A la sombra de un ala

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Créditos: Prensa Comunitaria
Tiempo de lectura: 5 minutos

Por Dante Liano

“Quiero, a la sombra de un ala / contar este cuento en flor…” El inicio del poema La niña de Guatemala, diáfano y claro, es uno de los más conocidos en la poesía de lengua española. ¿Cómo hizo José Martí, su autor, para inventar esa rima original de la palabra “Guatemala”? La facilonería ha creado el simplismo: “Guatemala, gente mala; El Salvador, gente peor”. Se requiere, en cambio, la gran capacidad de Martí para evocar esa metáfora extraordinaria: la sombra de un ala. Evoca el vuelo, evoca protección, evoca una blancura incógnita que subyace al tema de la poesía. Esa instantánea sensación de cobijo y amparo. Uno se pregunta, ¿qué hacía, qué interés tenía ese exilado cubano en un país de Centroamérica, tan lejos de los centros metropolitanos? Quizá la respuesta sea fácil: al sur de México, para todo aquel que huye o se refugia de la gran nación del norte, Guatemala es el primer tropiezo. Le sucedió a Pablo Neruda, perseguido por la justicia mexicana luego del intento de asesinato de Trotzky. Pudo haberle sucedido a Martí.

Cuando consulto los datos oficiales sobre el poeta cubano, aprendo que su nombre completo era José Julián Martí Pérez. Dato ocioso, salvo para saber que, en una entrada clandestina a Cuba, usó sus dos nombres ocultos: Julián Pérez. Es posible que todos los que nos movemos en el ámbito hispánico, hayamos hecho ese juego alguna vez. Usar esos nombres segundos para alguna travesura o picardía. Era de La Habana, murió en Dos Ríos. Hijo de un hombre de pocos recursos, pero de mirada amplia, Martí fue mandado a estudiar en el colegio de Rafael Mendive, inquieto poeta y educador que aspiraba a la independencia de la corona española. Mendive calibró inteligencia y talento: fue maestro en todos los sentidos. Inculcó a su discípulo ideas revolucionarias y el discípulo las aplicó hasta convertirse en el héroe nacional cubano. ¿Cómo se construye un mito? ¿Cómo se crea un apóstol? Martí responde con su vida: desde adentro, desde una ética de la integridad insobornable, de la honradez y la honestidad sin nubes. Quizá por eso, apenas adolescente, fue capturado por los españoles y dada su relación con Mendive, fue condenado a seis años de prisión. El primero de ellos lo descontó en los trabajos forzados, durísimo período de sufrimiento y castigo. Escribe a su maestro: “creo haber superado esa prueba”. Ante el debilitamiento del prisionero, los españoles conmutan la pena por el exilio en España. Allí, el joven cubano ahonda en los estudios, en las lecturas y en la escritura. En Madrid, publica sus dos primeros ensayos, que tratan de tocar la conciencia española respecto a la situación de Cuba. 

Cumplido el exilio, Martí se va a México, en 1875. Incansable, se ejercita en el periodismo, en la polémica y en la creación literaria. Habrá sido muy importante su amistad con Manuel Gutiérrez Nájera, quien tiene un pie en el modernismo y otro en el postmodernismo. Suyo el célebre: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje” que abrirá las puertas a ese modernismo poco conocido, el de la poesía conversacional, al estilo de la “Epístola a Madame Lugones”, de Darío. En 1876 viaja a Guatemala, en donde vive intensas jornadas de pensamiento, de poesía y de amor. Aquí es necesario abrir un paréntesis: parece que la actividad erótica en el siglo XIX era más intensa de lo que uno se imaginaría, sobre todo en los países hispánicos. Uno podría conjeturar que las restricciones y la vigilancia de los progenitores sobre la virtud de las señoritas era un valladar insalvable para las tentaciones amorosas. En cambio, precisamente las prohibiciones y las censuras encendían la imaginación y la inventiva. Si la dama era encerrada en su cuarto después de cena, los aspirantes se volvían expertos en la escalada de balcones, para robarse el corazón y algo más de sus novias. De allí los embarazos milagrosos de algunas, que, no obstante estar encerradas a piedra y lodo, recibían la anunciación de algún arcángel misterioso. Todo esto para recordar que Martí, además de político y revolucionario, era un ardoroso caballero, enamoradizo y seductor: a la par de su actividad intelectual, ejercitaba una actividad erótica infatigable. Así que, en Guatemala, enamoró a una de las más bellas hijas de la oligarquía del país: María García Granados, doncella ingenua y candorosa. Parece ser que la relación fue platónica, pasional y encendida. Solo que había un problema y no de poca monta: Martí estaba comprometido, en México, con su compatriota Carmen Zayas Bazán. En efecto, sin chistar palabra, regresó a ese país y cumplió con su compromiso. 

Al volver a Guatemala, se encontró con la noticia de que María había muerto. Sobre las causas de su muerte, hay varias conjeturas. ¿Se suicidó, murió de tristeza, murió de simple enfermedad? Es posible que José Martí haya sentido un fuerte complejo de culpa pero no es probable que haya sido ese el motivo su inspiración, para “La niña de Guatemala”. La poesía devuelve a María García Granados una dimensión de transparencia, de sublimidad, de trascendencia. En un cierto momento, Martí aparece, como detrás de una cortina: “él volvió, volvió casado /ella se murió de amor”. Quizá haya, en este verso, una deplorable complacencia masculina. Que se equilibra cuando exclama: “la frente que más he amado en mi vida!” Francisco Goldmann ha escrito El esposo divino, una novela que reconstruye tal historia. Fruto de años de investigación, el relato pinta la figura de Martí como maestro de creación literaria, y cómo esas clases derivaron en un momento que parece robado de la literatura del romanticismo.

La lucha por la independencia lleva a Martí, de nuevo, a Cuba, en 1879. También esta vez es capturado y, vuelto a desterrar en España, el poeta se va a Francia y de Francia a Nueva York, en 1880. Su actividad es intensa, en lo político y lo literario. Publica dos libros de versos: Ismaelillo y Versos sencillos. De este último proviene el afortunado cuarteto “Yo soy un hombre sincero”, que la gente sabe de memoria. 

Yo soy un hombre sincero, 
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Muy pocos poetas pueden jactarse de haber contribuido a la memoria de los pueblos con algunos versos que hasta los iletrados repiten. Uno de ellos es Darío. Otro, García Lorca. Otro, José Martí. ¿Quién no conoce estos otros:

Cultivo una rosa blanca
En junio como en enero
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca?

Estos versos meridianos, alumbrados por una conciencia rigurosa, contienen una ética de la literatura, que es la estética de la sencillez. Ya está aquí, en ciernes, el postulado modernista que busca un inusitado rigor en el ritmo poético. Cierto, seduce el concepto, pero más todavía el ritmo sabiamente ocultado por Martí. Forma y fondo se funden y se imprimen en el alma del que escucha lo que parecen verdades de claridad límpida, fruto de un rigor y un ejercicio que es mental y de escritura. 

Son años de pasión sin límites. Desde Nueva York, Martí proclama la unidad de los pueblos americanos, su singularidad, su especificidad. El manifiesto “Nuestra América” convence todavía hoy, porque todavía hoy se puede aplicar. Convence también porque abate las fronteras entre prosa y poesía: su lenguaje es una especie de sinfonía, en donde la lengua española adquiere una música majestuosa, sin perder la enjundia. Martí promueve la independencia de Cuba, y, en 1895, entra clandestinamente a la isla para integrar el ejército independentista. Su ejemplar conducta, que lo hace exponerse personalmente en la batalla, lo lleva a la muerte, en Dos Ríos. Tenía solo 43 años. José Martí representa, para toda América Latina, un ejemplo de dignidad, de coherencia, de coraje. Una lección viva, sobre todo para estos días aciagos. 

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