Un domingo cualquiera

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Créditos: Kajkoj Máximo Ba Tiul

Por Kajkoj Máximo Ba Tiul

Era un domingo cualquiera. Una semana antes, dos ancianos Maya Poqomchi habían vendido un toro a un carnicero del municipio. Como era costumbre en muchas aldeas y familias de esa época cuando vendían un toro o una vaca, compraban algunas libras de carne en el mercado para invitar a un almuerzo a sus familiares y vecinos, para compartir la alegría de haber cuidado un animal, durante dos o tres años y agradecer a la tierra por haberles ayudado a darle de comer.  Esta practica era constante entre los mayas Poqomchi y constituía momentos importantes de la comunalidad como los casamientos y los bautizos, etc.

Con el dinero recaudado de este animal la familia, además de hacer fiesta y guardar un poco y comprar otro animalito, también les servía para comprar sal y jabón que eran cosas importantes y que no se conseguían en la comunidad. además de comprar otros recursos para la próxima siembra. También para la construcción de una vivienda o para comprar el ajuar para la novia por si lo que se acercaba era un casamiento. 

Ese domingo, a estos dos ancianos, de quiénes olvido sus nombres y solo recuerdo sus rostros y vestimenta; el señor con muchas canas y la señora con el pelo blanco, blanco, como si fuera maguey recién preparado, les sale en el camino otro carnicero, que formaba parte del grupo de comisionados militares.  Uno de los comisionados más genocidas del pueblo.  

El comisionado les pregunta por los otros animales y que cuándo los iban a vender.  Los ancianos contestaron que no, porque quien se los compraba era un solo carnicero, además de ser amigo, familiares, desde hace muchos y muchos años a sus papás les compraba los animales y nunca les había robado.

Al escucharlos, el comisionado, que en el pueblo ya se le conocía como ¡malo!, se fue inmediatamente a la municipalidad del pueblo, en donde estaba un grupo de militares y dirigiéndose al teniente le dice que tiene que detener a una pareja de ancianos que van saliendo del mercado y que, entre sus cosas, llevan carne para los guerrilleros y que, si no lo hacían los denunciaría al comandante de la zona, por ser “cómplices de delincuentes”.

El teniente, le responde: “vamos pues y muéstreme quiénes son”, se lleva unos soldados y en ese momento los ancianos iban pasando por el parque, los detienen y les dicen, que los acompañe porque quieren hablar con ellos.  Los ancianos, siguieron a los militares y los hicieron entrar a la municipalidad, que también funcionaba como destacamento militar.  Les quitaron sus cosas y comenzaron las preguntas: “¿Es cierto que ustedes son guerrilleros y vinieron a traer comida para ellos?” “¿De dónde vienen ustedes?” “¿Por qué no nos dicen dónde está el campamento de los guerrilleros?”. 

Los ancianos respondieron: “no sabemos quiénes son esos guerrilleros que ustedes dicen.  Nunca los hemos visto.  Nunca han llegado a nuestra casa.  Nosotros venimos aquí, porque acabamos de vender un “animalito” y como es nuestra costumbre, venimos a comprar carne para compartir con nuestros familiares y vecinos”.  El señor, refiriéndose al comisionado, le dice al teniente: nos acusa porque se enojó, porque no quisimos venderle nuestros animales, ¿pero que animales, si no tenemos más para vender?

Entonces el teniente, les pregunta, nuevamente: ¿y conocen al carnicero donde compraron la carne?  Ellos respondieron, sí.  ¿Y quién es?  Los ancianos dieron el nombre y de inmediato mando a un soldado a traerlo.  El soldado, corrió y entró al mercado preguntando por el carnicero, “un señor también grande que llevaba muchos años de estar destazando ganado y que había heredado la carnicería y el trabajo de su padrino con quien había crecido”, y le pregunta ¿usted es don Jacinto?  El carnicero responde; “sí, para que te puedo servir”, mí teniente quiere hablar con usted”, le dijo.  “Y qué quiere conmigo”.  El soldado le responde: “es para que testifique sobre dos ancianos que dicen que vinieron a comprarle carne”.

Don Jacinto sale corriendo, encargando la carnicería a su esposa, quien le dice “tené cuidado vos, porque con esta gente no se sabe”.  El carnicero, seguro de sí mismo, le contesta a su esposa: “no te preocupes, no tengo miedo, porque no estoy haciendo nada malo. Ya me imagino de quién se trata, de plano es por ese loco, refiriéndose al otro carnicero y comisionado militar que se enojó porque los señores no le quisieron vender el animal y desde hace tiempo, me ha insistido que le diga dónde viven, para ir a ‘robarse’ los animales”.

Entonces se va don Jacinto acompañado del soldado. Salen del mercado y ya en la municipalidad lo presentan ante el teniente, y este le pregunta: “¿usted es don Jacinto?”, “sí”, respondió el carnicero.  “¿Conoce a esta gente?, sí, son mis conocidos.  Los conozco desde que me inicié en este negocio.  Es gente buena, humilde y no están metidos en nada.  Ni son ladrones y tampoco están en malas juntas.  El teniente le responde: “¿usted se responsabiliza de ellos?”, sí, responde el carnicero. “Yo meto mis manos al fuego por ellos”.  

Entonces, el teniente ordena que los suelten, les entregan sus cosas y el comisionado que los había denunciado salió enojado e insultando, porque no logró que fueran torturados y asesinados los ancianos.  

Insultando a don Jacinto, le dice que también podía morir.  Entonces don Jacinto, un hombre sensato, que no con facilidad se enojaba, le dijo: “Mira vos, ya debés de parar estos abusos, porque lo que están haciendo ya no es perseguir guerrilleros, sino matar gente que nada tiene que ver”.  El comisionado le dijo, “déjame vos, porque igual sos amigo de los guerrilleros.  Ya vas a ver que va a pasar con vos y con tus amigos”.

Al otro día, juntó a los otros comisionados, el alcalde le dio a un grupo de policías municipales y decidieron, que la siguiente madrugada irían a buscar a los ancianos y los iban a asesinar.  A los pocos días, los ancianos fueron asesinados, quemaron y los comisionados militares se robaron sus animales.

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