Por Juan José Hurtado Paz y Paz
Los avances tecnológicos nos sorprenden cada día. Lo que antes se veía como ciencia ficción y poco probable, ahora es una realidad. Eso nos ocurre con la llamada Inteligencia Artificial (IA), presente ya en nuestras vidas aún sin que lo hayamos escogido o estemos conscientes de ello. Nos guste o no, es un hecho con el que tendremos que aprender a vivir y convivir.
Advierto que voy a hablar de un tema del que no tengo suficiente conocimiento, pero del cual conversé con amigos y sobre el cual hay que pensar, asumir postura y actuar. Ya el Papa León XIV publicó la encíclica Magnífica Humanitas, advirtiendo que la IA no es neutral y representa el mayor desafío de nuestro tiempo. Hizo un llamado global a “desarmar la IA” para evitar que se convierta en una herramienta de dominación, exclusión y deshumanización.
El reto es entender la IA como un instrumento y manejarla con responsabilidad. Un instrumento no es algo que funcione por sí mismo, sino depende de la voluntad de quien lo tiene y el uso que le da. Así como un cuchillo puede servirnos para cortar un alimento que vamos a consumir para nutrirnos y dar vida, puede convertirse en un arma blanca para agredir y matar. No es el cuchillo en sí mismo, sino quién lo usa y para qué.
Sin embargo, vale decir que la IA no es una herramienta cualquiera. A diferencia de un cuchillo, acumula enormes cantidades de información, toma decisiones probabilísticas y puede influir en la conducta humana a gran escala. Por ello, además de la responsabilidad individual, importa quién la diseña, quién la controla, con qué fines y cómo se regula.
Como corresponde a la visión holística de los pueblos originarios, al hablar de IA es pertinente considerar diferentes aristas, viendo tanto sus potencialidades como sus riesgos. Por ejemplo, debemos considerarla desde las siguientes perspectivas:
Económicas y sociales. La inteligencia artificial puede facilitar tareas complejas, aumentar la productividad y generar nuevas oportunidades económicas. Sin embargo, también puede sustituir empleos, especialmente aquellos relacionados con actividades repetitivas o de procesamiento de información, provocando desempleo. Esto plantea preguntas sobre el futuro del trabajo, la distribución de la riqueza y el aumento de las desigualdades entre quienes tienen acceso a estas tecnologías y quienes quedan excluidos. Desde hace tiempo se habla de los “ricos en información” y los “pobres en información”, a sabiendas de que la información también es poder. En un país tan desigual como Guatemala, la expansión de la inteligencia artificial podría ampliar las brechas existentes si su acceso, desarrollo y beneficios quedan concentrados en unos pocos sectores de la sociedad.
Culturales. La IA puede contribuir a preservar idiomas, difundir conocimientos y acercar culturas. Pero también puede reforzar la homogenización cultural, privilegiando visiones dominantes del mundo y marginando saberes locales, idiomas de pueblos originarios y formas diversas de comprender la realidad. ¿Quién decide qué conocimientos alimentan estas herramientas y cuáles quedan invisibilizados?
Mentales, psicológicas y emocionales. La IA puede facilitarnos el acceso a información y ayudarnos a resolver problemas con rapidez. Sin embargo, también plantea interrogantes sobre el desarrollo de nuestras capacidades mentales. Si nos acostumbramos a preguntar a una máquina en lugar de pensar con cabeza propia, reflexionar, memorizar, investigar o construir nuestras propias respuestas, corremos el riesgo de volvernos demasiado dependientes de ella. Algunas personas advierten que la delegación creciente de tareas cognitivas podría afectar habilidades como la concentración, el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de aprendizaje profundo; incluso dicen que las capacidades mentales de las nuevas generaciones pueden atrofiarse. A ello se suma el riesgo de generar dependencia tecnológica, reducir la interacción humana y debilitar capacidades emocionales que se desarrollan en la convivencia presencial, el diálogo y la experiencia compartida.
Espirituales y filosóficas. La inteligencia artificial puede procesar cantidades inmensas de información y ofrecer respuestas cada vez más complejas, pero no tiene conciencia ni sentimientos, memoria colectiva, sentido de trascendencia, ni experiencia de vida. Puede imitar el lenguaje humano, pero no conoce el dolor, la alegría, el amor, la gratitud ni la responsabilidad hacia las generaciones futuras. Las culturas ancestrales nos recuerdan que la sabiduría no consiste únicamente en acumular conocimientos, sino tener la capacidad de emplear los conocimientos para vivir en equilibrio con los demás seres humanos, con la naturaleza y con el cosmos. ¿Qué tipo de humanidad estamos cultivando?
Ambientales. Aunque suele presentarse como una tecnología inmaterial, la IA depende de enormes centros de datos que consumen grandes cantidades de energía y agua para su funcionamiento y enfriamiento. Esto obliga a preguntarnos por su huella ecológica y por la sostenibilidad de un modelo tecnológico cada vez más demandante de bienes de la Madre Naturaleza. Tengamos presente que usar IA dañamos a la Madre Tierra.
De seguridad y privacidad. La IA se alimenta de enormes cantidades de datos sobre las personas. Cada búsqueda que realizamos, cada compra que hacemos, cada lugar que visitamos y cada interacción en redes sociales puede convertirse en información susceptible de ser recopilada, analizada y utilizada. Esto plantea serias preocupaciones sobre la privacidad y la seguridad. ¿Quién tiene acceso a esos datos? ¿Con qué fines se utilizan? ¿Qué tan protegidos estamos frente a empresas, gobiernos o actores malintencionados capaces de conocer nuestros hábitos, preferencias, relaciones e incluso anticipar nuestros comportamientos? La inteligencia artificial puede ofrecer servicios más eficientes y personalizados, pero también puede abrir la puerta a formas inéditas de vigilancia, manipulación y control social.
Éticas. Cuando la IA toma decisiones,¿Quién responde por los errores? ¿Cómo evitar que reproduzca prejuicios y discriminaciones presentes en los datos con que fue entrenada? ¿Qué decisiones deben permanecer siempre en manos humanas? La tecnología puede ayudarnos a resolver problemas, pero no puede reemplazar la responsabilidad moral ni el juicio ético de las personas.
Por ejemplo, se dice que, en la guerra de Estados Unidos contra Irán emplearon inteligencia artificial para determinar objetivos militares a atacar. La IA cometió errores y condujo al ataque de una escuela identificándola como objetivo militar, provocando la muerte de niñas y niños. ¿A quién se responsabiliza por este crimen?
Hay además una dimensión política que merece atención. La inteligencia artificial está siendo desarrollada principalmente por un reducido número de corporaciones y potencias tecnológicas que concentran recursos, datos y capacidad de cómputo. Esto plantea interrogantes sobre soberanía, dependencia y democracia. Si la información, el conocimiento y hasta las decisiones cotidianas pasan cada vez más por sistemas controlados por pocos actores, corremos el riesgo de profundizar desigualdades ya existentes.
También debemos preguntarnos qué conocimientos alimentan estos sistemas. ¿Qué lugar tienen las culturas indígenas, los saberes comunitarios, las lenguas originarias y otras formas de entender el mundo? Si la inteligencia artificial se nutre principalmente de visiones dominantes, podría reproducir prejuicios históricos y reforzar relaciones de poder.
En Guatemala existe además un desafío particular. Somos un país pluricultural, multilingüe y con una profunda riqueza de conocimientos ancestrales. ¿Qué lugar ocupan las lenguas mayas, los saberes ancestrales y las formas propias de entender la vida dentro de los sistemas de inteligencia artificial que estamos utilizando? Si únicamente consumimos tecnologías diseñadas desde otros contextos, corremos el riesgo de convertirnos en usuarios pasivos de una visión ajena del mundo.
Pero si es apropiada críticamente por los pueblos y puesta al servicio del bien común, también podría convertirse en una herramienta para preservar memorias, revitalizar identidad, fortalecer y difundir idiomas propios y saberes ancestrales, y construir visiones alternativas del mundo.
La historia de los pueblos indígenas muestra que una forma de resistir ha sido apropiarse de ideas, símbolos o prácticas foráneas que muchas veces les han sido impuestas, para dotarlas de nuevos significados y utilizarlas para preservar lo propio. Muchas expresiones ancestrales lograron sobrevivir porque se disfrazaron, ocultaron, adaptaron o recrearon bajo formas aparentemente no propias e impuestas.
Guatemala no es uno de los grandes polos mundiales de infraestructura para IA, pero la tecnología ya está siendo incorporada por empresas, universidades y algunas instituciones públicas. En 2025, por ejemplo, Nestlé inauguró en la Ciudad de Guatemala un Centro de Análisis de Datos e Inteligencia Artificial para optimizar procesos logísticos y comerciales, mientras universidades como la Universidad del Valle de Guatemala han comenzado a desarrollar programas de formación y lineamientos para su uso.
Entonces, la pregunta no es únicamente dónde están los centros de datos o quién posee las computadoras que la hacen funcionar, sino cómo está entrando ya en nuestras vidas, en nuestras escuelas, empresas, instituciones públicas y medios de comunicación, y quién está definiendo las reglas de su uso. ¿Estamos preparando a la población para comprender críticamente esta tecnología? ¿Estamos discutiendo sus impactos sobre el empleo, la privacidad, la cultura y la democracia? ¿Cuáles son los valores, intereses y visiones del mundo que llevan incorporados?
No es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos que haga y cuáles son los límites que una sociedad democrática debe establecer para proteger la dignidad humana, la diversidad cultural y el bienestar colectivo.
El reto no es rechazar la tecnología, sino preguntarnos cómo utilizarla sin renunciar a nuestra memoria, nuestra diversidad y nuestra capacidad de pensar con voz propia. En tiempos de inteligencia artificial, los saberes ancestrales pueden ayudarnos a recordar que la vida no se reduce a datos e información, que el conocimiento debe servir para construir el Buen Vivir y que ninguna tecnología puede sustituir la conciencia, la espiritualidad y la capacidad humana de discernir y construir vida.
La inteligencia artificial seguirá avanzando, sin lugar a dudas. ¿Pero qué tipo de sociedad queremos construir con ella? El desafío está en que la tecnología permanezca al servicio de la vida, de la dignidad humana y del cuidado de la naturaleza, y no que la humanidad termine subordinada a los intereses económicos o militares de quienes la impulsan.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria. Pero ninguna máquina debería sustituir nuestra capacidad de pensar, sentir, dialogar, crear comunidad y asumir responsabilidad ética. En tiempos de algoritmos, es urgente seguir cultivando aquello que nos hace profundamente humanos.
En resumen: No se trata de satanizar la IA, sino hacer un uso responsable de ella, como un instrumento. Es indispensable definir límites y normarla. Que las máquinas no nos sustituyan. Recuperemos humanidad.



