Por Carlos M. Beristain
Hace 28 años, en la entrada de la catedral de Guatemala, se juntaba un montón de gente que llegaba y llegaba, se bajaban bocanadas de aire fresco de los autobuses de Quiché o de cualquier otro lugar, de eso que llamamos el interior del país. Y lo es, ahí está su corazón. Y se fueron llenando las bancas a rebosar, mientras la emoción nos embargaba y nos abrazada.
Hay momentos cruciales de la vida en que guardamos memorias fotográficas de hechos que nos han marcado. Esta presentación fue una memoria fotográfica de todo un país, que siempre nos acompaña. En aniversarios como hoy, porque la memoria es también circular, nos trae de nuevo lo importante. Varios obispos pasaron a saludar, mientras estábamos en la puerta, con mensajes profundos sobre un informe que aún no habían leído pero conocían. En esos primeros bancos, varias víctimas, sobrevivientes de las que tanto hemos aprendido, escuchaban al obispo Gerardi. Unas palabras que habían sido parte de un diálogo compartido y de su visión siempre adelantada, como la esperanza. No hay como aplaudir cuando un mundo queda sobrecogido, pero el corazón de tantos y tantas dijo: por fin, amén, así es. Con un asentimiento de la complicidad que viene de tanto sufrimiento y de más aún ganas de vivir.
Estábamos en la cresta de la ola, viajando de la mano de tanta gente que había compartido su testimonio, más de 5000 personas de todas las regiones. Cuando la ceremonia terminaba y otro camino comenzaba, llegaba la entrega, porque esa verdad recogida entre tanto miedo, tenía que volver a donde nació. Ahí estaba Doña Emma Molina que se vino del exilio. Estaba la conciencia de Helen Mack. Estaba Rigoberta y toda la historia que la acompañaba. Había mujeres de las que no recuerdo el nombre. Ahí estaba la conciencia de Rabinal, de Quiché, de Huehue.
Entre las mujeres que recibieron el informe, alguna no podría leerlo. Pero lo tuvo abrazado todo el tiempo, como se abraza el amor de sus vidas. No era un libro, era un proyecto de futuro. No sabíamos aún que a Monseñor Gerardi habían decidido matarlo dos días después. Estábamos celebrando. Y su asesinato no nos ha quitado esa victoria sobre el desprecio de la vida. Por eso seguimos escribiendo.
Tuvimos muchos diálogos sobre el título del informe REMHI, como cariñosamente lo llamamos, en este tiempo de acrónimos, uno que resume la memoria. En ese proyecto habíamos hecho una mini radionovela, un podcast a día de hoy, doña REMHI y don Olvido, que dialogaban en las ondas sobre el miedo y la verdad, sobre la reconstrucción del tejido social y el silencio. Hubo muchas propuestas de títulos, pero a última hora, monseñor Gerardi propuso que tendría que llamarse Guatemala Nunca Más.
Estas semanas que se eligen en el país nuevas autoridades del sector justicia, muy pronto un nuevo fiscal que tiene que serlo de la dignidad, ese título tiene que ver también con lo que ha estado pasando estos últimos ocho años y lo que las personas que siguen aún en el exilio, en la cárcel por defender la democracia y la justicia, siguen reclamando. La elección de estos días tiene en esta reivindicación un horizonte que necesita sus primeros pasos. Hoy doy fe que quienes estuvimos en esa catedral, y en su eco que fue escuchado en todo el mundo, también lo reivindicamos: Nunca Más.



