Por Dante Liano
Cuando se lee sobre la relación entre Borges y la Divina Comedia, de Dante Alighieri, la mayor sorpresa se encuentra en una declaración del autor argentino: con gran honestidad, confiesa que no sabe el italiano. Es verdad que Cervantes proclamaba que “bastan dos ochavos de lengua toscana” para comprender ese idioma; pero entender la Comedia, aun sabiendo el italiano, requiere mucho empeño y conocimiento del idioma que se hablaba en Florencia a principios del año mil trescientos. ¿Cómo hizo Borges para leer la Comedia en su versión original sin saber el italiano? El misterio se resuelve cuando nos enteramos cómo leyó por primera vez esa obra maestra de la literatura universal. Resulta que, hacia los años treinta, Borges se vio en la necesidad de buscarse un trabajo. Su infancia y juventud no habían sido los de un porteño cualquiera. De hecho, no frecuentó la escuela. Sus padres anticiparon lo que ahora está de moda: el home schooling. Esto es, en lugar de ir a los centros educativos, recibir la instrucción en casa, preferentemente de parte de padre y madre. Los Borges eran una familia de intelectuales acomodados que practicaban la lengua inglesa, a tal punto, que ese idioma prevalecía sobre el castellano, de modo que Borges era llamado, en el hogar, “Georgie”. Su formación principal se basó en el inglés. Con su gusto por las ocurrencias, Borges refería que su primera lectura del Quijote había sido en la versión inglesa, y que, cuando leyó el original español, quedó ligeramente decepcionado. Su infancia transcurrió entre los libros. Mientras los otros chicos se raspaban las rodillas, jugaban al fútbol, hacían barquitos de papel o corrían en el campo, el niño Borges leía La Ilíada y la Odisea. En inglés, naturalmente. Me corrijo: una vez estuvo en la escuela, hacia el final de la juventud, cuando la familia emigró a Ginebra, en Suiza. Por el resto, casa y biblioteca.
La crisis económica de los años treinta del siglo XX golpeó a la familia Borges, y el joven Jorge Luis, que tenía la edad del siglo, buscó empleo en la nativa Buenos Aires. Lo encontró como bibliotecario, en el barrio de Almagro, que distaba buenos kilómetros de su casa natal. Para ir al trabajo, debía tomar un lento tranvía, que le regalaba casi una hora aplicada por Georgie a la lectura. Su primer día en la biblioteca merece ser recordado. Llegó y le asignaron la catalogación de libros, con esas fichas de caligrafía densa y volátil que se usaba en la época. Al final del día, presentó al Director el resultado de su fatiga. El Director meneó la cabeza, en signo de desaprobación. “No está bien, jovencito”, le dijo. Borges quedó desconcertado. “¿En qué me equivoqué?”. “En que ha hecho, en un día, el trabajo que todos nosotros realizamos en un mes”, le respondió el Director. “Cálmese, tómese su tiempo, vaya despacio porque si no, nos hace quedar mal a los demás”. Al entendido por señas, del día siguiente, en adelante, el joven trabajó lo mínimo indispensable y dedicó el resto del día a escribir sus primeros relatos. Debemos a esa lentitud burocrática la primera de las obras maestras escritas por Jorge Luis Borges.
Debía tomar el tranvía, decíamos. Y también decíamos que pasaba el tiempo del viaje embebido en lecturas. (Hace recordar a García Márquez, que gastaba sus domingos en Bogotá subido en un tranvía, ida y vuelta, ida y vuelta, todo el día, mientras leía el rimero de libros con que había subido al medio de transporte). Una de esas veces, Borges entró en una pequeña librería y se encontró un libro en tres volúmenes de bolsillo: la Divina Comedia, en el original italiano y con traducción al inglés en la página opuesta. Dos cuestiones la anécdota revela: que, a los treinta años Borges no había leído esa obra maestra, y que, cuando la leyó, no fue en español. Sea como fuere, el autor argentino revela que, para leer en modo satisfactorio la Comedia, primero descifraba un terceto en inglés y luego iba al original para entenderlo. En la traducción de Longfellow, habrá leído: Midway upon the journey of our life /I found myself within a forest dark,/ For the straightforward pathway had been lost. Que refleja el original: Nel mezzo del cammin di nostra vita/ Mi ritrovai per una selva oscura/ Ché la diritta via era smarrita (En medio del camino de la vida/errante me encontré por selva oscura/ en que la recta vía era perdida –Traducción de Bartolomé Mitre). Así, por mucho tiempo, la lectura iba del inglés al italiano con el resultado de que, poco a poco, la obra reveló su belleza y su enigma al joven lector. Refiere Borges que la fascinación del texto consistía en las innumerables anécdotas que lo pueblan, pero, sobre todo, la música de los versos. En efecto, Dante Alighieri no solo crea un mundo habitado por personajes intensos que se revelan en breves y crueles historias; lo hace elevando la lengua toscana a lengua literaria altísima, con una musicalidad llena de poesía y color. Hay versos que se imprimen en la memoria por la eficacia de la música que los transporta. La potente aliteración del beso entre Paolo y Francesca, en el Canto V del Infierno: “la boca me besó temblando todo” y el intraducible calambur: “Amor, ch’a nullo amato amar perdona/ mi prese del costui piacer sì forte,/ che, come vedi, ancor non m’abbandona”. (Amor, que a nadie amado, amar perdona / me ató a sus brazos con placer tan fuerte/ que, como ves, ni aun muerta me abandona –Mitre) o la tragedia del Conte Ugolino condensada en una frase eficaz, enigmática y sobrecogedora: “Più che l’amor potè il digiuno” (Más que el amor pudo el ayuno)”. Emparedado con sus hijos, a piedra y lodo, en la torre de la Muda, no se sabe (y Dante no resuelve el misterio) si murió de hambre o se dejó ganar por el canibalismo.
Borges va a rendir homenaje a Dante Alighieri en su conocido relato El Aleph. “Aleph” es la primera letra del alfabeto hebraico, pero la cábala atribuye a esa letra el nombre de un mito: la existencia de un punto, en el universo, que contiene todo el universo, todos los lugares habidos y por haber, todos los tiempos existentes y por existir. Quien contempla el Aleph obtiene la omnisciencia de Dios. Todo lo ve, todo lo sabe. El cuento nos presenta a su protagonista, Carlos Argentino Daneri, nombre burlón que implica la sátira. Está bien que se llame Carlos, pero “Argentino” no es nombre, sino la indicación de que ese personaje encierra las peores características de los paisanos de Borges. El apellido Daneri se mofa de los orígenes italianos de la población argentina y también es una condensación, ni siquiera disimulada, del nombre “Dante Alighieri”. Ese Carlos Argentino Daneri está enamorado, naturalmente, de una tal Beatriz Viterbo, dama desdeñosa (y no podía ser de otro modo, visto que estamos aludiendo a la Divina Comedia, pero también aludimos a las desafortunadas historias amorosas del mismo Borges). Carlos Argentino Daneri podría ser un oscuro poeta que ganó el Premio Municipal de poesía al que aspiraba Borges, pero podría ser también Pablo Neruda, cuya aspiración de cantar a toda América coincide con el deseo de Daneri de escribir un poema universal. Más concreta es la identificación de la persona que Beatriz Viterbo encarna. Parece ser una sátira de Estela Canto, ex novia tumultuosa de Borges. De las tantas mujeres de las que Borges se enamoraba sin obtener correspondencia, Estela Canto fue una de las más importantes. Y de las más borrascosas. Estela era lo más opuesto a Borges: exuberante, temperamental, fogosa y, por si hiciera falta, comunista. Esa novia imposible dejó pronto al talentoso novio y, no contenta, escribió unas memorias demoledoras y desaconsejables: Borges a contraluz, en donde recoge demasiados chismes como para ser leídos. Resulta obvio decirlo: El Aleph es mucho más que un homenaje a la Comedia, pero comienza como eso y testimonia la profunda relación entre el poeta florentino y el gran escritor argentino.



