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Créditos: Prensa Comunitaria
Tiempo de lectura: 5 minutos

Por Dante Liano 

De la música latinoamericana, prefiero, sin redención, a los boleros. Dejo a otros el tango, ese desgarrado canto que arrastra penas, desconsuelos y nostalgias y que no puede existir sin el bandoneón. De exagerado sentimiento o melancolía agridulce, el tango está atado a Carlitos Gardel como Adán y Eva a la creación del mundo. Carlitos y su incapacidad de pronunciar la “n”: “Acaricia mi ersueño, el claro murmullo, de tu suspirar”. Dos Carlitos hay en la vida, y ambos parecen personajes de ficción: Carlitos Marx y Carlitos Gardel. También dejo a otros el corrido mexicano, heredero infalible del romancero español. En el corrido está todo México y su ser, contemporáneamente, acendrado azteca y profundo hispánico. Hay sueños y colores y balazos en el corrido: “Si Adelita se fuera con otro/ la seguiría por tierra y por mar / Si por mar, en un buque de guerra/ Si por tierra en un tren militar”. De igual modo, dejo a los amigos caribeños el merengue, que tiene mucho de risueño y algo de frenético, aunque cante la laxitud y el desgano del amor sensual. O el danzón, la salsa, el reggeatón, el mambo (que Pérez Prado llevó a la gloria).

Me quedo con el bolero, porque pertenece más al acompasado ritmo del altiplano, a sus brumosas cantinas, a la eterna saudade de árboles altos velados por la neblina. Los amigos, en la juventud, me enseñaron ese ritmo llevado por los dedos sobre una tabla cualquiera, sin más instrumentos que una guitarra apenas aprendida y una gran gana de estar tristes. ¿Era bolero aquel de Agustín Lara que dice:

A Agustín Lara lo llamaban “el músico poeta”. Desilusión: poeta no era, sino engarzador de metáforas. En “Concha Nácar”, si dejamos el evidente doble sentido sexual, que, visto el origen cabaretero del músico no se puede excluir, Lara construye una imagen visual extraordinaria. Comencemos el objeto cantado: la concha nácar. Es un molusco que no tiene desperdicio, porque la concha misma es ya materia prima para objetos de lujo: muchos ornamentos hay de nácar, y en el siglo XIX era ambicionado por los rastacueros para ostentar bienestar económico. Puede verse, en los museos, arcones, escritorios, joyeros y pastilleros elaborados con nácar. Pero es solo la superficie: dentro se esconde el tesoro: la valiosa perla que hizo enloquecer de trabajo a miles de esclavos en las costas de Colombia y Venezuela. En el bolero de Agustín Lara, en cambio, se da la trasmutación imaginaria: la concha es el espejo y en ese espejo se reflejan las sirenas. Las lágrimas de los seres mitológicos devienen perlas y, literariamente, “brotan del mar”. Era muy bueno, para las metáforas, el músico mexicano. Recuérdese el “Acuérdate de Acapulco / María bonita, María del alma/. Tu cuerpo, del mar juguete / nave al garete…” Obviamente, los enamorados están en el mar, y ella se deja mecer deliciosamente por las olas. Lara describe a ese cuerpo (María Félix lo tenía y cuánto) juguete de las olas (y esta es metáfora natural del lenguaje, que usamos sin darnos cuenta) para añadir la metáfora de su caletre: “nave al garete”. Está bien esa imaginación, no es gran cosa, pero nada mal imaginar a María Félix como una nave abandonada a su destino. Lástima que arruine después la imagen con “venían las olas, lo columpiaban”, que suena malísimo, pero eso ya es otra cosa.

Una divagación sobre el bolero no podría existir sin la canción más afortunada de la música en lengua española: “Bésame mucho”, compuesta por la mexicana Consuelito Velázquez, en 1932. Fue una sorpresa ver, en “Let it be”, la película de los Beatles, a Paul McCartney mientras interpretaba nuestro famoso bolero. En realidad, lo maltrató un poco. Parece que la canción formaba parte del repertorio del cuarteto inglés desde que hacían las primeras presentaciones. ¿Qué magia tiene esa composición para ser la más traducida y reproducida en todo el mundo? Quién sabe. Consuelito Velázquez nunca negó haberse inspirado en “Quejas. La maja y el ruiseñor” de Enrique Granados. En efecto, algunas notas de la melodía pasan directamente al bolero. Lo demás es historia. La compositora tenía 18 años cuando presentó su canción. Vivió el resto de la vida de regalías. (Sueño maravilloso: componer una canción inmortal y vivir de rentas). Lo singular del caso es que la autora confesó que, para el México de la época, estaba muy mal visto que una señorita tan joven se besara con un hombre, por lo que ella compuso “Bésame mucho” sin haber besado a nadie. ¡Gran poder de la imaginación!. Por lo demás, la letra es banal, como ya sabemos, pero esa banalidad nos subyuga. Prueba de la banalidad imaginativa es el otro éxito de Consuelito: “Cachito”, cuyo texto es mejor olvidar.

El bolero es una novela en tres minutos. Supremo ejemplo de narración melodramática es “Nosotros”, cuyo íncipit lo conoce medio mundo: “Nosotros / que nos quisimos tanto / que del amor hicimos / un sol maravilloso /debemos separarnos /¡no me preguntes más!” Como “Bésame mucho”, es la historia de una separación amorosa. Uno puede ver a Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en el célebre final de Casablanca. Lo que pocos saben es la causa de la separación. Al cantar “Nosotros”, uno se imagina algún impedimento clásico: del tipo, estoy casada, estás casada y variaciones al infinito: me tengo que casar con otra, con otro. Nada de eso. El compositor del bolero, el cubano Pedro Junco, descubrió que había contraído la prestigiosa y romántica enfermedad de la tuberculosis. Tenía que internarse en un sanatorio y conocía su destino: por eso comienza diciendo “Atiéndeme/ quiero decirte algo / que quizás no esperes / doloroso tal vez”. De allí en adelante, hay que sacar el pañuelo para enjugar copiosas lágrimas. Escucho la versión de Omara Portuondo, y hago una pausa en la escritura.

Cerremos estas doctas consideraciones con la convocación de un bolero que, al mismo tiempo, es un icono de los amores prohibidos, en cualquier sentido que uno quiera dar a la palabra. Se trata de “Tú me acostumbraste”. Quien mejor la cantaba era una vocalista hoy casi olvidada: Olga Guillot. Era cubana, de cara gordita y de voz aterciopelada y pastosa, que se deslizaba sobre las notas como un gato en un diván de gamuza. También la cantaba Chavela Vargas, pero solo que la cantara esa misteriosa costarricense la convertía en otra cosa. La letra, como siempre en un bolero, es una historia que podría ser una novela de 150 capítulos:

Es un bolero y una caja de enigmas. ¿Qué son “todas esas cosas” que le enseñaron? Cosas, evidentemente. ¿Y qué decir de “Yo no concebía / cómo se quería / en un mundo raro”. ¡En tu mundo raro! Es la anticipación de todo el queer y el weird que ahora descubren algunos. A lo mejor, el mundo raro era el de la vida nocturna de La Habana de los años 50, tan bien descrita en Tres tristes tigres, del malhumorado Cabrera Infante. Genial ese : “Sutil… llegaste a mi”. No está mal como descripción de un acercamiento seductor, perverso, oblicuo. Tal es el bolero latinoamericano, narrador de mundos, sentimientos y obsesiones.

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