El bar de las buenas intenciones

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Créditos: Prensa Conunitaria

Por Dante Liano

Una newsletter de Francesco Oggiano; un post en Instagram de Junot Díaz; y, finalmente, un artículo en el Boston Globe de Annalisa Quinn me han hecho conocer la singular historia del Last Ditch Bar, de Greenville, Massachusetts. Se trata de una pequeña historia: un bar muy chico en una ciudad de provincia con pocos habitantes. Y, sin embargo, ese relato tiene algo de simbólico, o quizá incluso de alegórico, que nos hace pensar sobre el mundo en que estamos viviendo, sus novedades y sus radicalizaciones. Y sobre las consecuencias de ello. También nos interroga sobre hasta qué punto lo que creemos una buena acción puede ser interpretado como un acto de maldad, y transformarnos de buenos samaritanos en verdugos y malhechores. Por último, sobre qué interesa, por mínimo que sea, y qué deja de interesar. En 1958, Mao Tse Tung inició una campaña para exterminar a los gorriones en los campos de la China, porque devoraban algunas plantas. La campaña tuvo éxito, pero su resultado fue desastroso: al no haber pájaros, se multiplicaron los insectos, y una plaga de langostas acabó con las cosechas. De allí, siguió una de las hambrunas más relevantes de la historia reciente de la China. El viejo proverbio, según el cual el camino del infierno está pavimentado de buenas intenciones, se cumplía también con la importación del sapo oriental por parte de los campesinos australianos, quienes usaron el batracio para combatir a los insectos. Solo que los sapos acabaron con los cultivos y se volvieron una plaga apocalíptica. Otro infierno provocado por la buena voluntad. Con frecuencia, nos creemos del lado del bien, y asumimos que cuanto hacemos responde a las más nobles intenciones. Ignoramos, o queremos ignorar, que podemos equivocarnos, y, con nuestra equivocación, hacer daño a los demás. Tal es el caso del Last Ditch Bar, en Greenville, Massachusetts, cuya historia conocemos gracias a la acuciosa investigación y a la espléndida narración de Annalisa Quinn. (“A Western Mass. lesbian bar required KN-95 masks. When it changed the rules, all hell broke loose”, The Boston Globe, 24.09.2026).

La ciudad de Greenville, Mass., a pesar de sus pequeñas dimensiones, está lejos de ser un lugar recoleto o provinciano. La mayor parte de sus bares cuenta con una clientela alternativa, en buena parte gay o lesbiana. Hace aproximadamente un año, tres amigas decidieron abrir un nuevo local, el “Last Ditch Bar”, dedicado, según sus palabras, “a lesbianas, transexuales, personas que desafían los estereotipos de género, trabajadores y sus amigos”. Los negocios no fueron florecientes, al punto que dos componentes del trío fundador se retiraron y el sitio quedó bajo la dirección del único sobreviviente, Matellian. A pesar de sus esfuerzos por hacer atractivo el bar, la gente dejó de ir. Había quien se quejaba de no tener dinero para pagar la entrada. Matellian permitió la entrada libre y proclamó que el bar estaba abierto a personas de escasos recursos e incluso a los que carecían de un techo. No obstante, llegaban muy pocos visitantes. El lugar tenía una peculiaridad: era obligatorio el uso de mascarillas sanitarias, para permitir que pudieran asistir también personas con fragilidad respecto del contagio de VIH o que presentaran exigencias similares. En vista de las grandes dificultades económicas, Matellian decidió quitar esa obligación. El 31 de agosto publicó, en Instagram, un post que decía, en su parte central: “Con mucho cariño informamos a nuestras divas discapacitadas o inmunodeprimidas que abriremos los sábados por la noche sin obligación de llevar mascarillas”. La reacción de los seguidores del sitio resultó inesperada. Uno escribió: “Mejor confiesa directamente que estás siendo cómplice de un evento que incapacita masivamente a la gente, y acaba de una vez”. Otro: “Gente como ustedes mata a las personas con discapacidad en nombre de su placer y comodidad”. Un tercero publicó: “Espero que lancen una bomba incendiaria al local, por robarles a mis compañeros inmunodeprimidos sus planes de sábado, solo para sacar unos ingresos extras de los capacitistas”. (Se entiende por “capacitista” aquel que discrimina a las personas con discapacidad). A estos, se unieron más de cuatrocientos comentarios adversos, algunos insultantes, que criticaban al bar por discriminar a las personas de diferentes habilidades y por relajar su política respecto de la protección contra enfermedades como el Covid.

Ante la vehemente reacción de sus seguidores, Matellian publicó un post de disculpas, en el que se excusaba por el tono despectivo con el que se había expresado. Decía también que, desde su punto de vista, no había tomado en cuenta las situaciones de “interseccionalidad” que vivían muchos de los clientes del bar. Era un mea culpa sincero, que se podría imaginar de buena voluntad. No fue así. Matellian olvidó elaborar su post de manera que los no videntes pudieran enterarse de su mensaje. Eso bastó para que fuera acusada, de nuevo, de capacitista y discriminatoria en contra de los posibles lectores de su disculpa. Otra avalancha de comentarios la sepultó en la ignominia. ¿Cómo salir del bache (el ditch, por cierto) en el que se había metido? Se le ocurrió usar la reunión mensual de los clientes del bar para articular un diálogo con sus críticos, la mayor parte parroquianos de su local. No solo, sino que esos críticos eran también apasionados del Last Ditch. Llegaron unas diez personas. Otras, en igual número, se conectaron por Zoom. También, proporcionadas por los servicios sociales, llegaron dos terapeutas para mediar en el diálogo. Todo comenzó con un ejercicio de respiración, con la finalidad de relajar a los presentes. Parece ser que el ejercicio no funcionó mucho, porque de inmediato comenzó la tormenta. Una artista llamada Soe Noire, conectada por Internet, comenzó a escribir, en el chat, severas críticas. La reunión se fue calentando bastante, por lo que una de las mediadoras intervino, con palabras deliberadamente serenas, para tratar de restablecer la calma. Dijo que habría sido mejor confrontarse personalmente y no a través de la red. Noire se enfureció. Aseveró que se sentía ofendida, porque la terapeuta estaba menospreciando a quienes se conectaban de modo virtual. Luego escribió: “estoy oyendo a una terapeuta BLANCA… dar prioridad a los sentimientos de un personal mayoritariamente blanco y afín a los blancos”. Matellian explicó que su principal trabajo no era administrar un bar, sino que estaba allí porque las otras dueñas la habían dejado colgada con 50 mil dólares de deuda, que tenía que hacer cuatro trabajos para poder mantener el local, y que estaba agotada. A ese punto, se quebró y se puso a llorar. Noire escribió que no la conmovían las lágrimas blancas de Matellian, porque de su parte era muy egoísta concentrarse en sus sentimientos, y que tal comportamiento era racista y evasivo.

La reunión terminó así, sin ningún acuerdo y ninguna reconciliación. A Annalisa Quinn le llamó la atención la figura de Soe Noire y fue a entrevistarla. Noire se había negado a participar en una segunda reunión, porque le parecía que le estaban haciendo gastar su tiempo de gratis. A la periodista del Boston Globe declaró que criticaba al bar porque ese local no estaba interesado en la praxis revolucionaria. Redobló sus acusaciones de discriminación y racismo en contra de los operadores del bar. En fin, durante una melancólica conversación con las dos o tres personas que quedaban como clientes del bar, Quinn escuchó a una de ellas exponer una idea, que parecía brillante: “¿Por qué no invitar a Lady Gaga? Con ella se llenaría de nuevo este lugar”. “No”, le contestó otra, seca. “De Lady Gaga no hablemos. Es una conocida sionista”. Se cierra con esta anécdota el estupendo artículo de Annalisa Quinn.

Vivimos en un mundo en el cual ya casi nadie parece tener dudas y en el que cada quien sostiene rotundas opiniones apodícticas sobre cualquier problema que se le presente. En ese universo de opiniones encontradas y adversas, pareciera que todos tienen la razón y nadie la tiene. El caso del Last Ditch Bar parece una alegoría perfecta. Lo que inicia con las mejores intenciones termina en un aquelarre sin fin. Nos hace pensar sobre el poder del lenguaje y sus matices. Otro punto importante es el éxito que tuvo el artículo de Quinn. En efecto, la única manera de leerlo era subscribirse al Boston Globe, y parece ser que hubo un aumento impresionante de suscriptores. Como si el artículo respondiera a una necesidad actual: reflexionar sobre los extremismos, sobre las buenas intenciones, y, sobre todo, reflexionar acerca de los radicalismos y sus efectos en nuestra vida cotidiana.

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