Por Dante Liano
Casi siempre, es decir, cuando podía, el comisario don Alberto Paniagua del Castillo se extendía en el fatigado diván del comisariato y dormía una escasa siesta. Cuando mucho, reposaba quince minutos; si no, diez; al menos, cinco. Era un paréntesis necesario del cual regresaba fresco y despierto, sin el sopor de las primeras horas de la tarde. Lo sabía muy bien: apenas cerraba los párpados caía en una especie de abismo, una espiral en donde su cuerpo se sumergía como una piedra en el arroyo, un olvido absoluto, una amnesia perentoria. Al principio, estaba completamente lúcido, consciente de todos los razonamientos y las conversaciones de la mañana. Se decía a sí mismo: “hoy no me voy a dormir”. Y apenas se hacía esta confidencia, todo desaparecía para dar lugar a una brocha gorda que hacía naufragar a su mente en ese mar irresponsable y gratuito que es el sueño. Cuando despertaba, le parecía extraño todo, como si necesitara un cierto tiempo para recuperar la conciencia. Se preguntaba: “¿Me dormí?”, como si no fuera evidente que se había derrumbado en el pobre sofá, de tapicería raída y ratosa, como convenía a un comisariato de pueblo. En verdad, a esa hora casi todo el pueblo dormía la siesta y eso que San Andrés se erguía en el altiplano, aquella parte del país que todos llamaban “Tierra Fría”. Quizá por eso, porque el cielo pesaba mucho con sus nubes redondas y su color azul oscuro, los párpados se cerraban como si uno hubiera comido arroz con chipilín. En la costa, dormir era obligatorio: el sol no dejaba espacio para nada y había que encerrarse a la sombra para no ser castigado con su sábana de luz.
El comisario Paniagua dormía su siesta cotidiana cuando los toquidos a la puerta lo despertaron con sobresalto. Eran toquidos fuertes y desesperados, como si alguien quisiera derribar el obstáculo. “Me están botando la puerta”, dijo mientras se ponía de pie y escuchaba la voz de una mujer, alterada por la emoción, que decía su nombre. Abrió de sopetón y la mujer por poco no le da un golpe con la mano. Paniagua se la detuvo en el aire. Era la Sole Bojórquez, hija de la dueña de la pensión “El Porvenir”. La muchacha todavía alcanzó a repetir su nombre. “¡Comisario Paniagua!” dijo, un poco destanteada. Como por reflejo, el comisario repitió el nombre de ella: “¡Sole!”. Alcanzó a ver al barbero, que, atraído por los ruidos, estaba espiando todo. “¡Comisario, mataron a un muchacho en la pensión!”, dijo Sole. “Venga inmediatamente”. Paniagua no era un hombre muy obediente, y se volvía todavía más insumiso cuando le daban una orden. “Espérese un momento, Sole”, le dijo a la agitada muchacha. “Explíqueme lo que está pasando y veré si es el caso de ir o no ir”. La muchacha respiraba con dificultad. Sin decir palabra, el comisario le sirvió un vaso de agua. Luego, con un gesto, le indicó la silla que estaba delante de su escritorio. Se sentó en la poltrona giratoria comprada como un lujo extremo para su cargo policial, y le dijo: “Cálmese y cuénteme lo que ha pasado”. Sole temblaba un poco cuando comenzó a contar lo sucedido.
“Hace como un mes”, comenzó su relato, “vino a hospedarse a la pensión un muchacho bastante joven, entre dieciocho y veinte años. Dijo que era un vendedor viajero y eso explicaba la voluminosa valija que arrastró hasta el cuarto. Salía todos los días hacia Santa Ana, donde dijo que hacía comisiones propias de su trabajo. Nosotros no le preguntamos nada, porque no nos importa lo que hagan los clientes. Con tal que se porten bien y no hagan escándalo, nada que decir. Lo único raro del joven era que solía encerrarse en su cuarto después de cena y a partir de ese momento se oían ruidos raros, como de sillas que se movían, o como si una gente hiciera gimnasia o ensayara un baile acrobático. De vez en cuando, objetos que caían al suelo, y junto con todos estos rumores, voces que daba el muchacho como si recitara poesías o anunciara los productos que vende. Hace un rato, oí que alguien, desde fuera de la pensión, lo insultaba o le daba gritos, y él respondía. Luego de eso, oí un cristal que se rompía y al final, de nuevo las voces del muchacho, como si estuviera en peligro. Entonces entramos a su cuarto, forzando la puerta, y lo encontramos, muerto, amarrado a una silla, con sangre en el cuerpo y la ventana abierta. El asesino entró por allí, lo amarró, lo mató y luego escapó”.
El comisario creyó que no sería mala idea ir a la pensión. Tuvo que esforzarse un poco, porque Sole amainaba la angustia con el paso rápido, casi de carrera. Cuando llegaron, todos los huéspedes estaban en la calle, como si hubiera habido un incendio. Como si el crimen fuera una pestilencia de la cual había que tomar distancia. La muchacha entró primero, atrás el comisario, y con miedo, atrás los padres. En el cuarto, en efecto, se miraba la ventana abierta, una copa de vino rota y filosa, en el suelo, una valija abierta y, sobre todo, el chico amarrado a su silla, aparentemente sin vida. El comisario se acercó al cadáver. Apenas lo vio, dio un paso atrás. “Sole”, llamó a la muchacha. “Acérquese y mírele los ojos”. Con terror, la chica se acercó y vio que el presunto cadáver tenía los dos ojos bien abiertos y que se movían, con la misma expresión de una persona que se ríe. Ello no fue obstáculo para que la muchacha pegara un grito. “¡Está vivo!”, dijo, como si la cosa la decepcionara. “Está vivo, y, bajo la mordaza, se está riendo”, añadió el comisario. Con esta noticia, los padres de la muchacha y otros huéspedes entraron a la habitación. “¿Cómo es posible que pase esto?” se interrogó Sole. “Lo que veíamos indicaba que se había cometido un crimen. Todo comenzó con ruidos muy fuertes que venían detrás de la puerta cerrada. Luego, escuché el ruido de cristales rotos y que el chico hablaba fuerte, como si estuviera discutiendo con alguien. En efecto, una voz chillona le contestaba, como con gran insolencia, y él respondía, y la discusión siguió adelante largo tiempo. Al entrar, había sangre en el piso y en la mano del chico, y él mismo parecía muerto, amarrado y amordazado en la silla. Ahora resulta que se está riendo”.
Curiosamente, nadie se preocupó por desamarrar a la víctima. Todos se voltearon hacia el comisario Paniagua, como esperando una explicación. “¿Ven ustedes la maleta del chico?”, preguntó, didáctico. La maleta estaba en el piso, abierta, con una serie de objetos muy extraños. Un sombrero de copa, pañuelos de seda, pequeñas pelotas de diferente medida, un conejo de peluche, una caja transparente con dados, varias cajas de fósforos, y una luciente caja de terciopelo. “No es una valija”, dijo el comisario en voz baja. “Es el cofre de un prestidigitador”, aclaró. “Este muchacho trabaja como vendedor viajero, pero quiere ser un mago y está estudiando sus trucos. Lo que Sole creía que eran animadas discusiones eran los ensayos de ventriloquía: por eso, a la voz del joven se contraponía la otra, en falsete, como a veces hacen los artistas. La copa rota es fácil de explicar: estaba ensayando malabarismos con vasos y copas, y una se le cayó al suelo. Cuando la quiso recoger, se cortó la mano, y por eso la sangre en el piso y en el brazo. La mordaza se la puso él mismo, cosa que no es difícil. Y el amarre a la silla es un viejo truco del escapismo, en ese oficio. Son unos lazos singulares que venden en las tiendas especializadas, con las cuales los magos se amarran y que con un truco se desamarran rápidamente. En efecto, le voy a pedir a nuestro bromista amigo que se libere lo más pronto posible, para evitar que lo lleve a la cárcel por simulación de delito”. Al oír esto, el que había sido dado por muerto comenzó a contorsionarse y, como por magia, los lazos que lo ataban se comenzaron a deshacer. Pronto estuvo libre y, con las manos sueltas, se quitó la mordaza. Tendió una de ellas al comisario: “Felicitaciones, don Alberto, descubrió todas mis bromas”. El comisario comenzó a reírse, y, contagiados, se rieron todos los demás, con la enfadada admiración de quien ha sufrido una astuta broma pesada.
(El presente relato está libremente inspirado en el cuento “La ausencia del señor Glass” de G. K. Chesterton, y está pensado como un homenaje al gran escritor inglés)



