Metempsicosis

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Créditos: Prensa Comunitaria

(Homenaje a Rubén Darío)

Por Dante Liano

Me llamo Rufo y creo no equivocarme cuando digo que nací en el vasto territorio que los romanos llamaron la Galia. Por eso, fui llamado Rufo Galo, aunque otros me dicen Galo Rufo, sin saber cuál es el nombre y cuál el gentilicio que me aplicaron. Aprendí el latín desde mi infancia, aunque, simultáneamente, he hablado el gálico con mis parientes. Los romanos arrasaron nuestras tierras y capturaron a los más jóvenes de nosotros. Es historia conocida, tanto que, cuando se habla de ella, generalmente se cierra la conversación con un fatal: “eso fue todo”. Para mí, significó largas jornadas, atado de manos, detrás de las cerradas legiones, de paso marcial y enérgico. Todavía ahora mis pies tienen las cicatrices de aquellas llagas y aquellas ampollas ganadas en la caminata infinita. Una vez en Roma, fui vendido como esclavo a un senador corrupto quien me destinó a las labores domésticas. Podía haber sido peor, porque otros compañeros de desgracia terminaron como labradores en los vastos campos laciales. Eran buenas épocas, pues algunos de ellos pudieron rescatar su libertad con el arduo trabajo. Ya no regresaron a su patria, ya que se habían casado con mujeres del lugar, exuberantes y provocadoras, de lengua fácil y grosera. Yo, en cambio, limpiaba mármoles y azulejos, podaba las flores en los jardines, servía los manjares en banquetes y festines, y asistía impasible a las frecuentes orgías que mi amo organizaba. Sé que alguno insinúa mi participación masculina en esos avatares: no fue así. Mis manos servían solo para la servidumbre. Un incidente minúsculo cambió mi destino.

Los designios políticos, que no hay por qué llamar oscuros, hicieron que Marco Antonio visitara a mi patrón: alguna conjura o alguna intriga volvieron secreto un encuentro que habría podido ser público. Silencioso hasta el límite de la inexistencia, yo servía el vino oscuro en las copas transparentes, que imaginaban la sangre de las muchas batallas del emperador. La casualidad o el destino, que a veces se equivalen, hicieron que Antonio preguntara por mi origen. Su comentario fue que los galos, en la campaña contra Vercingétorix, habían demostrado un valor especial. Este énfasis en las cualidades militares de mis paisanos convenció a mi dueño para que me donara al emperador, en calidad de soldado. Me encontré de pronto libre y de pronto prisionero, pues formar parte del ejército era otra cárcel, no menos rigurosa que la anterior. De ese modo, participé en la campaña de Módena, contra las fuerzas del Senado y un año después en las campañas contra Bruto y Casio, luego del asesinato de César, del que Marco Antonio había sido fiel servidor. Una guerra detrás de otra, mi cuerpo joven se endureció y mi espíritu conoció el cinismo, la indiferencia, el escéptico pudor del que ha visto muchas muertes y espera solo la suya, de un momento a otro. De una manera lejana, mi nuevo amo era Antonio, aunque formalmente yo fuera libre. Después de las heridas, después de las fiebres, después de las inmensas fatigas que borraban el pánico del combate, uno podría exclamar, sin retórica alguna: “Eso fue todo”. Quizá esa frase era un auspicio, una suerte de augurio, una esperanza que anunciara el final de una vida fatigosa y llena de cadenas, sin alegrías ni azares. 

A veces, los acontecimientos de la historia pasan a tu lado y te dejan indemne. Otras, son como un huracán, son como la creciente de un río, son como un terremoto devastador. Cambia la historia y te arrastra en el cambio. Ese acontecimiento estremecedor fue el encuentro entre Antonio y Cleopatra, al que asistí casi por casualidad. Yo iba a donde mi amo me mandara, y, por eso, seguí sus pasos hacia Cilicia, también llamada Tarso, en donde el emperador había citado a la reina de Egipto para juzgarla severamente porque imaginaba el apoyo a Casio. Antonio era brutal y militaresco, la reina, en cambio, sutil y refinada. Cleopatra supo desde el principio las debilidades de Antonio; este, como la mayoría de los hombres, no sabía nada de sí ni de la mujer a la que iba a hallar. No voy a ser yo el que sustituya a los historiadores que han narrado ese encuentro. Mi ventaja es que estaba allí y puedo dar testimonio de lo que vi y viví. La reina llegó por mar, y las voces de la gente, en el puerto, llegaron hasta el foro en donde el emperador esperaba. Todos fuimos corriendo a ver el espectáculo que levantaba un rumor asombrado en el pecho. La barca en la que se presentó Cleopatra tenía la proa de oro, o estaba chapeada en oro, y reflejaba hasta la ceguera los rayos del sol; las velas eran de púrpura y ese incendio de colores casi opacaba el esplendor dorado que se abría paso entre las olas; los remos, a babor y estribor, eran de plata, y cada aletazo despertaba las ovaciones de la multitud. No era menos Cleopatra: venía recostada como si fuera Afrodita, espléndida en el mármol blanco de su piel, marco perfecto para los grandes ojos verdes que emulaban el color del mar. La rodeaba una corte de esclavas disfrazadas de Eros, en desnudeces más sugeridas que ciertas. Marco Antonio se quedó solo en el foro y tuvo que caminar hacia la barca de la reina. Toda la severidad con la que pretendía juzgarla se disipó ante la vista de la imprescindible belleza de la poderosa reina de Egipto. Con decir que lo obligó a cenar en la nave, al contrario de lo pensado. Y en esa cena, entre vino y perfumes, Marco Antonio naufragó. También en ese caso, los aedas decían: “Eso fue todo”.

Lo demás comprende también mi historia y mi desgracia. Entre los regalos con que el emperador abrumó a Cleopatra, estaba un grupo de esclavos, entre los que fui escogido, por mis orígenes galos, por mi valor en la batalla y porque se había corrido la fama de que mis destrezas alcanzaban también a la poesía. En efecto, al final de las batallas, yo había compuesto algunos versos épicos en los que recogía las hazañas de mis compañeros. También, en la seducción de las doncellas, la lírica me asistía. Tales aspectos literarios me condenaron a la situación en la que me encuentro. Después del período de Alejandría, en el que Antonio y Cleopatra agotaron las posibilidades de la gula y del amor, hubo períodos en los que no estaban juntos. Escalón por escalón, intriga por intriga, mérito por mérito, llegué a ser esclavo de confianza de la reina.  Cleopatra apreciaba mis versos y, cuando se aburría, me mandaba a llamar para que aliviara su tedio con mis modestas composiciones. Ella no desdeñaba el vino color de rubí que graciosas esclavas le escanciaban. A veces, como premio de alguna frase particularmente agradecida, me hacía gustar de un vaso de licor. Una de esas noches, cuando el vino había sido abundante y las poesías de amor habían saturado el ambiente, la emperatriz hizo alejarse a sus doncellas y se quedó, abúlica y desmayada, entre las sábanas de seda. 

Algunos siglos después, un poeta de Hispania habría escrito: “No puedo decir, por hombre, las cosas que ella me dijo”. De esa noche demasiado breve, recuerdo la blancura de su piel, los verdes ojos entornados, el desordenado lecho de alabastro, y el perfume de sus manos. Alguien me dijo, después, que podría haber atenazado su delgado cuello, al final. Yo sé lo que ella murmuró, yo sé el rumor de sus huesos, yo sé de su aliento cálido y ebrio. Yo sé, también, que todo duró una noche y que después fui alejado de la reina. Por desgracia, en las cortes no hay secretos, sino murmuraciones. Y pronto la intriga llegó hasta Antonio. Por eso estoy en esta celda, y por eso espero el final, que será atroz. Eso fue todo. Yo soy Rufo Galo, hablo latín y gálico, y espero el alba, cuando se cumplirá mi condena: seré devorado por los perros. 

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