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La mañana del 11 de agosto de 1991 la compañera Diana interceptó un mensaje del ejército y de inmediato lo empezó a descodificar. Un sentimiento de profunda tristeza empezó a recorrer su ser y sus ojos se llenaron de lágrimas, que pronto brotaron sin poderlas contener. Aún no terminaba de descifrar el texto y sentía que el corazón se le salía del pecho. Intuía que algo malo había ocurrido. El mensaje del enemigo daba cuenta que una de sus patrullas, que realizaba operaciones de rastreo el día anterior en el río San Román, municipio de Sayaxché, sorprendió a dos guerrilleros que se transportaban en una lancha, uno de los cuales había sido aniquilado.

Diana sabía que en esa zona operaba su papá y que parte de sus actividades logísticas requerían que se movilizara en lancha. Cuando se acercó al comandante Gary para entregarle el mensaje, lloraba desconsolada. El oficial guerrillero trató de calmarla, le dijo que esperaran, que aún no tenían nombres. Pero ella aseguraba que el compañero caído era el sargento Rufino, su corazón de hija se lo decía. Poco tiempo después el comandante confirmó la noticia.

Las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) tuvieron en Petén varias rutas logísticas con el fin de llevar armamento, municiones, equipos y alimentos a los frentes guerrilleros, además de trasladar combatientes a las áreas de combate o sacarlos heridos para su curación. El sargento Rufino fue el jefe de una de esas rutas, que abastecía a las unidades que operaban en la zona baja del departamento, principalmente del frente “Mardoqueo Guardado”.

Rufino fue un militante revolucionario que se incorporó desde muy joven a las FAR. Sus actividades clandestinas en la cooperativa La Técnica las compartía con las rutinarias, como sastre, campesino, pero principalmente como lanchero. Ésta le fue de enorme ayuda cuando el ejército llegó a la comunidad en 1982 a masacrar a la población y pudo evacuar a muchas personas hacia México.

El sargento Rufino no fue un oficial de combate aunque contaba con todas las capacidades para serlo. Sus cualidades operativas, el conocimiento del terreno, su relación con los compañeros y compañeras y su capacidad como lanchero lo convirtieron en pieza indispensable en la retaguardia. Salvó a muchas personas con su lancha y, como el gran capitán de un barco, fue ahí donde dejó su vida.

El compañero Audelio García, el “sargento Rufino” es de los compañeros que no se olvidan, que vive en el corazón de sus cuatro hijas, de sus nietos y nietas. Su ejemplo y su entrega debe ser emulado por quienes lo conocimos y apreciamos.

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