Por Juan José Hurtado Paz y Paz
El 29 de diciembre de 2026 se cumplirán 30 años de la firma de los Acuerdos de la llamada “Paz Firme y Duradera” en Guatemala, con la que formalmente se puso fin a una guerra interna que se prolongó durante 36 años (1960-1996). Esta conmemoración no puede reducirse a un acto formal ni a una evocación nostálgica del pasado. Es, sobre todo, una oportunidad política y ética para revisar críticamente lo acordado, lo cumplido y lo incumplido; para preguntarnos qué sigue siendo válido de aquellos acuerdos y qué debe actualizarse o replantearse frente a los desafíos actuales del país.
Los Acuerdos de Paz —once en total— abordaron temas estructurales como derechos humanos, derechos de los pueblos indígenas, reforma del Estado, democratización, justicia social, papel del Ejército, desarrollo rural, así como temas operativos que permitieran silenciar las armas. El recién conformado Frente Amplio por la Democracia ha planteado retomarlos como un referente para la reflexión y la acción política actual. No como textos intocables, sino como un punto de partida para pensar una transformación profunda del país que sigue siendo una tarea pendiente.
De manera que la conmemoración de los 30 años de la Firma de la Paz no debe limitarse a la fecha del 29 de diciembre, sino que 2026 debe ser todo un año de actividades que sirvan para recordarlos en el presente y construir futuro.
Este ejercicio debe involucrar de manera especial a las nuevas generaciones. Hoy, quienes vivieron directamente la guerra interna o tienen recuerdos claros de ella superan los 45 años de edad. La mayoría de jóvenes han escuchado muy poco de la guerra, pues las personas adultas que la vivieron prefieren callar por el miedo que persiste y porque recordar es volver a vivir y, en muchos casos, volver a sufrir. Y eso nadie lo quiere. A las nuevas generaciones les cuesta imaginar un país militarizado, atravesado por el terror, la persecución, las masacres, el exilio, el refugio y el desplazamiento forzado. Sin embargo, sin comprender ese pasado reciente, resulta imposible entender el presente: la desigualdad estructural, el racismo persistente, la concentración de la tierra, la debilidad institucional y la violencia que aún nos atraviesa.
Por eso, además de explicar la guerra, cuáles fueron sus causas y cómo se desarrolló, es fundamental humanizar esa historia. Desde la perspectiva de los revolucionarios, se trató de una guerra popular que no se limitó al enfrentamiento armado, sino que incluyó también una amplia movilización social demandando reivindicaciones que confluían con el proyecto revolucionario, así como una actividad política-diplomática en el campo internacional, a la cual, en la etapa final, se sumó el diálogo y la negociación. La guerra no fue solo una sucesión de hechos armados o negociaciones políticas; fue una experiencia vivida por personas concretas, con miedos, pérdidas, contradicciones, pero también con convicciones profundas, solidaridad, sentido colectivo y la alegría de luchar.
Con esa intención, la Convergencia 31 de Enero se apresta a conmemorar la Masacre en la Embajada de España ocurrida hace 46 años, iniciando con ello una serie de actividades a lo largo del 2026 que busca promover la reflexión sobre el significado de la guerra, los Acuerdos de Paz y su proyección al presente y al futuro, esperando aportar así su granito de maíz a lo que entre todos debemos hacer.
En un comentario que le hice a un compañero y amigo que escribió sus memorias de la guerra le decía: “Cada quien habla de la fiesta según como le fue en el baile”. A quien le gusta bailar y bailó toda la noche, dirá que la fiesta estuvo buenísima, pero a quien “voló banca” dirá que la fiesta fue terriblemente aburrida. Cada quien vivió la guerra de manera distinta: combatientes, mujeres y hombres, comunidades de población en resistencia, personas refugiadas en México, desplazadas internas, pobladores urbanos, familias enteras marcadas por la ausencia. No hay una sola memoria, sino muchas. Y en esa diversidad de experiencias no todo fue únicamente dolor y tragedia. También hubo organización, aprendizaje, afectos compartidos, creatividad para sobrevivir y muchos momentos de alegría.
De manera que rescatar esa dimensión humana es clave. Existen innumerables anécdotas que hablan del humor en medio de la adversidad, de la risa como forma de resistencia, de la vida abriéndose paso incluso en las condiciones más duras. No se trata de minimizar el sufrimiento, sino de reconocer que la lucha no fue solo sacrificio, sino también afirmación de la vida. Contemos todas esas historias.
Una experiencia ilustra bien esto. En una ocasión, un psiquiatra visitó a combatientes guerrilleros y a las Comunidades de Población en Resistencia. Se sorprendió por el nivel de salud mental que encontró. Esperaba hallar personas devastadas emocionalmente y fue todo lo contrario. Su explicación fue contundente. A pesar de las carencias, el peligro constante y las pérdidas sufridas, esas personas tenían algo fundamental que las sostenía: un sueño común, una esperanza colectiva y una voluntad de lucha que les permitía procesar el dolor y seguir adelante. No era una esperanza ingenua, sino una esperanza construida en comunidad, anclada en un sueño compartido de dignidad y justicia.
Ese es, quizás, uno de los legados más importantes de aquella etapa histórica y una de las lecciones más urgentes para el presente. Hoy vivimos otros tiempos, con otras formas de violencia, exclusión y despojo. El desencanto y el cinismo parecen imponerse. Pero sin esperanza no hay transformación posible. En cambio, cuando las personas se entusiasman con una causa justa, cuando creen que el cambio es posible, ponen empeño, creatividad y constancia para alcanzarlo.
Un desafío actual es reconstruir y fortalecer una esperanza realista, no como consigna idealista, sino como práctica política cotidiana. Una esperanza que se nutra de la memoria, que reconozca los límites y errores del pasado, que comprenda los nuevos contextos y sus dificultades, pero que también recupere la alegría de luchar por un sueño realizable: un país justo, democrático y digno para todas y todos.
Como bien lo resume la sabiduría popular, estábamos y seguimos estando jodidos, sí, pero nunca vencidos. Y, sobre todo, nunca sin esperanza. Y siguiendo con la sabiduría popular expresada en refranes: “La vida no es la fiesta que imaginamos, pero ya que estamos, bailemos”.



