“Temblor para los ricos, terremoto para los pobres”

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

Una publicación de la época describió así el terremoto del 4 de febrero de 1976. En las zonas 10, 14 y 15 de la ciudad de Guatemala, a las 3:03 de la madrugada, muchas personas se despertaron sobresaltadas por un fuerte remezón. La energía eléctrica se interrumpió casi de inmediato y, en la oscuridad, el frío se hacía sentir mientras las estrellas aparecían nítidas, como pocas veces ocurre en la capital. Para algunas familias acomodadas capitalinas el sismo fue vivido como un gran susto, pero al día siguiente, seguían lavando sus autos como si nada de trascendencia hubiera pasado, mientras el agua que escaseaba en otros sectores.

En cambio, en los barrios populares de la ciudad y, sobre todo, en los municipios del altiplano central, fue una catástrofe total. Las casas de adobe colapsaron. Pueblos enteros quedaron devastados en los suelos, como San Juan Sacatepéquez, San Pedro Sacatepéquez, San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, Tecpán, Patzicía, Patzún, El Tejar y amplias zonas de los departamentos de Sacatepéquez y Baja Verapaz.

El sismo de magnitud 7.5 dejó un saldo estimado de más de 22 mil personas fallecidas, alrededor de 77 mil heridas y más de un millón sin vivienda. No fue casual que la mayoría de las víctimas fueran personas pobres, en su mayoría indígenas; eran quienes habitaban las viviendas más frágiles, construidas con materiales precarios y ubicadas en zonas que históricamente han estado abandonadas por el Estado, incluso pese a la cercanía con la ciudad de Guatemala.

Sin embargo, en medio del dolor y la destrucción la respuesta social fue inmediata. Antes de que llegaran las autoridades, fueron los propios vecinos quienes que, con sus propias manos, comenzaron a remover escombros para rescatar a quienes habían quedado soterrados. Se organizaron turnos de vigilancia para evitar robos, cuidando las pocas pertenencias que habían quedado expuestas tras el derrumbe de las paredes. La solidaridad afloró con toda su fuerza, como suele ocurrir en situaciones de crisis.

Quienes no habían sido golpeados directamente por la tragedia, se organizaron para apoyar a quienes sí. Por ejemplo, estudiantes de institutos públicos formaron el Comité de Emergencia de Estudiantes de Secundaria que participó activamente en labores de descombramiento y apoyo humanitario. Asimismo, en la Universidad de San Carlos de Guatemala, estudiantes de las distintas unidades académicas se movilizaron para brindar asistencia técnica, médica y logística en las zonas más afectadas. Las lideresas y líderes estudiantiles evidenciaban a quienes participaban en estas labores sobre las desigualdades sociales y la necesidad de cambiar esto, buscando así una participación consciente sostenida en las organizaciones sociales.

También comenzó a fluir la ayuda internacional, que fue muy importante en los primeros meses de la emergencia. De hecho, muchas organizaciones internacionales e incluso gobiernos de otros países comenzaron a poner su atención en Guatemala a partir del terremoto y han continuado su apoyo hasta la fecha.

Sin embargo, junto a la solidaridad, afloraron prácticas de abuso y corrupción. En las casas de mandos militares podían observarse carpas y suministros que habían sido donados por pueblos de otros países para atender a las familias damnificadas.

Miles de personas de áreas rurales que habían quedado sin casa se vieron obligadas a ocupar terrenos en la periferia de la ciudad de Guatemala. De esa lucha por la sobrevivencia surgieron nuevos asentamientos y, con ellos, procesos organizativos. Poco tiempo después nació la Coordinadora de Pobladores (CDP), que aglutinó a comunidades como Las Ilusiones y La Kennedy, en la zona 18, y que se convirtió en un referente de organización urbana-popular.

El terremoto no solo dejó ruinas materiales, también sacudió conciencias. Hizo visibles las desigualdades estructurales y aceleró la organización social. Las organizaciones populares se vieron fortalecidas con mayor participación.

Muchos pueblos de hoy no son absolutamente lo que eran anteriormente. La arquitectura cambió por completo. El adobe y la teja fue sustituido por el block y las láminas de zinc.

La reconstrucción motivó un fuerte empuje a la economía de Guatemala. Se destinaron recursos a la construcción y la demanda de mano de obra se incrementó, lo que permitió al país registrar tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto superiores al 7 %entre 1976 y 1977. Este dinamismo interno, impulsado por la edificación de viviendas e infraestructura básica, logró que la economía nacional no sufriera tanto la recesión mundial de la época, encontrando un soporte adicional en el auge de los precios internacionales del café que fortaleció la capacidad de inversión durante el proceso de recuperación.

A 50 años de distancia, el terremoto de 1976 sigue siendo una lección. Nos llama a prepararnos frente a los desastres naturales y otras crisis; con prevención, se puede reducir los efectos. Demostró que, frente al abandono y la injusticia, los pueblos saben organizarse, cuidarse y levantarse. Del dolor nació la esperanza; de los escombros, la conciencia; y de la tragedia, la certeza de que la vida, cuando se defiende de manera colectiva, es más fuerte que cualquier terremoto.

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