Por Adelmo Bámaca
Hay hombres que cargan el destino de un país entero en los pliegues de su memoria y en el barro de sus zapatos. Azarías Perencén, el entrañable Chiko —amigo, hermano y compañero de mil inviernos y primaveras—, perteneció a esa estirpe de intelectuales que no entendieron la teoría si no era para incendiar de dignidad la praxis. Su sociología no nació en la comodidad de los escritorios, sino a pulso directo, encarando la cruda y sangrante realidad de su patria. Desenterró del polvo institucional los archivos que el poder pretendía olvidar y tradujo el murmullo de los desposeídos en mapas de resistencia y justicia.
Su andar fue vasto y generoso. Mucho antes de que su pensamiento floreciera en los pasillos de la Escuela de Ciencia Política (ECP) de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), sus pasos ya habían transitado por la Facultad de Ingeniería. Aquella era una Guatemala convulsa; años de plomo donde el simple acto de pensar críticamente se pagaba con la persecución o la muerte. En esa USAC del dolor y la esperanza, la sociología se convertía en una opción de trinchera. Al caer la noche, las discusiones de las aulas no se apagaban; mutaban y continuaban con mística inquebrantable en las dinámicas de la clandestinidad y la militancia popular.
Como investigador de campo y analista sociopolítico, Chiko poseía el don de la escucha profunda. Supo sembrar su agudeza intelectual en trincheras de tinta y papel como las revistas Noticias de Guatemala y el periódico comunitario Voz y Pensamiento. Su rigor metodológico y su profunda calidad humana se volcaron al servicio de las instituciones nacidas de los Acuerdos de Paz. Dejó una huella indeleble en la Unidad de Estudios y Análisis de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH), en la Comisión Presidencial por la Paz y los Derechos Humanos (COPADEH) y en la Dirección de los Archivos de la Paz de la SEPAZ. Desde aquellos altares públicos se erigió como una voz inquebrantable. Con lucidez y valentía, denunció el desmantelamiento institucional y las políticas de Estado que pretendían sepultar la memoria histórica y pisotear la dignidad de las víctimas del conflicto armado interno. Chiko lo sabía con absoluta claridad: una paz sin verdad y sin justicia es solo una tregua en el dolor histórico de los pueblos indígenas.

Pero Azarías no solo habitó el mundo con la discreción de los sabios y la firmeza de los justos; también lo habitó con la contagiosa alegría de la juventud que se niega a rendirse. Cuando el tejido social de la universidad sangraba, Chiko fue de los primeros en decir: «¡Entrémosle!». Con esa esperanza terca, intentó combatir la repitencia académica fundando la Escuela Preuniversitaria de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU). Para arrancarle la tristeza a las épocas más oscuras de represión, levantó el Campeonato Deportivo Inter Facultades en el Centro Deportivo Los Arcos y fundó la Escuela de Natación de los fines de semana en la piscina de la USAC. Convirtió el deporte y el encuentro en herramientas vivas para reconstruir la fraternidad estudiantil.
En su palabra escrita, Chiko nos legó la memoria barrial, la cotidianidad y la metáfora de nuestras libertades. A través de Berlín, el perro indómito que venció al Cadejo y rompió cadenas para recorrer las avenidas, simbolizó la vida más allá del encierro. Asimismo, con la «operación anona» de su infancia en la zona 8, retrató el orgullo patojo y la audacia humilde. Al final, rescatamos esa risa eterna y libre, triunfante sobre el tiempo y la muerte.
Nuestro camarada, amigo y hermano Chiko también nos deja esa cátedra de amor… sabía muy bien que el amor cuando es genuino también es revolucionario. Sin duda, en alguno de esos días luminosos en los pasillos de la Escuela de Historia o de Ciencia Política, Chiko miró a los ojos a su dulce y combativa compañera de toda la vida, Silvia Yolanda, y le susurró al oído con la certeza de los pueblos: “¡Amor, nosotros somos invencibles! De historia y pueblo estamos hechos… Ven con nosotros que la lucha continúa. Levanta tu orgullo, muchacha. ¡Nosotros venceremos, mi dulce compañera!”. Y en las veladas de guitarra y utopía, le dedicó con el alma aquella melodiosa declaración de Pablo Milanés: «Esto no puede ser no más que una canción…».
Hoy, ante su partida, el dolor de su ausencia termina poblándose de anécdotas, de recuerdos vivos y de una memoria comunitaria que se multiplica en voces de respeto, admiración y cariño. En este silencio, su voz se hace más patente que nunca. Cerramos los ojos y a través de los versos del poeta del pueblo, el poeta combativo llamado Octubre, lo escuchamos recitar como un testamento ético: Compañeros míos / yo cumplo mi papel luchando / con lo mejor que tengo / Qué lástima que tuviera vida tan pequeña / para tragedia tan grande y para tanto trabajo / No me apena dejarlos / con ustedes queda mi esperanza.
Tu siembra no cabe en el olvido, Chiko. Fuiste el sociólogo de los caminos, el guardián de los archivos proscritos y el hermano de los sueños compartidos. Nos enseñaste que la única forma digna de habitar esta patria es desgarrándose el alma para construirla hermosa. Descansa en paz en el subsuelo indomable de la tierra que tanto amaste.
[El eco eterno de nuestro camarada Chiko, Adelmo Bámaca]
Ciudad de Guatemala, 14 de mayo de 2026



