Del voto nulo a las elecciones secundarias: lo que el pueblo ya aprendió

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Vicente Carrera

En 2018 impulsé, junto a otros ciudadanos, la idea de una alianza de partidos de izquierda en Guatemala. La propuesta no buscaba únicamente sumar siglas; pretendía responder a un momento político donde amplios sectores sociales reclamaban cambios profundos frente a la corrupción y el agotamiento del sistema político tradicional. Sin embargo, aquella alianza nunca se concretó. Los partidos no respondieron al llamado ciudadano y cada organización terminó caminando por su cuenta.

Aquella experiencia dejó una lección importante: cuando la política partidaria no logra articularse, la ciudadanía busca otras formas de expresión.

En 2023 decidí apoyar públicamente el voto nulo como una forma de protesta frente a un sistema electoral que muchos consideraban agotado. Lo que ocurrió en la primera vuelta de esas elecciones fue inédito: el voto nulo obtuvo el porcentaje más alto de la jornada. Aquello no fue un simple dato estadístico; fue una señal política clara de descontento con la oferta electoral existente.

Paradójicamente, ese escenario abrió el camino para uno de los resultados más inesperados de la historia política reciente del país: la llegada de Bernardo Arévalo a la presidencia. En medio de un ambiente de hartazgo ciudadano, una candidatura que inicialmente parecía improbable logró canalizar parte de la demanda de cambio que se expresaba en las urnas.

Pero más allá del resultado presidencial, lo verdaderamente importante fue lo que el proceso dejó en la cultura política del país.

Durante años se pensó que la transformación debía venir necesariamente de grandes alianzas partidarias o de coaliciones ideológicas. Hoy la realidad parece mostrar otro camino. La ciudadanía ha empezado a organizarse desde sus propios entornos: comunidades, municipios, redes locales y movimientos sociales que ya no dependen exclusivamente de las estructuras tradicionales de los partidos.

Las elecciones secundarias recientes lo han demostrado. Cada proceso local, cada elección institucional y cada debate público muestra a una ciudadanía más atenta, más crítica y menos dispuesta a aceptar decisiones tomadas a puerta cerrada.

En este nuevo escenario político, vuelve a surgir la pregunta sobre la posibilidad de una gran alianza de fuerzas progresistas o de izquierda. Sin embargo, los datos actuales parecen indicar otra tendencia. Diversos análisis señalan que el mayor porcentaje de intención de voto se concentra hoy en proyectos políticos específicos, entre ellos el proyecto Raíces, lo que refleja una reorganización del mapa político más allá de las viejas coaliciones.

Esto no significa necesariamente que la idea de alianzas haya desaparecido. Significa, más bien, que el país está transitando hacia una etapa distinta. La ciudadanía ya no espera pasivamente a que los partidos construyan acuerdos en las cúpulas. Hoy la política también se construye desde abajo.

El aprendizaje colectivo de los últimos años ha sido profundo. El voto nulo de 2023 fue una forma de decir “así no”. Las elecciones posteriores han mostrado que la ciudadanía también puede decir “así sí”, cuando encuentra proyectos que considera creíbles o cuando logra organizarse para defender intereses locales.

Tal vez la lección más importante es que la política guatemalteca está cambiando de forma. Durante décadas, las decisiones parecían concentrarse en partidos, élites o alianzas entre dirigentes. Hoy, cada vez más, las decisiones se están desplazando hacia el terreno ciudadano.

En ese contexto, insistir únicamente en la lógica de grandes alianzas podría resultar insuficiente para entender lo que está ocurriendo. La transformación política que vive Guatemala no se está construyendo únicamente en las mesas de negociación entre partidos. Está ocurriendo en barrios, comunidades y municipios donde las personas han comenzado a participar, cuestionar y vigilar con mayor atención a quienes toman decisiones.

El país todavía enfrenta enormes desafíos: desigualdad, corrupción, debilidad institucional y una democracia que sigue siendo frágil. Pero también enfrenta algo nuevo: una ciudadanía que ha aprendido a utilizar su voto, su voz y su organización local para incidir en la vida pública.

Quizá la verdadera alianza que hoy está emergiendo no es la de los partidos, sino la de los ciudadanos que decidieron no quedarse al margen.

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