Literatura y resistencia

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Créditos: Prensa Comunitaria
Tiempo de lectura: 5 minutos

Por Dante Liano

Cuando se habla de literatura y resistencia, no puedo menos que recordar una anécdota de Tito Monterroso. Como todos saben, el escritor guatemalteco fue un decidido opositor de Jorge Ubico, dictador del país de 1930 a 1944, cuando la población se rebeló contra su régimen. Al preguntarle cuál había sido su participación en las luchas populares contra el sátrapa, Tito contaba: “Bueno, pues fue una acción decisiva. Resulta que yo había ido a recoger una pintura, a casa de un amigo. Iba, entonces, por las calles de la ciudad, con el tubo de cartón en donde estaba enrollado el lienzo, cuando me topé con una de las manifestaciones que la población organizaba contra el tirano. Mientras la gente coreaba consignas, surgió un admirador del déspota, que comenzó a gritar: “¡Viva Ubico, viva Ubico!”, mientras los demás lo miraban estupefactos, como se ve una cucaracha que surge de repente en la cocina. Eso me indignó, por lo que descargué un tubazo en la cabeza del desaforado. Esa fue mi mayor contribución a la revolución de 1944”. Por supuesto, uno puede sospechar que Tito se inventó la gracejada, solo para disminuir su participación en esa revuelta. De hecho, quizá no haya ocurrido nunca el episodio del tubazo, pero sí, en cambio, la actividad intelectual de apoyo a los insurrectos. Algunos años después, Monterroso publicaría un cuento extraordinario, Míster Taylor, una alegoría irónica sobre el imperialismo y sus lacayos internos. Su acción fue la escritura; su resistencia, una resistencia intelectual. 

Muchos años después, Oreste Macrí reflexionaba sobre los poetas durante el fascismo. Bajo una dictadura, decía, incluso la feroz dictadura del fascismo, el intelectual no puede quedarse en silencio. Si se le abre un espacio, debe ocuparlo. De ese modo, los poetas de su generación se expresaban en modo hermético, que era la única forma de pasar desapercibidos dentro de la censura. Y de esa forma nace el hermetismo italiano, cuyas figuras más importantes son Montale, Luzi, el mismo Macrì. Ocupar los espacios, insinuarse en las rendijas dejadas abiertas por los censores, hablar sin estridencias, en un código que de todas maneras el lector avisado puede descifrar. Quizá ese sea el destino de tantos poetas y escritores latinoamericanos, a quienes ha tocado en suerte vivir bajo férreas satrapías. “Lo que me interesa”, decía García Márquez, “no son los héroes que salen a la calle a arriesgar sus vidas. Me interesan los que sudan frío, atenazados por el miedo”. Quizá la lucha por la libertad está incluida en el destino de un poeta de la región. Como el doctor Francisco Laprida, puede exclamar: “al fin me encuentro/ con mi destino sudamericano”. Por eso, muchas veces los escritores latinoamericanos reflexionan sobre la ética que subyace a la expresión estética. Miguel Ángel Asturias proclamó, alguna vez, una frase que sonaba algo así como “la poesía es una conducta moral”. Ello provocó un intenso debate con Otto René Castillo y Roque Dalton, que reclamaban al Premio Nobel haber aceptado el puesto de Embajador en París, nombrado por un régimen sangriento. Ignoraban ambos poetas que Asturias haría de la Embajada un puerto de salvación para opositores y perseguidos, pero esa es otra historia. 

En los años 70 del siglo XX, después de la explosión del Boom de la literatura latinoamericana, el colombiano Óscar Collazos inauguró una fuerte discusión con Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, siempre en relación con el compromiso moral del escritor. A los reclamos de Collazos, Cortázar respondió que más que una literatura en la revolución o para la revolución, importa una revolución en la literatura. En otras palabras, que el ejercicio mismo de la literatura, cuyo carácter es eminentemente estético, implica una cierta ética. De alguna forma, las posiciones de Asturias y Cortázar se concilian. ¿Qué habrá querido decir Miguel Ángel Asturias cuando enunciaba que “la poesía es una conducta moral”? Más que una frase de efecto, el enunciado expresa una cuestión que es, simultáneamente, simple y compleja. Simple, porque pareciera de fácil comprensión y de antigua estirpe. En efecto, imaginar a un poeta como una suerte de sacerdote pertenece a una añeja tradición, no solo occidental. Cuando pensamos en Homero, imaginamos a un aeda ciego, que, precisamente por ser ciego, ve más allá que los comunes mortales. O Dante Alighieri, no por nada llamado “padre Dante” por los italianos. O Shakespeare, llamado “el bardo”. O la reverencia con que en ámbito español se evoca a Cervantes. Por no hablar de Darío, a quien con frecuencia se atribuye el epíteto de “divino”. El poeta como portador de una verdad superior, que implica, también, una moral superior. La frase es compleja, porque plantea la igualdad entre ética y estética, entre verdad y belleza, como si la belleza, por el solo hecho de existir, comportara la verdad.

Vivimos una época en la que la idea de verdad está puesta en entredicho. Al final del siglo XX, se impuso la corriente filosófica del “pensamiento débil”, derivada de la filosofía heideggeriana. El filósofo alemán, en robustos volúmenes de lenguaje laberíntico, expresaba una secular y profunda duda sobre la capacidad de nuestros sentidos para conocer la realidad. Los estudios recientes de la neurociencia parecen darle la razón, al menos en una cuestión. Esto es, la existencia inobjetable de una realidad externa al ser humano. Al mismo tiempo, la constatación que los instrumentos que poseemos, en primer lugar los sentidos, no son capaces de capturar la realidad y que el cerebro humano tampoco. Para dar un ejemplo, los estudios de mercadotecnia han demostrado, al utilizar instrumentos neurocientíficos, que las decisiones tomadas para la compra de un producto no son fruto del libre albedrío, sino de una serie rapidísima de conexiones neuronales sobre las cuales tenemos muy poco control. Creemos decidir, cuando en realidad, la decisión ya está tomada a nivel químico y físico. No obstante todo, a pesar de ese escepticismo radical, Heidegger deja abierta una puerta al conocimiento. En un célebre artículo sobre la poesía de Hölderlin, el filósofo alemán declara que el único instrumento que poseemos para conocer la realidad es la poesía, una especie de regalo de los dioses a los seres humanos, para tocar con la punta de los dedos los atisbos de realidad. De todas formas, si leemos los periódicos, vemos los noticieron en TV, escuchamos los debates parlamentarios y, en fin, si recibimos noticias por las redes sociales, podríamos estar de acuerdo con Campoamor: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo depende del color, del cristal con que se mira”. Ese tránsito permanente por la ficción, característico de nuestros días, nos hace regresar a nuestras reflexiones centrales: el conflicto o la complementariedad entre verdad y belleza, entre ética y estética. Los escritores de ficciones artísticas, al buscar la construcción de mundos alternativos al que conocemos, responden a una antigua necesidad estética: la necesidad del arte, en este caso, del arte de contar buenas y bellas historias. Desde niños, nos embelesan las fantasías deliberadamente mentirosas de los autores de cuentos y novelas. Buscamos la belleza casi instintivamente. Al mismo tiempo, esa belleza no es inocente, sino que está cargada de significaciones: las fábulas populares nos dicen que el mundo es duro, que se necesita armarse de instrumentos para superar las adversidades. También lo hace la literatura, con lo mejor que tiene: la construcción de historias cargadas de belleza. Esa belleza que nos convence y arrebata es ya una verdad, es ya una ética. Porque la primera ética de un narrador es la estética de su relato. Si el relato no funciona, no funciona tampoco la verdad que contiene. Dicho de otro modo: la resistencia a la opresión, a la desigualdad, a la injusticia del mundo, que es una actitud ética, pasa por la elaboración estética de un relato, y, en ese momento, de modo mágico, verdad y belleza se juntan y son un potente signo de cambio hacia un mundo mejor

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