Cuando la Psicología se volvió pueblo: La creación de la Escuela de Psicología de la USAC

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

El Día del Estudiante se conmemora el 22 de mayo por la fundación de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU). En ese marco, el próximo 20 de mayo se realizará un acto en homenaje a “Estudiantes por la Democracia y la Educación Superior” en el que se rendirá tributo a aquellas y aquellos estudiantes, catedráticos y trabajadores de la Escuela de Psicología que fueron muertos y capturados/secuestrados/desaparecidos por las fuerzas represivas del Estado, y a quienes cayeron en combate luchando por la transformación profunda del país, así como otros que por distintos motivos han dejado este plano de existencia y que fueron partícipes de las luchas para poner la Academia al servicio de los pueblos.

Es pertinente, entonces, recordar las luchas estudiantiles de los años 70 y, específicamente, las que permitieron la creación de la Escuela de Psicología.

La década de 1970 marcó uno de los momentos más dinámicos, creativos, comprometidos y transformadores de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC). En aquellos años, la corriente de pensamiento mayoritaria en la USAC, y que podía decidir haciendo uso de la autonomía universitaria, no concebía esta institución únicamente como un lugar para formar profesionales, sino como una institución llamada a comprender la realidad nacional y ponerse al servicio de las grandes mayorías excluidas del país. En ese contexto, surgieron nuevas escuelas, hubo reformas académicas y experiencias pedagógicas profundamente ligadas a las luchas sociales de la época. Entre ellas destaca la creación de la Escuela de Ciencias Psicológicas de la USAC, nacida del empuje estudiantil y de una visión crítica y comprometida de la educación superior.

Los estudios de psicología existían desde finales de los años cuarenta del Siglo XX dentro de la Facultad de Humanidades, pero hacia inicios de los setenta muchos estudiantes y docentes comenzaron a cuestionar los límites de una formación excesivamente tradicional, desligada de la realidad social guatemalteca. Influenciados por corrientes latinoamericanas de pensamiento crítico, por la educación popular y por las discusiones sobre dependencia, opresión y cambio social, un amplio grupo estudiantil impulsó en 1973 lo que se conoció como el “Movimiento Estudiantil de Transformación de Psicología”. Este comenzó a promover reformas curriculares, críticas a la estructura de la Facultad de Humanidades y propuestas para vincular la psicología con la realidad nacional. El MEPS luego se convirtió en la asociación de estudiantes de dicha unidad académica.

Entre los nombres recordados de ese proceso aparecen dirigentes estudiantiles como Luis Vallejo y Norberto Villatoro, quienes jugaron un papel central en la movilización de julio de 1974. El 23 de julio de ese año, una asamblea estudiantil decidió separarse de la Facultad de Humanidades y ocupar el edificio “J” del Campus Central de la USAC como sede de esta nueva unidad académica. Las y los estudiantes trasladaron escritorios, pizarrones y materiales mientras pasaban la noche organizando el nuevo proyecto universitario.

Aquella acción expresaba una concepción distinta de universidad y de la psicología. Tradicionalmente, la psicología se ha centrado en la comprensión y atención individual de los procesos mentales y emocionales, especialmente desde una perspectiva clínica. Sin embargo, el desarrollo de enfoques psicosociales ha permitido reconocer que el bienestar humano está profundamente condicionado por las relaciones sociales, las condiciones de vida, las violencias estructurales y el contexto histórico en que viven las personas y los pueblos.

Los estudiantes querían una psicología conectada con la sociedad y a las luchas por cambiar las estructuras desiguales que provocan exclusión de las mayorías, la pobreza, así como con la violencia política. Querían dejar atrás una formación centrada únicamente en lo individual para asumir un compromiso social.

El Consejo Superior Universitario, presidido entonces por el rector Roberto Valdeavellano, aprobó la creación de la Escuela de Ciencias Psicológicas el 24 de julio de 1974. A partir de ese momento comenzó una experiencia académica novedosa que buscó integrar docencia, investigación y práctica comunitaria.

Uno de los elementos más innovadores fue la creación de metodologías integradoras, holísticas. El aprendizaje dejó de girar exclusivamente alrededor de cursos aislados y comenzó a estructurarse mediante unidades integradoras y trabajo interdisciplinario. Se promovía el análisis crítico de la realidad nacional, la investigación social y el trabajo de campo.

La práctica estudiantil adquirió además un fuerte sentido social. Desde mediados de los años setenta comenzaron a crearse centros de práctica y atención popular, entre ellos el Centro de Servicio Psicológico Popular (CENSEPs), orientado a brindar apoyo psicológico a población que históricamente había estado excluida de este tipo de servicios. También, los estudiantes universitarios acompañaban las distintas luchas de obreros, campesinos y otros sectores populares. Asimismo, fue muy importante la movilización estudiantil en apoyo a quienes habían sufrido las consecuencias del terremoto de 1976. La universidad buscaba salir de sus aulas y encontrarse directamente con la vida cotidiana de hospitales públicos, barrios urbanos populares, escuelas, comunidades rurales y espacios organizativos.

Ese espíritu transformador también estuvo encarnado por docentes, autoridades y trabajadores universitarios comprometidas con una visión humanista y crítica de la psicología. Uno de ellos fue el doctor Julio Ponce Valdez, director de la Escuela de Ciencias Psicológicas y promotor de procesos de investigación y transformación académica. Bajo su gestión se fortaleció el trabajo investigativo y se creó el Centro de Investigaciones en Psicología (CIEPs). Sin embargo, en 1980 fue capturado/secuestrado y desaparecido forzadamente en medio de la represión estatal contra el pensamiento crítico universitario.

La universidad pública era uno de los pocos espacios donde todavía era posible debatir críticamente sobre las causas estructurales del racismo, la concentración de la tierra, la pobreza, y la violencia política. Por ello, estudiantes, docentes e investigadores fueron perseguidos, asesinados, desaparecidos o forzados al exilio durante la guerra interna.

Muchos jóvenes que participaron en los movimientos estudiantiles universitarios de los años setenta y ochenta dieron continuidad a su compromiso político integrándose a organizaciones populares o al movimiento revolucionario armado. No se trató de un fenómeno aislado ni exclusivamente ideológico; fue también el resultado del cierre de espacios democráticos, de la represión contra dirigentes estudiantiles y de la convicción creciente de que las profundas injusticias del país requerían transformaciones estructurales. En un contexto marcado por fraudes electorales, represión estatal, asesinatos de dirigentes sociales y cierre sistemático de espacios democráticos, numerosos estudiantes llegaron a la conclusión de que las transformaciones profundas del país requerían formas más radicales de lucha.

La Escuela de Ciencias Psicológicas se convirtió entonces en uno de los espacios universitarios donde el pensamiento crítico, la sensibilidad social y el compromiso político tuvieron mayor intensidad. Para el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), la Escuela de Psicología llegó a representar un bastión importante para nutrir estructuras clandestinas dentro de la universidad, proyectarse hacia otros sectores sociales y desarrollar estructuras en función de su estrategia. Otros estudiantes se integraron a la Juventud Patriótica del Trabajo (ala juvenil del PGT), ORPA, las FAR, “Nuestro Movimiento” (escisión de ORPA), MRP-Ixim y el PRTC. Esa cercanía entre universidad y movimiento revolucionario no puede entenderse únicamente desde la ideología, sino desde una época en la que gran parte de la juventud universitaria sentía que el sufrimiento y la exclusión de las mayorías del país exigían un compromiso ético que trascendiera las aulas.

La Escuela de Ciencias Psicológicas no fue la única experiencia de este tipo. En aquellos mismos años surgieron otras escuelas no facultativas, como la Escuela de Historia, creada en 1974, también con una fuerte vocación de investigación crítica de la realidad nacional y compromiso social. Asimismo, se creó la Escuela de Ciencias de la Comunicación en 1975. Además, hubo procesos de transformación profunda en las Facultades de Arquitectura y de Medicina. La USAC vivía un período de expansión académica ligado a una idea profundamente democrática del conocimiento: la universidad debía servir al pueblo.

Esa generación universitaria dejó una huella profunda en Guatemala. Muchos de sus integrantes fueron víctimas de la violencia estatal, pero también sembraron nuevas maneras de entender la educación superior. Introdujeron metodologías participativas, investigación vinculada a los problemas nacionales, prácticas comunitarias y una ética profesional basada en la responsabilidad social.

Si bien no se trata de idealizar el pasado, también es justo reconocer que la experiencia de la Escuela de Ciencias Psicológicas sigue recordándonos que la universidad alcanza su mayor dignidad cuando se atreve a escuchar la realidad de los pueblos y a poner el conocimiento al servicio de la transformación social. La educación pública puede convertirse en una fuerza viva de conciencia crítica, solidaridad y esperanza colectiva. Y por eso urge recuperar la Universidad de quienes la han cooptado y conducido a la mediocridad, para devolverle su papel histórico como conciencia crítica del país y espacio comprometido con la transformación profunda de Guatemala.

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