Leonor Paz y Paz: Ternura, palabra y Lucha

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

Leonor Paz y Paz fue una mujer admirable: maestra, escritora y periodista, cuya memoria ha sido honrada por el Archivo de Historia Feminista de Guatemala de la Universidad de San Carlos. Nació el 22 de abril de 1932 en el departamento de Zacapa, Guatemala. La “Chiqui” fue la séptima hija de Alberto Paz y Paz y María Luisa González, antecedida por su hermana Elena.

Desde muy pequeña enfrentó una enfermedad neuromuscular progresiva que le impidió caminar y que, con el tiempo, en el último período de su vida, la dejó postrada en una cama. Sin embargo, esa condición nunca le impidió vivir a plenitud ni comprometerse con su tiempo. Su vida fue, en sí misma, una forma de lucha.

Fue una tía especial que nos marcó con sus relatos, cuentos y anécdotas. Entre los que nos contaba era un cuento de miedo, “La Carreta sin Bueyes” y, al ver que quedábamos aterrorizados, tenía la sensibilidad de agregar un final que nos devolviera la calma.

Uno de los cuentos que más le gustaba compartir era el de la solidaridad expresada en “Katín Matika”. Una versión muy resumida del cuento es la siguiente:

“Katín Matika era una niña muy pobre que, al ver la necesidad de su familia, se internó en el bosque y, para poder llevar alimento a su casa, hizo un trato con un ogro: él le daría comida, pero, a cambio, ella debería entregarle su vida un día. Con el peso de ese destino, la niña compartió su secreto con sus amigas, quienes le ofrecieron apoyarla.

“Llegado el momento en que Katín Matika debía cumplir su compromiso, el ogro llegó al pueblo y preguntó: ‘¿Quién es Katín Matika?’. Todas las niñas, vestidas igual y unidas, dieron un paso al frente y respondieron: ‘Yo soy Katín Matika’. Ante esa respuesta colectiva, el ogro quedó confundido e, incapaz de llevárselas a todas, se retiró. Así, la solidaridad salvó una vida y venció al miedo.”

Ese cuento, que ella repetía con especial cariño, parecía también una forma de nombrar su propia convicción: que solo en lo colectivo se protege la vida de manera efectiva.

De mis primeros recuerdos de ella es su esfuerzo por desplazarse, empujándose con sus piernas en un andador, en la casa de mis abuelos en El Gallito, en la esquina de la Avenida del Cementerio y 14 calle de la zona 3 de la Ciudad de Guatemala.

Vivió su infancia en Costa Rica, cuando Alberto Paz y Paz – su padre – se vio forzado al exilio debido a la persecución de la dictadura de Jorge Ubico, que estuvo a punto de asesinarlo, junto a su hermano Enrique Paz y Paz. A su regreso a Guatemala, estudió en el Colegio Belga, donde se graduó como maestra.

Durante la Revolución de Octubre de 1944, fundó y fue presidenta de la Asociación de Mujeres Dolores Bedoya. Fue muy activa en apoyo al proceso democrático que buscaba la modernización del país. En su silla de ruedas, participaba en las manifestaciones de apoyo a la transformación de Guatemala.

Entre las acciones sociales que realizó fue visitar las cárceles y procurar que presos por faltas menores pudieran aprender un oficio durante su detención y así poder obtener un trabajo al salir en libertad. También apoyaba a mujeres de escasos recursos para que pudieran comprar ropa, zapatos, medicamentos y cuadernos para sus hijos. Creyó en el poder transformador de la educación.

Fue escritora y periodista. Debido a que no podía escribir con sus dedos, utilizaba adaptadores que le permitían presionar con fuerza las teclas de la máquina de escribir para redactar sus columnas, cuentos y novelas. Su palabra fue siempre clara, comprometida y profundamente humana.

Publicó: 18 cuentos cortos (1955), Hojas de abril (prosa escogida, 1957) y Cartas a los maestros (1960), textos que reflejaban su sensibilidad social y vocación pedagógica. En 1963 dio a conocer Tanta esperanza y Lo que se calla, obras que dialogan con una época de tensiones y silencios. Más adelante publicó La mujer del pelo largo (novela, 1967), una de sus obras más reconocidas.

Su escritura también fue profundamente íntima: en Fantasía y realidad (1974), a través de cartas dirigidas a su hija, deja ver su mundo interior, sus reflexiones y su ternura. Posteriormente publicó Como si fueran cuentos (1978) y, muchos años después, Adultos 3 (novela testimonial, 1996), cerrando así un largo recorrido literario marcado por la sensibilidad, la conciencia social y la honestidad.

Esa conciencia social la llevó a integrarse al Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) y a colaborar con la lucha insurgente. Entre sus fotos más preciadas estaban las de Marco Antonio Yon Sosa y Luis Augusto Turcios Lima, símbolos de una generación que soñó con transformar Guatemala.

En plena “Guerra Fría”, tuvo la oportunidad de viajar más allá de la llamada “Cortina de Hierro”, visitando la entonces Unión Soviética, la China Popular y Cuba Socialista. Nos hablaba de los cambios vividos en esos países, de las oportunidades abiertas para quienes históricamente habían sido excluidos. Con orgullo y admiración, guardaba pines que le habían sido obsequiados durante ese recorrido.

Un detalle importante es que en la fotografía que guarda el Archivo de Historia Feminista, se le ve con el pelo corto. Se lo había recortado justo antes de regresar de su periplo por los países socialistas y, como expresión de rebeldía, decía: “Pelona y qué…”

Quiso ser madre y lo fue. En una sociedad mojigata, conservadora y prejuiciosa, su decisión generó críticas incluso dentro de algunos familiares: no estaba casada, ¿Cómo se atrevía? Sin embargo, asumió la maternidad con amor y firmeza, formando a su hija en principios y valores.

En 1974, en el contexto de las elecciones marcadas por el fraude, apoyó activamente la decisión del PGT de apoyar al Frente Nacional de Oposición. Aquella victoria popular fue arrebatada con un fraude muy burdo, cerrando nuevamente los caminos democráticos. Y aunque muchos quisieron defender la victoria, no hubo un liderazgo claro y, por el contrario, quien fue el candidato a presidente, negoció y optó por salir del país con el cargo de Agregado Militar de la Embajada de Guatemala en España.

Sus amistades fueron muchas: periodistas, escritores, artistas, personas sencillas y humildes. Entre ellos quiero mencionar, para que no se olvide, a Iván Arankosky, a quien, con humor familiar, llamábamos “Iván Ivienen”. También tuvo una relación entrañable con su hermana Elena, con quien compartía confidencias, complicidades y afectos profundos. Un eterno enamorado de ella fue el poeta Julio Fausto Aguilera.

Con los años, su vida se fue apagando lentamente. Murió en el año 2000, cumpliendo esa ley de la vida que ella misma había comprendido y plasmado en una de sus columnas, “Los pinos nuevos y los pinos viejos”, donde reflexionaba sobre cómo la vida se renueva una y otra vez, triunfando sobre la muerte.

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