(Parte I)
Por Alejandro Interiano*
¿Son los futbolistas los verdaderos embajadores del siglo XXI? ¿Son 22 millonarios corriendo detrás de una pelota cómo chuchos? ¿Son íconos positivos y reflejos de disciplina, constancia, talento e ingenio para nuestros niños? ¿Deberían ser apolíticos o tomar parte activa de las problemáticas sociales desde su plataforma privilegiada? ¿Por qué el futbol no es lo mismo para un anciano, para una mujer, para un hombre o para un niño?
Precisamente en esta diversidad encontramos su belleza. El futbol es como el amor, que es tantas cosas al mismo tiempo y que es muy difícil de definir. Y como el amor, pone a su servicio cuerpos, mentes y corazones que fluyen hacia la unión; también está atravesado por las dimensiones sociales, materiales, simbólicas y políticas del hombre y la mujer. Un futbolista es un deportista, pero también es un ciudadano, un padre y un símbolo. Y un hincha es un admirador, pero también es un ciudadano, un sujeto político y un consumidor.
Todo lo que una persona ama le otorga sentido. A su vez, todo lo que es amado por un ser humano es dotado de realidad y, por ende, de significados.
Por ello, partiendo del amor por el conocimiento, nuestro objetivo en este artículo es ofrecer un recurso didáctico en dos partes para comprender desde cero la relación entre futbol y política, utilizando relaciones simbólicas, políticas y ejemplos reales. Y segundo, invitar a la reflexión sobre su diversidad de significados y usos, para comprender que se puede disfrutar de este deporte sin perder el pensamiento crítico.
El futbol hoy
El futbol es un deporte colectivo de forma interna y con capacidad de proyección que, en su forma profesional actual, supone el encuentro y conflicto entre dos equipos que pretenden demostrar su superioridad técnica y física frente al otro. Es así como inevitablemente resulta en un choque cultural, ideológico y de prestigio, donde también están en juego el honor, el orgullo, la superación y la recompensa económica.
Su gran alcance en la actualidad se debe a una acumulación de influencia, prestigio e interés, pero también a la enorme conectividad, producto de la globalización y de haber convertido el deporte en un show mediático, donde colindan gigantescos intereses de mercado a nivel mundial. Esto ha fomentado tanto la profesionalización del deporte así como su utilización como herramienta y plataforma política, comprendiendo que solo es posible porque parte de una base social sólida.
Actualmente, ningún otro fenómeno global posee la capacidad del futbol para influir simultáneamente en la política, la economía y la cultura de tantos países.
El futbol como dimensión simbólica y de clases
Desde el punto de vista simbólico e histórico ha servido como un instrumento eficaz de integración y cohesión nacional. Bajo esta premisa, la nación no es una entidad natural, sino una construcción social: una comunidad políticamente imaginada, limitada y soberana, que encuentra una expresión material y conciencia en los ciudadanos cuando ven a su selección compitiendo. La identidad colectiva, por su parte, encuentra una realidad material y simbólica en la selección nacional, en el equipo local, en la respuesta de a “¿dónde voy yo, muchá?”, en las chamuscas de barrio, que en realidad quiere decir “¿a dónde pertenezco, muchá?”. Y en la respuesta a estas preguntas un niño va encontrando su lugar en el mundo.
El futbol permite la expresión de las identidades, los encuentros entre grupos también pueden ser una representación explícita o tácita entre clases sociales. Por ejemplo, durante mucho tiempo en Guatemala se consideraba que los Rojos eran el equipo “más cercano al pueblo”, mientras que los Cremas representaban una base social más acomodada o, en su defecto, a una población que aspiraba a los valores de las élites o los ricos. Este esquema se ha visto replicado en los clásicos de distintos países, por ejemplo en Argentina: Boca Juniors, del barrio marginalizado de La Boca; y River Plate, cuyo estadio se encuentra en la zona más rica de la ciudad. En España, la diferencia entre el Barça, con su origen en Cataluña, muy separada de la capital y excluida, con un fuerte arraigo comunitario; y el Real Madrid, que representaba la capital española y a las élites y que, como veremos más adelante, fue utilizado por el dictador Francisco Franco como herramienta de propaganda ideológica y de proyección internacional.
Cuando los Rojos le ganaban a los Cremas, en el fondo se estaba batallando una victoria o derrota simbólica ya que, como señala Guttmann (1994, como se citó en Gómez, 2019), el deporte ofrece a los dominados la posibilidad de vencer a los dominantes. “La realidad social me niega las mismas oportunidades que a vos; en la vida real somos explotados por tu grupo social, ¡pero qué goleada les metimos, maje!”. La dimensión simbólica del futbol permitía una revancha, una forma de demostrar que, aunque se creían superiores, eso no los hacía necesariamente mejores en futbol y más mérito tenían porque no partían de las mismas bases materiales.
Aquí cabe aclarar que esas brechas ya casi no existen, o son más difusas, porque independientemente de su origen, con el auge del futbol, casi todos los equipos terminan priorizando el factor económico, y mientras más alto consiguen llegar, más probable es que se hayan separado de la base social desde la cual se constituyeron. Es así como, ya menos distintivo, en Guatemala hay personas de clase baja que son de los Cremas y de clase alta que son de los Rojos del Municipal. Lo interesante es cómo refleja un cambio en la mentalidad política. En sus orígenes, la pertenencia respondía a una conciencia de clase. Hoy, en cambio, las personas eligen el equipo cuyos valores aspiran a tener. Este fenómeno se parece al comportamiento electoral: ya no se vota por quien es igual a uno, sino por quien representa el ideal hacia el que nos proyectamos.
Esto nos permite comprender cómo hemos dotado de sentido a este deporte. Por ejemplo, en muchos países de Latinoamérica, profesionalizarse como futbolista ha sido el sueño de muchísimos niños. Ha sido un mecanismo de ascenso social. Así es como hay patojos y pibes que sueñan con sacar a sus familias de la pobreza con el fut. Maradona es un ejemplo de ello: proveniente de una zona de bajos recursos llamada Villa Fiorito, su motivación no surgía solamente de su gran pasión por el deporte, sino también de apoyar a doña Tota, su madre, para sacar adelante a sus siete hermanos.
Un ejemplo guatemalteco es el Pin Plata, que con seis hermanos, comenzó a trabajar, aproximadamente entre los 6 y 9 años, y en su adolescencia la necesidad de ayudar en su casa le impidió continuar estudiando. Trabajó de panadero y en una imprenta, alternando con la práctica deportiva. Con una combinación de disciplina, pasión, compromiso y talento, se le reconoce en la actualidad como el máximo goleador de Municipal y es considerado por algunos como el mejor jugador que ha tenido Guatemala. Es reconocido por ser un tipo tranquilo, leal y familiar. Y una cosa más sobre el Pin: obtuvo finalmente su diploma de bachiller en Ciencias y Letras en 2014, a los 43 años, demostrando su compromiso con el crecimiento personal más allá del futbol.
Esta realidad es similar en otros países. En Brasil, donde el futbol se convirtió en un elemento central de la cultura popular, el deporte tuvo un fuerte componente racial. Al igual que la samba y la capoeira, dos actividades concebidas como propias de las comunidades mulatas y afrodescendientes. Allí, la historia del futbol se comprende como la integración de estos grupos al deporte, que sirvió como un ascenso social de la población negra. Sus máximas expresiones fueron Pelé y Garrincha, que se consideran representantes de la democracia racial brasileña.
El futbol en Latinoamérica
Para ampliar en su dimensión política, debemos preguntarnos por qué el futbol y no otro deporte; cuál es el origen de este deporte en la región latinoamericana, por ejemplo.
El futbol fue introducido en Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XIX, y su evolución debe comprenderse desde la incorporación desigual de la región a la economía mundial y a partir de las esferas de influencia de dos potencias en particular: Estados Unidos, que dominaba el espacio geopolítico de los países norteamericanos, centroamericanos y caribeños; y el Reino Unido, que influía en el eje sudamericano, con una mayor cohesión histórica.
El futbol se desarrolló a mayor velocidad en América del Sur, en gran medida por la influencia cultural y económica del Reino Unido, y su difusión fue posible consecuencia de la integración de los Estados del Sur a los mercados globales, sus procesos internos de modernización por la expansión de los imperios coloniales. Actualmente, la región sudamericana cuenta con diez Mundiales concentrados en tres países: Brasil (cinco), Argentina (tres) y Uruguay (dos).
Por su parte, más al norte, el futbol debió competir con el béisbol, en una región agresivamente influenciada por Estados Unidos mediante intervenciones militares y condicionamientos económicos. De esta forma, el mapa deportivo de América Latina conforma un reflejo de las zonas de influencia estadounidense y el Reino Unido, consiguiendo explicar en gran medida los condicionamientos y factores que promovieron y limitaron su desarrollo.
Cabe mencionar que, en América Latina, el futbol profesional se organiza en torno a dos grandes bloques: la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Futbol (Concacaf) y la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), la confederación regional más antigua del mundo. Ambas se encuentran reconocidas oficialmente por la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). Y ambas se formaron alrededor de las esferas de influencia ya mencionadas.
Su evolución tuvo principalmente dos etapas. En la primera, el futbol era para las elites y minorías de ascendencia o influencia británicas y españolas, que seguían practicando en sus escuelas el deporte, desde su introducción. Con el tiempo, las élites locales y regionales, se vieron atraídos por este deporte, sobre todo por los valores intrínsecos importados con los cuáles lo asociaban: progreso, modernidad, civilización y desarrollo.
Se propusieron, en este sentido, la nacionalización del futbol, creando a lo largo y ancho de América Latina clubes de y estadios, inclusive un estilo propio de jugarlo, buscando reapropiarse del juego y dotarlo de sentido e identidad nuevos. De esta forma, las élites regionales encontraron en el futbol una forma de ejercer y consolidar su identidad, distinguiéndose de la hegemonía cultural británica, española y extranjera. Además, pronto comprenderían sus efectos en el propio pueblo, ya que sería utilizado consciente y activamente como un recurso para reforzar el sentido de nacionalidad. Ello fue posible por la evolución, influencia y popularidad que obtendría el deporte con el pasar del tiempo.
En la segunda etapa, hay que recordar que el futbol es un deporte barato y fácil de jugar: solo se necesita una pelota, los amigos y las porterías, que hasta se las pueden imaginar los niños, con tal de jugar. Estas facilidades logísticas favorecieron su práctica y su popularización. Latinoamérica era partícipe de un alto desarrollo urbano, con la ampliación de nuevos medios de transporte como el ferrocarril y el tranvía y la construcción de estadios. Similar a su origen obrero inglés, el deporte funcionó como un espacio de cohesión y socialización en los barrios. Es así como, mientras los ferrocarriles unían los territorios, el futbol unía a la gente.
Argentina es el mejor ejemplo de ello: durante la primera década del siglo XX, Buenos Aires parió muchos clubes de raíces populares. Boca Juniors, conformado por inmigrantes italianos de La Boca; Huracán, surgido alrededor del Parque Patricios; y San Lorenzo de Almagro, producto de la iniciativa de un cura salesiano llamado Lorenzo Massa. Otros ejemplos son Chacarita Juniors, fundada en una librería anarquista; y Argentinos Juniors, originalmente llamados Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros asesinados allí en las protestas del 1 de mayo de 1886, por demandar una jornada laboral de ocho horas.
Sin embargo, en su momento el futbol despertó el recelo de los movimientos de izquierda, considerándolo una estrategia de la burguesía para distraer a los trabajadores de la lucha obrera. Y su sospecha no estaba tan alejada de la realidad, ya que a medida que se extendía y se promovía su práctica en distintos espacios institucionales, como las escuelas y las empresas, las élites locales se basaban en las tesis del higienismo vigentes a finales del siglo XIX, que buscaba disciplinar y alejar del sexo, el tabaco y el alcohol a los trabajadores desde la perspectiva del control social y productivo.
En Brasil, la popularización del futbol obligaría a clubes de orígenes aristócratas como Flamengo a incluir jugadores negros, hecho que le valdría el apoyo popular de los cariocas. También está el caso de Perú, donde las dos visiones sobre nación peruana encontraban su expresión entre Alianza Lima -vinculada con las clases populares y los afroperuanos- y el Club Universitario de Deportes -representando a la élite blanca y europea. Hay un único país que es una excepción a este patrón y es Cuba, donde sería el béisbol el que se conformaría como expresión y símbolo de la modernidad y se constituiría en contraposición al futbol, identificado con el colonialismo español.
De esta manera comprendemos la diversidad de significados que ha adoptado el futbol a lo largo del tiempo. De provenir de los barrios obreros ingleses, luego importado a Latinoamérica por los colonos ingleses, pasó a ser apropiado por las élites locales, utilizado tanto como distintivo, como una herramienta efectiva de cohesión y control social para los nacientes Estados. Sin embargo, su versatilidad y accesibilidad logística lo regresaría al pueblo eventualmente, comenzando un ascenso meteórico desde la base. Pasó de un deporte que se disfruta jugando, a uno que se ve y puede ofrecerse como un show, como un producto, tal como afirmaría Galeano. Nos interesa en este sentido, cómo explica ciertas identidades, dinámicas y mecanismos de control en Latinoamérica.
Y es que, en Latinoamérica, siempre nos han querido imponer ideas y comportamientos, con la intención de dominarnos. Ya sea desde la religión, la cultura y hasta los deportes, los pueblos del norte y las clases dirigentes siempre han investigado con gran ingenio cómo conquistar nuestros cuerpos, mentes y nuestras formas de vida. Qué infelices aquellos pueblos que insisten en ir a buscar fuera lo que no encuentran en su propia tierra, que recurren permanentemente a la agresividad y a la dominación como una triste e inútil forma de sentir el calor y la pertenencia que no encontraron en su propio pueblo.
Sin embargo, lo que han conseguido es convertirnos en una rica fuente de diversidad a través del sincretismo y la mezcla. Por mucho que se han esforzado esta tierra insiste en ser ella misma, y siendo tan amable y buena como una madre, ha recibido a todos en su seno. Los alimenta, les enseña las maravillas de la selva y de nuestra gente, y lo que quería ser una imposición, siempre lo terminamos convirtiendo en una nueva forma de ser y de ver la vida. Latinoamérica transforma todo lo que toca en diversidad y colores y el origen de ese cambio es nuestra profunda alegría e intenso deseo por la vida. El futbol es otro ejemplo de un intento de influencia y de control que terminamos transformando, a través de nuestra intensa pasión, en algo completamente nuestro. En parte de nuestra identidad.
Conclusiones e invitación
El futbol es parte de la identidad de muchas personas, sea individual o colectiva. Es un espacio atravesado por emociones, pasiones y sueños, por valores como la unión, la alegría y la pertenencia; pero por ser una actividad humana, también es un espacio en disputa para las realidades simbólicas, materiales y políticas que nos influencian y nos condicionan.
Lo anterior se traduce en dos premisas fundamentales. La primera, que debe ser respetado porque genera alegría y puede generar comunidad, unidad y cohesión social. Y la segunda, es la necesidad de disfrutar de este deporte desde una postura crítica, dada su notable influencia en la sociedad actual.
En la segunda parte de este artículo, veremos las formas en que se ha utilizado el futbol como herramienta y plataforma política y cómo se han legitimado regímenes o impulsado carreras políticas a través de él, por medio de ejemplos desde Latinoamérica y Europa. Quedan ustedes cordialmente invitados.
Referencias
Armijos, A. (2029). Futbolizar la política o politizar el fútbol: historia y consecuencias.
Brito Alvarado, X., & Vayas Castro, S. (2022). Geopolítica del fútbol: Sobre la globalización del balón.
Gómez, D. (2026). De la cancha al poder: fútbol y política en América Latina (DP Enfoque N.º 19). Fundación Konrad Adenauer.
Pulleiro Méndez, C. (2015). Fútbol y política: reflexiones de una relación compleja a través del festival de cine Thinking Football.
*Sobre el autor: Alejandro Interiano es un poeta, escritor y estudiante de Ciencia Política guatemalteco, comprometido con la transformación de su país, a través de las artes, el pensamiento y la comunicación. Contacto: Alejointeriano9@gmail.com



