Por Juan José Hurtado Paz y Paz
Escribo a título personal y no en representación de la organización donde trabajo. Tampoco lo hago desde un conocimiento de primera mano de lo que está ocurriendo, pues por diversas razones no participo activamente en el esfuerzo de convergencia de personas, organizaciones y fuerzas que buscan construir una alternativa democrática para Guatemala. Me parece importante decirlo porque no pretendo hablar por quienes están impulsando esta iniciativa ni asumir un papel que no me corresponde.
Pero sí quiero expresar que celebro que haya personas, organizaciones y movimientos que estén intentando construir un amplio frente para alcanzar democracia y alcanzar bienestar para todas y todos.
Sé que las dificultades son enormes. Sé también que existen razones para tener dudas, cuestionar procedimientos, señalar diferencias y preguntarse si una convergencia tan amplia puede realmente caminar. Todo eso es legítimo. Con lo que no estoy de acuerdo es descalificarla de entrada.
Hay quienes ya le auguran poco futuro al esfuerzo o consideran que está condenado al fracaso. Algunos cuestionamientos seguramente son pertinentes y deben ser escuchados. Pero una cosa es señalar desafíos y riesgos, y otra muy distinta es asumir, desde el comienzo, que no vale la pena volver a intentar.
El punto de partida es preguntarnos cuál es el contexto en el mundo, en la región y en nuestro país y cuestionarnos qué responsabilidad histórica tenemos frente a nosotros. En esa situación, considero indispensable que Guatemala necesita hoy la más amplia convergencia posible de fuerzas democráticas y progresistas.
El mundo nos muestra los riesgos de sociedades cansadas de la política y la llamada “democracia”, decepcionadas de sus instituciones y dispuestas a entregar su futuro a quienes prometen soluciones fáciles, de mano dura y orden absoluto, esgrimiendo un discurso de odio, intolerancia e imposición. Ahí están, con sus diferencias, experiencias como las de Trump o Milei, para mencionar algunas. En distintos lugares, los autoritarismos avanzan aprovechándose de la frustración, el miedo y la polarización.
Guatemala no es inmune a esos peligros. Por el contrario, pareciera que ese es el rumbo que llevamos.
Frente a esto, el reto es construir un frente amplio que integre a diversos, pero que sea capaz de encontrar lo común para avanzar juntos para la construcción de democracia. Solos no llegamos a ninguna parte. Ningún movimiento, partido, organización social, pueblo indígena, colectivo de mujeres, agrupación juvenil, sindicato, sector académico o ciudadano por sí solo tiene la capacidad de transformar el país. Cada uno tiene saberes, experiencias, fortalezas, pero también grandes limitaciones. La construcción de una alternativa democrática exige sumar, no restar.
Nadie tiene toda la verdad absoluta ni es capaz de transformar el país en solitario. Por eso es indispensable dejar de lado la prepotencia, la arrogancia y las competencias. Una de las mayores amenazas para cualquier esfuerzo de convergencia es el sectarismo: creer que nosotros tenemos la verdad y que quienes piensan diferente están equivocados, son ingenuos o, peor aún, son enemigos.
Una sociedad democrática es, precisamente, aquella que reconoce que existen distintas miradas y aprende a convivir con ellas. La diversidad no debe ser un obstáculo que haya que eliminar. Por el contrario, puede convertirse en una fortaleza si somos capaces de encontrar aquello que nos une.
Esto requiere apertura al diálogo, saber escuchar, aprender de las y los demás, y no tratar de imponer. También requiere distinguir entre ser radical y los radicalismos. Ser radical significa ir a la raíz de los problemas, atreverse a imaginar cambios profundos y no conformarse con administrar aquello que queremos transformar; eso es correcto. Los grandes sueños son necesarios pues nos inspiran. Sin ellos, la política se reduce a administrar lo existente. Pero tener grandes sueños no significa pretender alcanzarlos de un solo golpe.
La transformación de una sociedad es un proceso. Se construye paso a paso, acumulando fuerzas, aprendiendo de los errores, corrigiendo el rumbo y avanzando cuando las condiciones lo permiten.
No hay contradicción entre tener un horizonte ambicioso y caminar con los pies puestos en la tierra.
Una alianza amplia no significa borrar las diferencias. Al contrario: significa reconocerlas y encontrar una manera democrática de tratarlas. No necesitamos estar de acuerdo en todo para defender aquello que consideramos fundamental. Podemos tener distintas concepciones económicas, sociales o políticas y, sin embargo, coincidir en procurar democracia, un Estado de derecho, respeto y ejercicio pleno de los derechos humanos, de los pueblos indígenas, de las mujeres, de la juventud, de la naturaleza y de una vida digna para todas y todos.
La clave está en saber distinguir entre las diferencias irreconciliables de aquellas en las que es posible hacer concesiones para avanzar en lo inmediato. Toda construcción política requiere acuerdos. Y todo acuerdo implica ceder en algunos aspectos. Pretender que una convergencia se construya sin ninguna concesión es condenarla al fracaso.
Lo que no puede negociarse son los principios fundamentales. Pero alrededor de ellos existe un amplio espacio para dialogar, acordar y buscar soluciones compartidas. Por eso tampoco necesitamos purismos.
Nadie llega a una convergencia con las manos completamente limpias de errores, contradicciones o limitaciones. Todas las organizaciones tienen historias, aciertos y desaciertos. Todos los liderazgos tienen fortalezas y debilidades. Si exigimos perfección antes de sentarnos a conversar, probablemente nunca nos sentaremos.
Al mismo tiempo, una convergencia nacional no puede limitarse a acuerdos entre dirigencias. Necesita construirse desde la base. Los pueblos indígenas, las mujeres y las juventudes deben ser partícipes y no pueden ser vistos únicamente como sectores que deben ser incorporados a una estructura previamente diseñada por otros. Su participación debe ser sustantiva y tener capacidad real de aportar a la definición del rumbo.
En Guatemala existe una enorme riqueza de experiencias comunitarias, organizaciones territoriales, autoridades indígenas, movimientos de mujeres, organizaciones juveniles y múltiples formas de organización social. Allí hay conocimientos y prácticas de participación democrática que muchas veces han sido ignorados por la política tradicional.
Una alternativa democrática debe construirse con esas voces y aprender de ellas. También tendrá que reconocer sus propias debilidades. Todo esfuerzo que comienza tiene limitaciones. No tiene sentido ocultarlas ni pretender que no existen. Lo importante es identificarlas y trabajar para superarlas. Un tejido fuerte no se construye porque todos los hilos sean iguales. Se construye porque, siendo diferentes, logran entrelazarse.
No descalifiquemos; participemos. En lugar de esperar que una iniciativa fracase para decir “se los dije; no tenía futuro”, deberíamos preguntarnos qué podemos aportar para que tenga posibilidades de avanzar. En lugar de señalar desde afuera cada defecto, podríamos participar, proponer, cuestionar cuando sea necesario y ayudar a corregir lo que deba corregirse. Eso no significa entregar un cheque en blanco. Significa ejercer una crítica responsable.
El Frente Amplio por la Democracia no tiene garantizado el éxito. Nadie puede saber hoy hasta dónde llegará ni si logrará superar las enormes dificultades que seguramente encontrará en el camino. Tampoco sabemos si será capaz de mantener la unidad en medio de las diferencias, ni si se tendrá la madurez suficiente para anteponer lo común a los intereses particulares.
Pero precisamente por eso necesita aportes, participación y vigilancia democrática, no descalificación anticipada. El país no necesita competencias entre quienes se consideran dueños de la verdad. Necesita capacidad para reconocernos mutuamente, escucharnos, llegar a consensos y construir acuerdos.
La historia nos ha colocado frente a una responsabilidad que no podemos eludir. Seguramente no podemos construir de inmediato el país que soñamos. No son tiempos de revoluciones; no tenemos las fuerzas necesarias para lograrlo. Tampoco pretendamos ponernos de acuerdo en todo. Pero sí podemos contribuir a levantar un tejido democrático que nos permita avanzar.
No se trata de pensar todos igual. Se trata de saber caminar juntos para impedir que sigamos retrocediendo. Por eso, antes que descalificar, participemos. Antes que exigir perfección, aportemos. Antes que preguntarnos qué nos separa, busquemos qué podemos construir juntos. Es lo que hay. Y, frente a los tiempos que vivimos, vale la pena apostarle.



