manera, también a los bares de copas y a la vida nocturna relatada en la novela. Cuenta la historia de Amador, un costarricense que participó en la revolución sandinista y que, luego de la derrota de esta, sobrevive sin pena ni gloria en Managua. Allí lo alcanza una noticia: su hijo Jaime ha sido asesinado, junto con otros, en las inmediaciones de San José. Eso lo empuja a regresar y, con el regreso, se inicia un viaje impío por las entrañas de la capital de Costa Rica. El viaje es inmisericorde, blasfemo, irreverente. El narrador inventado por Carlos Cortés destruye, uno a uno, los lugares comunes relacionados con su país. Como se sabe, Costa Rica ha sido apodada «la Suiza de América» y una extensa fantasía, elaborada por las clases dirigentes, quiere al país como ejemplo de democracia, pacifismo y seguridad. Cruz de olvido demuele esas imaginaciones. Amador busca saber que pasó con su hijo Jaime, y su investigación se convierte en un clásico descenso a los infiernos. Ese viaje fantástico le permite desvelar la corrupción, la intriga y el crimen que subyacen detrás de las apariencias oficiales. Cortés se permite una operación que solo un costarricense se podría conceder: poner en ridículo las falsas ideas sobre su propio país. En su extensa operación narrativa, Cortés logra, con prosa eficaz y adivinada, desestabilizar seguridades psíquicas y sociales, y poner al desnudo la latinoamericanidad de su patria. Desde el punto de vista literario, el resultado es excelente.
Con Larga noche hacia mi madre, Cortés regresa al tema de la desarticulación de las certezas establecidas, solo que, aquí, se concentra en la familia tradicional, dentro del contexto de la sociedad de Costa rica. El inicio es explícito: «Mi madre no quiso ser otra cosa en la vida que una buena mujer. Y una buena madre. Yo la odiaba y no sé si aun la odio. Odiaba odiarla y odiaba saber que la odiaba». Toda la novela se justifica en estas primeras frases y en el intento de explicar un sentimiento que la mayoría de lectores puede considerar anormal. La pregunta natural que surge de tal declaración es si Quique, el narrador, tiene razón. Más espontáneamente: ¿puede una persona odiar a su propia madre, contra las leyes que se consideran innatas y sagradas? La tragedia griega nos devuelve una respuesta: esa situación ya fue relatada, y si fue relatada, es porque sucedió. Orestes asesina a su madre Clitemnestra, culpable, a su vez, de haber matado a su marido Agamenón. El odio que supera las barreras de las prohibiciones divinas no es una novedad en la literatura. Al contrario, es uno de sus motores. A partir de su declaración inicial, la novela de Cortés deambula en un laberinto de recuerdos y memoria, un laberinto en donde a cada recodo se halla una revelación, o la promesa de una revelación, sin que logremos establecer si hemos llegado a la verdad o solamente a una versión de la verdad. Muchas veces los hijos son ingratos con los padres: les reclaman conductas, situaciones o elecciones que no estaban en condiciones de cambiar. Lo hacen porque es el camino más fácil para esquivar responsabilidades: culpar a otros de las propias desgracias. Con el tiempo se llega a comprender que cada quien se comporta orientado (casi obligado) por las circunstancias. Solo hay que esperar que esa comprensión y el necesario perdón lleguen a tiempo.
La técnica de Cortés es ir dando vueltas en círculo, y, en cada círculo, ir revelando aspectos de verdad. Al principio, sabemos que el padre del protagonista se llama como él, Quique. Más adelante, que murió muy joven, y que lo dejó en la orfandad. La figura paterna se va completando con las intervenciones de otros personajes, que ayudan a reconstruirla. De ese modo, llegamos a saber que murió tres meses antes del nacimiento del narrador. Muchas páginas después sabemos que murió asesinado a balazos. Y, casi al final, se intuye que la causa de la muerte fue una cuestión de faldas. Resulta curioso que el padre muerto sea, para el narrador, un personaje más positivo que la madre, quien se tuvo que hacer cargo de la familia a partir del crimen. Con sutileza, Cortés destruye la figura paterna al relatar sus amoríos y, sobre todo, al reproducir una carta a una amante, saturada de cursilería. Un hombre tan ridículo en amores no puede ser una buena persona. Tampoco sale bien parada la familia, en modo particular los varones. Por ejemplo, el tío que aprovecha el desorden de los funerales para apoderarse de los trajes del padre. También los dos hijos fuera del matrimonio, hijos que resultan dos tipos anónimos, sin el carácter digno de ser personajes de novela. Como sucede con tanta narrativa latinoamericana, son las mujeres las que se yerguen como baluarte de los desastres familiares, las que apuntalan esa casa vieja, enmohecida y corrompida que se está cayendo a pedazos. Esa casa, la familia tradicional. Según el retrato pintado por Cortés, Quique, añorado por toda la novela, fue un borracho, un irresponsable y un inútil. Para colmo, un cursi.
Para pintar a la madre, Cortés inicia por donde los demás terminan: con la destrucción del personaje. La vemos en sus últimos días de vida, y la acompañamos en su internamiento en una clínica pública, en el drama de la salud neoliberal, cuando se necesita ser millonario para ingresar a una persona en una clínica privada. La madre entra en el hospital ya moribunda, hecha una piltrafa y dejando a su paso una estela de líquidos corporales nausaeabundos. Un paso atrás y la encontramos deprimida, maniática, obsesiva. Quizá sea en ese momento de delirio senil que el hijo comienza a odiarla en modo definitivo. Antes, en la infancia, cuando ella sucumbió al peso de la viudez y las responsabilidades, y se presentó en la clase del niño en bata y desatinada, sin haberse vestido para salir, consolidó la creencia de que su madre era una loca. Y, con lógica de niño, la odió. Al final, cuando el narrador justifica su odio contra la madre, porque toda su vida lo hizo sufrir con sus locuras, la novela da una vuelta de tuerca. Poco a poco, descubrimos una nueva versión de la madre, la versión que solo un hombre maduro puede elaborar. En las últimas páginas, la novela da caravuelta, y el lector es recompensado por haber llegado a ese final. El novelista se demuestra un óptimo prestidigitador y saca un final muy bueno de su bolsillo.
Sería un error leer la novela con los criterios de la psicología. Por supuesto, sería muy fácil desenterrar, de la arqueología psicoanalítica, la teoría freudiana del complejo de Edipo. Hay aquí, dos cuestiones que invalidan esa interpretación: la primera, que es anacrónica y superada; la segunda, que resulta de pueril ingenuidad aplicar dicha técnica a seres ficticios. Como sentar en un diván a un muñeco e interrogarlo sobre su infancia. Atribuir realidad a la naturaleza ficcional de la literatura es un error de principiante. No lo es, en cambio, sacar conclusiones sobre la realidad y sobre la conducta de la gente. Una, primera y evidente, es que la obsesión de Carlos Cortés, a lo largo de sus obras, se identifica con el desvelamiento de las falsas ideas sobre su país y sobre el carácter de sus paisanos. Hay aquí, un cumplimiento bastante riguroso de una de las finalidades de la literatura, aparte de entretener: ver, pintando las cosas como no son, las cosas como son. Decir, con la inocencia del que ve todo por primera vez, que el rey está desnudo, a pesar de su fingida vestimenta. Si, en Cruz de olvido, su blanco era Costa Rica, en Larga noche hacia mi madre, el centro es la familia, esa institución tan celebrada y venerada, pero que, pasada bajo la lupa, revela grietas y fisuras. La segunda conclusión es la importancia capital del perdón y la reconciliación. Al contrario de lo que enuncia al principio, la novela toda es un doloroso canto de amor hacia una madre abandonada y sola, que debe hacer frente a la sociedad y a la vida, y que no está preparada para ello. Carne de sufrimiento y escarnio, esa mujer se yergue y lucha por ella y por su hijo. Sucumbe en la lucha y solo la reconstrucción de sus batallas puede restituirle la dignidad perdida. Esa reconstrucción es la novela de Cortés: por eso es noche, y por eso es larga y por eso es hacia su madre.



