En las montañas de Jutiapa el nombre de Noé Gómez Barrera se pronuncia como el de un padre, un esposo y una autoridad Xinka que hizo de la defensa del agua, del territorio y de la democracia una forma de vida. El 28 de octubre de 2023 lo asesinaron; hoy, dos años después, su familia y su comunidad lo honran no solo para recordarlo, sino para mantener encendida la lucha que lo convirtió en un referente y cuya justicia sigue esperando respuesta.
Por Glenda Álvarez
El sol cae sobre El Caulote y dibuja sombras largas sobre la entrada de la comunidad, allá en las montañas de Jutiapa. El polvo del camino se mezcla con el olor a leña y a café recién colado. A un lado, entre lágrimas, nostalgia y sollozos, la comunidad recuerda a uno de los suyos. Es el último día de octubre. No está físicamente, pero en el corazón de cada uno sigue más que presente. De pronto, alguien pide silencio.
Sobre una base de cemento, que aún huele a nuevo, una placa cubierta con una manta blanca espera ser descubierta. No es una placa cualquiera: lleva el nombre de Noé Gómez Barrera, líder comunitario, autoridad Xinka, padre, esposo y amigo. Fue asesinado el 28 de octubre de 2023, en este mismo territorio.
Las miradas se detienen en el mensaje grabado el retirarse la manta: “Su amor por la naturaleza fue más grande que el miedo. Hoy su legado perdurará por siempre”. Un gesto simbólico que honra su vida y reafirma el compromiso colectivo de no olvidar su lucha.
Las voces empiezan a acomodarse para el homenaje, pero lo que ocurre no es solo un acto ceremonial: es una comunidad entera volviendo a contar quién fue Don Noé, qué hizo por estas montañas y por qué su nombre no cabe únicamente en la frase “líder asesinado”. La placa es apenas la parte visible de una memoria mucho más profunda.
Entre palabras y nostalgia, familiares, amigos, vecinos y compañeros de resistencia recuerdan su vida y su legado. La comunidad de El Caulote se reúne para conmemorar a un hombre que, hasta el último día, defendió el agua, la tierra y la vida.
“Mi hermano siempre luchó por el bien común”, expresó Marta Alicia Gómez Barrera, una de sus siete hermanos. Entre los presentes, su sobrino Josué Barrera, agregó con contundencia: “Hombres como él en otros países los cuidan y los protegen por su gran capacidad de liderazgo. Aquí no pudimos”.

Don Noé falleció por los disparos que recibió el sábado 28 de octubre cuando regresaba a su casa, mientras transcurría el Paro Nacional de 2023, víctima de la violencia que enfrentan quienes alzan la voz por los derechos de su pueblo. Sus compañeros lo recordaron como un hombre que impulsó la organización comunitaria, que convencía, motivaba y daba fuerza. Un hombre que siempre dijo que la lucha era por las nuevas generaciones.
Un niño entre surcos: La Garita y Trapichitos
Antes de convertirse en “Don Noé” para todos fue simplemente Noé: el niño de La Garita, en el Cantón San Marcos, nacido en 1955 entre cerros que amanecen envueltos en neblina, milpas que crujen con el viento y caminos de tierra que en invierno se volvían ríos de lodo.
Su esposa Noelia Ramos, lo recuerda con la voz hecha de fechas y nostalgias que se le enredan al hablar: “Él nació en 1955, en la aldea La Garita, en Cantón San Marcos. De ahí vivió en Trapichitos… ahí nos conocimos”, cuenta.
Su hermano completa la fotografía de esos primeros años, la de un niño moldeado por el trabajo y la disciplina campesina: “En su niñez yo me recuerdo que siempre trataba primero de aprender a trabajar. Por medio de nuestro papá aprendió el respeto a los demás. De la aldea donde nació se trasladó aquí a El Caulote… siempre buscó trabajo, y respetó a la gente”, relata.

Los sonidos de esa infancia no eran consignas ni megáfonos; eran otros: el machete abriendo camino entre el zacate, el golpe seco de los cascos de los caballos sobre el camino de terracería, el crujido del maíz bajo los pies, y la voz del padre marcando el compás del día: levántese temprano, trabaje, respete.
En ese mundo de cerros, bestias y parcelas comunales, Noé aprendió dos certezas que nunca lo abandonarían: que el trabajo dignifica y que la vida solo se sostiene cuando se cuida a la gente y a la tierra. Esas raíces tan profundas, serían el origen de todo lo que vendría después.
Una casita pequeña para dos
Años después, ya en Trapichitos, Don Noé conoció a la mujer con la que caminaría casi medio siglo. Ella lo recuerda con una mezcla de orgullo, ternura y un duelo que aún se le queda atorado en la garganta: “Ahí nos conocimos, nos casamos, pero al tiempo venimos a vivir aquí. Él se vino aquí conmigo. Y aquí fue donde trabajó en las luchas, en la resistencia y todo. Fue muy amante de la naturaleza”.
Juntos formaron una familia. Tuvieron hijos, levantaron una casa y vieron crecer nietos que corrían entre el patio y el corredor de su casa. Cuando los hijos se casaron y cada uno siguió su rumbo, decidieron construir algo que, dicho en sus palabras, era solo para ellos dos: “Ya vivíamos los dos solitos, ya los hijos casados. Hasta hicimos una casita pequeña para vivir los dos. Vivíamos tan bien”, recuerda ella, con esa mezcla de alegría pasada y ausencia presente.
En esa casita, la vida tenía un sonido propio: las tortillas inflándose sobre el comal al amanecer, las tazas de café colocadas con cuidado sobre la mesa, el murmullo de una radio que hablaba bajito en las mañanas, el ladrido de los perros que anunciaban la llegada de algún vecino.
Era la calma después de años de trabajo duro y crianza. Pero para Don Noé, la calma nunca significó indiferencia. Al contrario, fue el punto de partida para una forma más clara y decidida de entregar su tiempo: ya no solo para sostener a su familia, sino para defender el territorio donde esa familia vivía, el mismo suelo que había visto crecer a sus hijos y que, según él, debía quedar intacto para sus nietos y para las generaciones que aún no habían nacido.
Su hogar era pequeño pero su convicción grande. Y desde esa casita —ese refugio de paredes sencillas— Don Noé comenzó a convertirse en lo que hoy todos nombran con respeto: un defensor, un líder, un hombre que no se quedaba callado cuando la tierra estaba en riesgo.
En esa casita, la vida tenía un sonido propio: las tortillas inflándose sobre el comal al amanecer, las tazas de café colocadas con cuidado sobre la mesa, el murmullo de una radio que hablaba bajito en las mañanas, el ladrido de los perros que anunciaban la llegada de algún vecino.
“Yo no lo hago por mí; lo hago por las nuevas generaciones”
La esposa guarda en la memoria una frase que él repetía con frecuencia, casi como si fuera su propia consigna:
“Él siempre decía: Fíjate que yo no lo hago por mí, porque yo estoy grande y de repente me muero; lo hago por las nuevas generaciones”.
Ese pensamiento fue marcando su rumbo. Don Noé empezó a asistir a talleres, reuniones, asambleas comunitarias. Volvía a casa con ideas nuevas, con los bolsillos llenos de papeles doblados, con nombres de leyes, instituciones y empresas anotados a mano. Cada regreso traía una mezcla de inquietud y claridad que lo hacía hablar más rápido, con más urgencia.
Su esposa lo recuerda así:
“Él, como iba a talleres, aprendió mucho. Cada vez que iba venía motivado. ‘Mirá –me decía–, si uno no habla, entonces no puede haber un cambio en nuestro país’”.

A principios de los años 2000, esa motivación empezó a tomar forma pública. Don Noé se involucró en las luchas del pueblo Xinka de Jutiapa frente a proyectos que amenazaban el agua y la tierra: la empresa Alternativa de Energía Renovable, distintas iniciativas extractivas y megaproyectos que buscaban instalarse en las comunidades sin consulta previa.
Con el tiempo, su caminar lo llevó a convertirse en autoridad ancestral del Parlamento Xinka de Guatemala, una estructura que articula a comunidades de los departamentos de Jutiapa, Santa Rosa y Jalapa en defensa del agua, del territorio y de la libre determinación de los pueblos.
Con los años, su nombre dejó de ser el de un vecino más y pasó a ser el de un referente comunitario, alguien que no solo defendía el territorio, sino que enseñaba a otros a defenderlo también.
Pero más allá de los cargos, lo que realmente lo definía era su capacidad para convocar y mover corazones. Su esposa lo resume con la sencillez de quien vio todo desde adentro:
“Se lograron muchos proyectos a través de la lucha de él, porque lo que él tenía es que convocaba a muchas personas. Él convocaba siempre a la lucha a la gente”.
Don Noé no lideraba desde la imposición, sino desde el ejemplo. Tenía esa forma de hablar que hacía que incluso los más tímidos se animaran a participar; esa manera de explicar las cosas que transformaba la indignación en acción organizada. Por eso, con los años, su nombre dejó de ser el de un vecino más y pasó a ser el de un referente comunitario, alguien que no solo defendía el territorio, sino que enseñaba a otros a defenderlo también.
El territorio que habla: basureros, minería y “polleras”
Para entender el legado de Don Noé basta escuchar a quienes caminaron a su lado y, sobre todo, observar el paisaje que rodea a El Caulote. Las montañas, los árboles y hasta el aire parecen contar su historia.
Luis Gerardo García Sarceño, vecino y compañero en las resistencias comunitarias, lo recuerda como un hombre que nunca se cansaba. Para él, Don Noé no fue solo un líder: fue la persona que enseñó a muchas aldeas a organizarse, a cuestionar, a defender lo que les pertenece. Lo vio plantarse frente a empresas, reuniones municipales y autoridades que querían imponer proyectos sin consentimiento. Lo vio insistir, convencer, explicar. Lo vio resistir.

Luis enumera las batallas casi como quien recita un rosario de memoria colectiva: tres veces detuvieron un basurero que pretendía instalarse en la comunidad; varias veces frenaron intentos de minería alrededor; y más recientemente, pasaron días y noches enfrentando la instalación de una pollera industrial. En todas esas madrugadas, mientras el cansancio vencía a muchos, Noé seguía de pie, animando a los demás a no bajar los brazos.
Don Noé no fue solo un líder: fue la persona que enseñó a muchas aldeas a organizarse, a cuestionar, a defender lo que les pertenece.
Cada una de esas luchas dejó una huella concreta en el territorio:
— Donde pudo haber un basurero, hoy crecen árboles y milpas que respiran libres.
— Donde una granja industrial buscaba imponerse, sigue corriendo el aire sin olor a amoníaco ni desperdicios.
— Donde la minería quiso abrir socavones, la montaña aún guarda el agua en sus entrañas.
Esas victorias —pequeñas en apariencia, enormes en impacto, son parte de la memoria que los comunitarios defienden con orgullo. Porque cada lugar que hoy sigue en pie, cada manantial que sigue vivo, lleva algo de la voz de Don Noé y de la resistencia que él ayudó a encender.
“Sin agua no hay vida”: la herencia que dejó a sus hijos
Cuando su hija Emi Gómez habla de él, lo hace desde un lugar donde la admiración y la responsabilidad se mezclan. No solo recuerda al defensor, sino al padre que se sentaba a la mesa para disfrutar la comida en familia, como si ese pequeño gesto cotidiano también fuera parte de su resistencia. Para ella, esa escena resume bien quién era su papá: un hombre capaz de defender causas enormes sin dejar de valorar lo esencial.
Pero si hay algo que Emi repite con la misma fuerza con la que él lo decía es su convicción más profunda: sin agua no hay vida. En casa, esa frase no era metáfora ni discurso; era guía. Noé enseñó a los suyos que el agua no se negocia, no se vende, no se privatiza. Que defenderla puede costar tiempo, cansancio e incluso la vida, pero que vale la pena porque no es para uno, sino para quienes vienen después.
Emi lo explica: su padre creía en la tierra, en el bien común y en proteger a quienes tenían menos. No dejó herencias materiales, dice ella, pero sí la lealtad, la perseverancia y una forma de mirar el mundo donde la dignidad es primero. Él siempre decía: “Hay que ayudar a las personas vulnerables, hay que defenderlas”. Esa ética de cuidado era su manera de hacer política.

Como hija mayor de cuatro, Emi siente que carga un poco de su carácter: la fuerza con la que hablaba, la valentía con la que organizaba a la gente, la claridad con la que señalaba las injusticias. Y aunque reconoce que el asesinato de su padre intentó silenciar a toda la familia —un golpe que los empujó a esconderse, a bajar el perfil— también afirma que ha llegado el momento de levantarse de nuevo: “Tenemos que hacerlo con más fuerza. Ya no está mi papá, pero sentimos su valentía acompañándonos”.
Entre todos los recuerdos, hay uno que a ella le pesa y le ilumina al mismo tiempo: el pozo comunitario. Don Noé hablaba de ese pozo como quien habla de un nieto que aún no nace. Decía que tal vez él ya no estaría para verlo terminado, pero que ese pozo sería para los hijos de sus hijos, y para los hijos de los vecinos, y para las niñas y niños que todavía no aprendían a caminar por los caminos polvorientos de la comunidad.
“Tenemos que hacerlo con más fuerza. Ya no está mi papá, pero sentimos su valentía acompañándonos”.
Hoy, ese pozo funciona dos veces por semana, algo inédito en la historia reciente de El Caulote. Y en cada balde que desciende, en cada chillido de la roldana, en cada niño que mete los pies en el agua fría, hay un pedazo de su legado. No solo el legado del agua que brota, sino el del hombre que entendió, antes que muchos, que defenderla es defender la vida misma.
La gente de las montañas también defendió la democracia
En octubre de 2023, la crisis política en Guatemala estalló en un Paro Nacional que se extendió por semanas, con autoridades indígenas, comunidades, estudiantes y otros sectores movilizados para defender los resultados electorales y exigir el fin de la corrupción.
Desde las montañas Xinka, la respuesta no fue menor. La población instaló puntos de resistencia en carreteras y plazas. Uno de esos puntos fue precisamente el de El Caulote, donde Noé jugó un papel clave. Reconstrucciones periodísticas señalan que estuvo al frente del punto durante doce días y luego se unió al plantón de El Boquerón, en Cuilapa, Santa Rosa, articulando la defensa de la democracia desde el oriente del país.
Las comunidades Xinka demostraron, una vez más, que su lucha no es solo “local” ni solo “ambiental”: es también una lucha política por decidir qué país quieren y quiénes lo gobiernan.
Don Noé, a sus casi 70 años, no se quedó en casa. Estuvo de pie, de día y de noche, organizando turnos, animando a la gente, conversando con conductores, explicando por qué el voto de las montañas también cuenta.
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El día del ataque: “Ese día nunca lo había visto tan contento”
El 28 de octubre de 2023 amaneció como un día cualquiera en la casa de Noé. Su esposa lo recuerda con una precisión que duele:
“Ese día me dijo que iba a ir a hacer un trabajito. Desayunó bien. Yo nunca lo había visto tan contento. Me dijo: ‘Qué rico el desayuno, voy a venir a almorzar’. Hasta me dijo que yo hiciera el almuerzo. Le dije: está bueno, te voy a esperar. Solo le pedí que no se viniera muy tarde, porque a veces llegaba a la una, porque tenía amistades y se quedaba platicando”.
Ella siguió con su rutina: preparar la comida, echar tortillas, cuidar la casa. Afuera, en el camino, la violencia ya había salido a buscarlo.
Según organizaciones de derechos humanos y notas de prensa, ese día, en el caserío El Caulote, Noé Gómez Barrera fue atacado con arma de fuego cuando regresaba a casa, después de una jornada de trabajo comunitario.
Tenía 69 años de edad. Era conocido y querido en la región, miembro de las autoridades ancestrales del Parlamento Xinka de Guatemala y defensor del territorio desde al menos 2002.
En la casa, las horas empezaron a pesar.
“Llegaron las doce, no llegaba –cuenta ella–. Me comencé a preocupar: ¿qué pasaría, por qué? Y que si llegó una vecina. Ella me abrazó y me dijo: ‘Sea fuerte’. ‘¿Y qué pasó?’, le dije ‘Fíjese que a Don Noé lo balearon’”.
El relato se quiebra ahí, pero continúa:
“Yo sentí una cosa en mi corazón y ya no me pude parar. Estaba terminando de echar tortillas, esperándolo a él. Pensé: sí lo balearon, lo llevamos a un sanatorio, porque ahí es más seguro que en un hospital… Empecé a llamar por teléfono a mis hijos, nadie contestaba, yo estaba nerviosa. Llamé a una amiga: ‘Fíjese que a Don Noé lo balearon’. Llegó mi nieta, que es de la Universidad. Y decía: ‘Mi papá está muerto. Él está muerto’”.
Los rescatistas que llegaron al lugar confirmaron que tenía varias heridas de bala; intentaron estabilizarlo, pero murió poco después.
Para su esposa, ese momento sigue siendo un abismo:
“Para mí fue duro. No me he podido recuperar. Ya son dos años y siento como que fue ayer, el dolor ahí está. Vivimos 48 años juntos, tuvimos hijos, nietos, hasta dos bisnietos ya. Es el trago más amargo que uno toma en esta vida”.

Noé Gómez fue asesinado el 28 de octubre de 2023. Foto Cortesía familia
“Lo bajaron por la espalda”: miedo, silencio y necesidad de seguir
Para Emi, su hija, la forma en que lo mataron dice mucho:
“Mi papá era un hombre con mucha fuerza, con mucha fortaleza. De no haber sido que lo bajaron por la espalda, no creo que de frente lo hubieran podido asesinar”.
La frase se queda flotando en el aire, junto con otra que repite a menudo:
“Con el asesinato de mi papá quisieron callarnos a todos. Y de alguna forma lo han logrado, porque nos hemos mantenido muy de bajo perfil. Pero creo que tenemos que levantarnos con más fuerza. Ya no tenemos a mi papá, pero él nos sigue dando fuerza y valentía”.
Desde las primeras horas del crimen, organizaciones Xinka y de derechos humanos denunciaron el asesinato como un ataque político, vinculado a su papel en la defensa del territorio y en el Paro Nacional. Exigieron al Ministerio Público una investigación seria y la captura de los responsables.
Sin embargo, hasta hoy, no hay indicios públicos de que el caso tenga responsables identificados y juzgados. El asesinato de Noé se suma así a la larga lista de crímenes contra defensores y defensoras en Guatemala que permanecen en la impunidad.
Esa impunidad no es solo un dato jurídico; es una herida que se renueva cada vez que la esposa mira la silla vacía en la mesa, que su hermano participa en un proyecto comunitario y siente que “falta Don Noé”, que sus compañeros de lucha se reúnen sin su voz encendiendo el ánimo.
Un caso que confirma una tendencia peligrosa
Lo que ocurrió con Don Noé no es un hecho aislado. Informes internacionales han señalado que Guatemala está entre los países más peligrosos para quienes defienden tierra y ambiente. En 2024, por ejemplo, un reporte global contabilizó al menos 146 líderes sociales y ambientales asesinados o desaparecidos en el mundo; 120 eran latinoamericanos, y Guatemala figuraba entre los países con más ataques y con la tasa más alta per cápita, especialmente contra pueblos indígenas, mujeres y campesinos vinculados a conflictos de tierra y extractivismo.
Detrás de cada cifra hay historias como la de Noé: líderes comunitarios que se oponen a proyectos mineros, hidroeléctricos, monocultivos, basureros o megaproyectos que ponen en riesgo el agua y la vida. Y, casi siempre, detrás de cada asesinato hay un patrón que se repite: amenazas previas, campañas de difamación, denuncias de criminalización, y luego silencio e impunidad.

La recién presentada Política Pública para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos podría ser una herramienta para revertir esa tendencia. Pero su eficacia se medirá no en la cantidad de páginas ni en la solemnidad de los actos oficiales, sino en algo mucho más concreto: si logra que casos como el de Noé no se repitan, y si garantiza que los crímenes cometidos no queden en la impunidad.
Mientras haya quien lo nombre
Cuando termina el acto, la gente empieza a dispersarse. Se escuchan motores que se encienden, niños que vuelven a correr, mujeres que hablan de la comida que hay que preparar, hombres que comentan la próxima reunión.

La placa se queda ahí, quieta, pero el nombre que lleva no se detiene. Va en las conversaciones que siguen, en los recuerdos que se comparten en voz baja, en las decisiones que toman las comunidades cuando vuelven a reunirse para defender el agua, el bosque, la democracia.
Mientras no haya justicia para su asesinato, la historia de Don Noé Gómez Barrera seguirá incompleta. Pero mientras haya quien la cuente –con la profundidad de su vida, de su lucha, de su legado y de la violencia que lo arrancó de su casa–, su voz seguirá hablando en las montañas Xinka.



