Juan José Hurtado Paz y PazLos días 30 de septiembre, 1 y 7 de octubre se realizaron presentaciones especiales de Ausencia, documental de Luis Argueta en la Biblioteca de Chancol, Chiantla, la cabecera departamental de Huehuetenango y la ciudad de Guatemala respectivamente. Como explica Luis, es la producción que más tiempo le ha llevado y la más corta en duración: 15 minutos. Pero no son los minutos los que cuentan, sino lo que nos transmite, las emociones y reflexiones que provoca.
El documental nos muestra los paisajes extraordinariamente bellos de los Cuchumatanes que encierran un drama profundo. Trata de una cara oculta de la migración: el vacío de quienes quedan. Como expresa Luis, narrador también del documental, son “las viudas y los huérfanos de quienes se van”.
Una particularidad de estas presentaciones fue el orden en que se realizaron: primero como una devolución a quienes tuvieron el valor y abrieron sus corazones para contar sus historias, luego en la cabecera del departamento y por último la ciudad capital. Sin demeritar el arte de Luis, como él dice: “yo solo cuento las historias que ustedes me cuentan”. Contribuye a que se escuchen las voces de quienes suelen quedar excluidos de los relatos públicos. Esto nos recuerda que nos debemos a las personas que son las verdaderas protagonistas, y que es indispensable partir desde los territorios; que hay que descentralizar y llegar a donde generalmente no se llega.
La ausencia no se limita al vacío dejan quienes migran. Es también la ausencia de un Estado racista y excluyente. La migración es fundamentalmente consecuencia del sistema que ha negado derechos, servicios y oportunidades a amplios sectores de la población, especialmente de los pueblos originarios.
Además, la ausencia forma parte de una continuidad histórica de violencia, racismo y despojo contra los pueblos. Basta recordar que se estima que unas 45,000 personas fueron desaparecidas durante la guerra interna.
Al respecto nos dice Sergio Valdés Pedroni (reproduzco completo su texto):
“La ausencia es causa de angustia; naufragio, abatimiento. Y no hay manera de sustituir a los ausentes. Nunca es un cuerpo a cambio de otro, un amor a cambio de otro, una forma de luchar a cambio de otra.
“El asesinato, el secuestro, la emigración económica, el exilio político, la ruptura amorosa, la simple huida moral… Todas las formas de la ausencia nos recuerdan la necesidad de sentirnos poblados por otros. Visitados, acompañados.
“Los desaparecidos, los asesinados. Los que se fueron y ya no están alrededor -los que no han llegado o nunca habrán de hacerlo- nos arrastran con ellos hacia la ausencia, una condición de angustia y desasosiego.
“Cuando alguien nos hace falta -o le hace falta a la sociedad-, nos hundimos en la tristeza y no pocas veces en la rabia. La vida se trastorna a nuestro alrededor y el presente se vuelve ambiguo, indeciso, como una presencia recordada que nos empuja hacia el vacío.
“La ausencia nos recuerda todo lo que significa la presencia. Lo que perdimos y lo que podríamos perder. Aquello sin lo cual ya nada ocurre y nada tiene sentido, es decir, nuestra propia existencia y nuestra manera de estar presentes, para nosotros y para los otros.”
Pero sufrir no niega soñar y actuar. Esa fuerza no se expresa solamente en sobrevivir. Está en quienes cuidan a las hijas e hijos que quedan, en quienes acompañan a las familias, en quienes escuchan y comparten el dolor, en quienes preservan la memoria y se organizan para cambiar las condiciones que producen tanto sufrimiento. También está en la capacidad de reír, celebrar y hacer comunidad, sin que eso signifique olvidar o restarle importancia a lo perdido.
Las presentaciones de Ausencia forman parte de ese esfuerzo. Llevar primero el documental a las comunidades cuyas historias lo hicieron posible, escuchar sus reacciones y abrir espacios de conversación es una manera de reconocer a las personas como protagonistas de sus propias historias. También nos recuerda que no basta con hablar de quienes se van; hay que mirar y acompañar a quienes se quedan.
El documental no puede llenar el vacío ni resolver las causas de la migración. Pero puede ayudarnos a mirar lo que tantas veces queda fuera del relato migratorio: las vidas que se alteran, las familias y comunidades que deben reorganizarse y las personas que encuentran fuerzas para seguir adelante. Y puede convocarnos a hacer algo frente a esa realidad.
El reconocimiento no puede limitarse a admirar la enorme capacidad de resistencia y resiliencia de las personas y los pueblos. Tiene que traducirse en presencia concreta: acompañar a las familias, sostener los vínculos comunitarios, cuidar la memoria de quienes faltan y defender el derecho a vivir dignamente en los propios territorios. Se trata también de transformar las condiciones que hacen de la migración una necesidad para tantas personas, en lugar de una decisión libre.
No podemos sustituir a quienes ya no están. Pero sí podemos evitar que quienes los extrañan enfrenten solos su ausencia. Podemos escuchar, acompañar, organizarnos y seguir construyendo, junto con las comunidades, otras posibilidades para la vida.
Como dice Sergio: todos necesitamos sentirnos poblados por otros, necesitamos afecto y ternura, acompañamiento. Esa es presencia que nos sostiene: los afectos, la solidaridad y la capacidad de actuar colectivamente. Frente a la ausencia, no estamos condenados a la impotencia: podemos hacernos presentes.



