Por Miguel Angel Sandoval
Es una vaina hablar bien de un amigo cuando fallece. En el caso del “Tata” Perencén ocurre eso, al menos conmigo. Ayer recibí la noticia que no esperaba. Sabía que estaba con alguna enfermedad, pero no tenia idea de que fuera grave, terminal.
Lo conocí luego de la firma de la paz en la revista Noticias de Guatemala, en un equipo de redacción en donde alternamos Tulin, Enedelio y Perencén, o sea Chiko o el “Tata”. El clima era de fin de la guerra y sobre todo de inicio de una nueva época. El contenido de la revista era popular, social, con la gente. El equipo de planta era de amigos. Chiko siempre con la sonrisa franca, tratando de encontrar las vetas mas cercanas a la gente para escribir sobre esos temas.
Chiko venía del movimiento estudiantil. Sus pares fueron una serie de compas de la Horda, activos, luchadores e iconoclastas. No tenían mucho respeto por casi nada. Son los que se alzaron en el ultima promoción de estudiantes que llegó a la selva. Chiko fue parte de ese esfuerzo. Festejaban su ida al monte. Hacían fiestas de despedidas que tensaban los nervios de la gente más veterana, pero así era la Horda.
En los días de la paz armada, que se dio antes del 29 de diciembre, hubo alguna actividad no autorizada por la dirección y la ciudadanía, como se denominaban, no hizo el menor caso y le pegó fuego a una docena de camionetas, pues como siempre, habían subido el precio del pasaje. El Chiko fue a dar un curso o charla o como se diga, aún con olor inconfundible a gasolina pero sin mostrar nada que dijera que él y los de la Horda habían realizado esa falta clamorosa de disciplina.
Se firmó la paz y recalamos en Noticias de Guatemala. Se convirtió en redactor y en cualquier ocasión se le escuchaba decir “ese infeliz”, “esos infelices”, o “vos, infeliz”. Pero esa expresión no la cargaba de malas vibraciones, no la decía con odio y sí con cariño, como cuando decía “vos, infeliz” desde su computadora escribiendo y con la sonrisa a flor de labios. Vivía tranquilo. Contento, derramando empatía. Y ese creo que es el mejor rasgo que se le conocía. No sufría calenturitas cotidianas y siempre buscaba la salida, la solución, el arreglo.
Le pregunté a un amigo si Chiko cantaba, y me dijo que no, pero su esposa Silvia, su Seca de toda la vida, le había dicho que en su casa sí cantaba y rasguñaba la guitarra, pero nada de exhibirse. Solo le comenté que era cantante de armario, y nos reímos recordando al “infeliz” que le daba vergüenza cantar en público.
Su veta comprometida lo acompañó siempre. No hay nadie que ahora diga que perdió su naturaleza. Por el contrario, conversando con amigos de Chiko, encuentro que hay una especie de consenso: era amable, discreto, cariñoso, empático; no se metía en broncas por gusto, no criticaba a la gente, y como digo, siempre buscaba el puente.
Más adelante trabajo en varias instituciones, todas ligadas a algo social. En la Sepaz, cuando existía, fue de los fundadores del sindicato. No fue solo por mantener el chance, el fondo de todo era que la Sepaz estaba poco a poco, pero de forma consistente, abandonando la ruta de la paz, hasta que fue disuelta por uno de los innombrables gobiernos que hemos tenido. En alguna ocasión nos encontramos y me decía “esos infelices” quieren destruir el proceso de paz. Y por ello el sindicato.
Quizás me pidió que escribiera algún articulo sobre ese conflicto, pues se fueron a una huelga en la Sepaz, y con su clásico “vos,Tata, escribite algo sobre ese lio”, con su sonrisa de toda la vida y quedé comprometido. Lo hice pues me lo pidió y, como no era de rollo, entendí que era el momento de hacer unas líneas sobre ese conflicto. Creo que ganó su reinstalación, pero no pudo evitar que la Sepaz abandonara la ruta de la paz.
De lo último que supe de sus andanzas fue en las protestas del 2023. En el plantón frente al MP estuvo de forma permanente desde el primer día hasta el último. Su estilo de trabajo, su manera de socializar con medio mundo, el respeto que ponía en ello, más su condición de indígena, aun sin hablar el idioma, le tendieron puentes naturales con los dirigentes de los 48 Cantones, con los compañeros Ixil, los de Sololá y de muchos otros lugares. Otro amigo común, al hablar de este momento, creo que derramó unas lágrimas. Así la impronta del Perencén. El puente indispensable entre los militantes urbanos que sin consignas partidarias llegaron a Gerona a juntarse con la gente, para apoyarla a cambio de nada. Lo único que los unía era la urgencia de cambiar el país.
Fue un líder sin otro protagonismo que no fuera el de su ejemplo, el de la paciencia, o si se quiere, el de la empatía. Hacia todos los lados de nuestro complicado abanico político progresista o de izquierda o revolucionario. Conversando con un amigo común me decía que mucha gente veía en el “Tata” una especie de oasis, un termino que en los últimos tiempos se utiliza en psicología para calificar a esas personas que no son de todos los días, que derraman empatía por donde pasan, que generan confianza y respeto, que dan paz.
Algunos amigos sabían que estaba enfermo. No sé si sabían que era de cáncer y pensaban hacerle un homenaje en vida. Y en verdad que si alguien tenía amigos era el “Tata”. De todos colores, de todos los estilos. Hombre y mujeres, de todos. No se pudo, me dijo uno de ellos. Sin embargo, apenas fallecido, se publicó en redes una canción que define al “Tata”, al Chiko, al Perencén, al Azarías, por lo que un cuate le decía, esta mejor Chiko que tu nombre de pila, ya solo soltaba una carcajada, y le decía “vos, infeliz”. Adiós Perencén, que así le llamaba yo, ándate con todo y tu sombrero.



