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Créditos: Prensa Comunitaria
Tiempo de lectura: 3 minutos

Por Bárbara I. Escobar-Anleu

En las últimas semanas, entre temperaturas récord, miles de hectáreas de bosques quemadas por incendios -en su mayoría, presuntamente provocados-, intentos de translocar (práctica en la que se captura y traslada a un animal hacia otra área) individuos silvestres de su propio hábitat, la municipalidad avalando y siendo la principal responsable de la tala indiscriminada de los pocos bosques y árboles en distintos sectores de la ciudad, animales silvestres víctimas de tráfico en la cárcel “El Infiernito”, es más que evidente que enfrentamos una crisis ambiental y climática que sólo está empeorando.

Los incendios cobraron muchísimas vidas, humanas incluidas; el incidente del cocodrilo en El Remate tiene una explicación muy simple: los animales silvestres cada vez tienen más reducido su hábitat y esto hace que los encuentros con personas sean más frecuentes. Llevamos semanas sufriendo por las altas temperaturas e, irónicamente, vemos cómo la Municipalidad de Guatemala (por dar uno de muchos ejemplos) es cómplice de esto al acabar con las pocas áreas verdes que quedan dentro de la ciudad y, junto con ellas, acaban con muchas especies más e impactan enormemente la calidad de vida de las personas. En el tema de los animales silvestres en El Infiernito (entre ellos mapaches, zorros grises, aves rapaces y caimanes) esto evidencia, además de una falta total de gobernanza de gobiernos anteriores, la gravedad de que un crimen como el tráfico de vida silvestre esté tan normalizado. Esto último es sumamente preocupante porque existe evidencia alrededor del mundo de cómo este crimen suele estar vinculado con otros como el tráfico de drogas e incluso de personas. Es importante resaltar que existen consideraciones éticas para la liberación de individuos de fauna silvestre que han sido víctimas de tráfico como el que animales que han estado en cautiverio, por tiempo y en condiciones desconocidas –como los de El Infiernito-, difícilmente lograrán sobrevivir en vida silvestre y es por ello que no suelen ser candidatos para liberarse.

Estar viviendo esta época de constante catástrofe ambiental y climática es desesperanzador y frustrante, sobre todo para quienes hemos decidido dedicarnos a (intentar) proteger la vida y el ambiente. Necesitamos reconocer lo que ya se viene diciendo desde hace tiempo: el modelo económico actual es insostenible, no podemos continuar priorizando el dinero el productivismo por encima de la vida. Es evidente que nos está pasando factura. Es indispensable que prestemos más atención a estos temas ya que, así como me gusta resaltar: la conservación no sólo se trata de un tema de otras especies, la conservación siempre ha sido –y ahora más que nunca- es una cuestión de supervivencia de nuestra propia especie.

Aunque no me siento tan optimista como para decir que aún estamos a tiempo de “arreglar” las cosas, sí sé que nuestra única opción ante esta crisis es seguir resistiendo pero desde la colectividad, apostándole a cambios estructurales. Aquí se me hace oportuno mencionar un punto clave dentro del concepto de justicia climática: el reconocimiento de la responsabilidad histórica desigual. Para sobrevivir a estas crisis, es necesario abordar la desigualdad estructural que abarca aspectos como la raza, etnia, género y situación económica. Es crucial reconocer que los países más responsables de la crisis ambiental suelen ser los menos vulnerables a los impactos del cambio climático, mientras que aquellos que menos contribuyen a la crisis son quienes más sufren sus efectos, lo que refleja una desigualdad socioeconómica alarmante. Además, la desigualdad intergeneracional es evidente: las generaciones que menos han contribuido a la crisis climática están siendo las más afectadas en la actualidad. Apuntémosle a esto, organicémonos y sigamos resistiendo desde lo colectivo porque ya vamos tarde, ¡justicia climática ya!

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