Darío en San Andrés

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Créditos: Prensa Comunitaria
Tiempo de lectura: 6 minutos

Por Dante Liano

De las tres veces que Rubén Darío vino a San Andrés, me recuerdo la primera. El divino poeta había sufrido algunas severas crisis de nervios, en su habitación del Hotel Palace de la capital. Nadie se atrevía a creer que esas crisis eran causadas por las abundantes cajas de champagne consumidas por el bardo nicaragüense. Rubén alucinaba. Decía que, por las noches, se le aparecían varones difuntos que le transmitían iluminados mensajes para la humanidad. Quizá la culpa era del cónsul de Costa Rica, uno de los tantos invitados a cena por Darío, en vista de que el presidente Barillas le financiaba los banquetes. También financiaba el champagne. Todas las noches había manjares para quien se apuntara, y, aparte la redacción de “El Correo de la Tarde”, siempre estaba más de algún simpático gorrón. Fue así como Darío conoció al Cónsul y el Cónsul invitó al poeta a unas sesiones espiritistas y le regaló los Cuadernos de Dzyan La Isis desvelada, de Madame Blavatsky. Fue por ese entonces que comenzó a decir que tenía visiones y apariciones. En las reuniones, ya no saludaba dando la mano, sino posando sus brazos en los antebrazos de sus interlocutores, a la manera de los elegidos, de los cuales se consideraba parte. Alguna vez, levantando los brazos en herradura, Rubén exclamó: “¡Soy un iluminado!” Tanta espiritualidad le había arruinado el temperamento, y le pidió a Barillas que lo mandara al campo. El general escogió San Andrés, en cuyas afueras había una granjita presidencial, con su huerto, su jardín y su corral, a donde llegó el Príncipe del Modernismo, una tarde dorada de crepúsculo, celajes y bucólica armonía. 

De vez en cuando, Rubén subía al centro del pueblo, entraba al café y merendaba una hermosa taza de chocolate, que acompañaba con las champurradas del lugar. Éstas competían con las de Antigua Guatemala, que, por mejorar, se iban pareciendo cada vez más a las polvorosas. Cuando eso sucedía, los cultos del pueblo entraban a esa taberna rústica y rodeaban al poeta, admirados y fascinados por hospedar al vate, al sacerdote de la poesía, al divino Rubén, como ya se le conocía. Rubén tenía una cara rotunda, definitiva, indiscutible. Tal un medallón americano. Muchos años después se iban a descubrir, en la costa, en una finca graciosamente llamada “La Democracia” (quizá para aludir a las dictaduras en serie que se sucedían en el país) unas perentorias cabezas de piedra, hechas por los olmecas al principio de los siglos. El arte escultórico se había limitado a eso: a elaborar cabezas. Eran grandes, como la mitad de un hombre, con ojos achinados, narices chatas y labios gruesos. El rostro de Rubén Darío parecía una cabeza olmeca y daba cuenta de sus orígenes ancestrales. El mismo lo decía, en el café del pueblo (y más tarde lo escribió): “yo tengo cara de chorotega y manos de marqués”. Para demostrarlo, esgrimía sus finas manos de intelectual, muy distintas a las nuestras, campesinas y trabajadoras. 

No nos atrevíamos a pedirle que recitara sus poesías, quizá porque las sabíamos de memoria. Eran los tiempos en que la gente, más que leer, escuchaba y repetía. También sabíamos que, en los grandes almuerzos que se le ofrecían, bastaba dar un tema y Darío improvisaba un soneto. Tenía esa facilidad. Nada en su físico era poético: si uno lo veía de lejos, impresionaban el peso y la corpulencia. Bastaba que se pusiera a hablar y comenzara a contar historias para que se transfigurase, para que la gracia cayera sobre él, como un aureola magnética y seductora y uno lo veía, se admiraba y decía: “He aquí al poeta”. Una de esas veces, en lugar de una poesía, nos contó un relato verdadero, “para que sepan lo que es la ingratitud”, nos dijo, “la traición y la falta de dignidad”. Hizo una pausa, miró hacia afuera, como si estuviera en el teatro, y continuó: “No es verdad que en El Salvador yo me metí debajo de la mesa, como escribió alguno. No soy tan cobarde”, aludió a un famoso cuento que circulaba por ahí. “No importa lo que hice, importa lo que pasó en verdad”.

“El general Francisco Menéndez fue uno de los reformadores de El Salvador. Gobernaba el país con honestidad y mano firme. Era liberal de pensamiento y liberal de obra. Su carácter catoniano era invulnerable y llevaba ese carácter como una coraza de bronce. Vio vacías las cajas del erario y comenzó a llenar las cajas del erario. Veía los fondos públicos como algo sagrado. El Palacio Presidencial se llamaba “la Casa Blanca”. Allí se instaló Menéndez e impuso su vida de hidalgo pobre, de rígida honradez y de virtudes estoicas. No permitió el lujo, pues los dineros del estado se invertían en los progresos del país: ferrocarriles, caminos, telégrafos, regadíos, puertos. Impulsó, además, la escuela y el ejército. La escuela, para educar a las gentes; el ejército, para defenderlas”. Darío hablaba así, cuando conversaba de política, con esa prosa que usaban los liberales de su época. Bebió un poco del espeso chocolate agreste de nuestro pueblo, diluido en agua hirviendo, sin asomo de leche y endulzado con panela. Prosiguió: “Menéndez había favorecido a algunos de sus correligionarios, para fortalecer su equipo de trabajo. En modo especial, había nombrado ministros a Manuel Delgado y Francisco Arriola. Delgado se había hecho gran amigo de la familia del presidente cuando había intercedido ante este para que permitiera el matrimonio de su hija con un tal Meléndez. También Melecio Marcial había estado en el círculo de los favoritos del mandatario. Pero, más que Delgado y Arriola y Marcial, el reconocido favorito del general Menéndez era el también general Carlos Ezeta”. 

“Era este Ezeta lo opuesto a su protector”, Darío se quedó viendo hacia la puerta, como si reviviera lo que estaba contando. “Allá donde Menéndez era amable, Ezeta era antipático. Donde Menéndez era generoso, Ezeta era avaro. Donde Menéndez era bondadoso, Ezeta era malvado. Ezeta tenía cuerpo de Hércules y manos de tigre. Menéndez había dado a Ezeta la guarnición de Santa Ana y allí reinaba el favorito como si fuera otro presidente. Había recibido todas las canonjías posibles. Cuando Menéndez propuso, como su sucesor, a Interiano, todos los demás, que habían soñado con la presidencia, hirvieron de envidia. Comenzaron las habladurías, las calumnias, los enfados y pronto todo derivó en conjuras”.

“El 21 de junio de 1890”, prosiguió el poeta, “Menéndez organizó, como todos los años, una fiesta para celebrar la Reforma Liberal. Al caer de la noche, la Casa Blanca se fue llenando de invitados, caballeros vestidos de todo punto y damas elegantes de El Salvador. Quiso el azar que el general Menéndez se pusiera malo ese día. Algo que comió, o algo de gripe, no se sabe. Lo cierto es que la cena comenzó y los invitados departían tranquilos y alegres. Toda la familia de Menéndez atendía a los huéspedes, cuando, de repente, ruidos de disparos se oyeron en la calle. Los comensales quedaron en suspenso, mientras la balacera aumentaba. Alguien entró de afuera e informó que tropas insurrectas atacaban a la Guardia Presidencial. Todos se pusieron de pie, alarmados. El general Menéndez se levantó del lecho en el que reposaba, en el piso de arriba, sacó su revólver y salió a la escalera. Por ella iba subiendo Melecio Marcial, armado, dispuesto a atacar al presidente. Cuando Menéndez lo vio, le disparó. Una bala atravesó la mejilla de Marcial, que retrocedió y fue al comedor, sangrando. “La vida de las señoras está garantizada”, dijo, mientras los hombres, desarmados, no sabían qué hacer. Una hija del presidente gritó: “¡Llamen a Carlos Ezeta, él nos va a proteger!”. Uno de los comensales la desengañó: “Señorita, Ezeta es el infame, es el jefe de los traidores”. Menéndez había descargado su pistola, por lo que bajó las escaleras blandiendo su espada. Afuera, seguía la batalla entre la Guardia Presidencial y los golpistas. Se oían gritos. Quienes a favor de Menéndez, quienes a favor de Ezeta. Menéndez, espada en mano, se dirigió a su familia: “Que no se diga que me rendí como un cobarde. Sálvense ustedes”. Caminó hacia la puerta y se fue a unir a la guardia presidencial. Levantó su espada y cayó muerto. Un ataque al corazón lo había tronchado. No lo mató la artillería enemiga: lo mató la amargura de ver a su protegido que lo traicionaba. No fue solo Ezeta. Lo peor de todo es que los demás protegidos de Menéndez se pusieron, de inmediato, al servicio del golpista. Al día siguiente, eran todos miembros del nuevo gabinete. Muchos salvadoreños escaparon a Guatemala y yo con ellos”. La tarde había caído, el sereno estaba planeando sobre San Andrés, y Darío se levantó, pagó algunos reales por el chocolate, saludó a la dueña de la taberna, que no quería aceptar el pago, y salió hacia el carruaje que lo llevaría a la granja. “También en el trópico hay Judas, y Brutos, y Macbeth”, dijo, al saludar. “Porque donde hay poder, hay intriga; y donde hay intriga, las lealtades se quiebran”. El carruaje se alejó y dejó, detrás de sí, una leve estela de melancolía. 

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