Por Dante Liano
Cuando se lee Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias, uno de los relatos más cautivadores es el viaje de Goyo Yic y su compadre Domingo Revolorio hacia Santa Cruz de las Cruces (poblado claramente imaginario). Antes de emprender camino, ambos compadres deciden hacer un negocio. Compran un garrafón de aguardiente para vender en la feria de ese lugar. La conversación entre ambos tiene la poderosa fuerza de la fábula y también de la autobiografía. Hablan de licor, argumento que Asturias no ignoraba para esas fechas. Hablan con conocimiento de causa, como se dice. En efecto, Revolorio confiesa al amigo que tuvo una primera cantina y se la bebió. Luego, que tuvo una segunda cantina, y se la bebieron los amigos. El lector no tiene que hacer ningún esfuerzo para comprender esa metáfora. Tal es la maravilla del lenguaje: convertir en ociosa cualquier explicación, porque todo el lenguaje es metáfora. Aparte de esa confesión, que implica la promesa de no tocar el líquido contenido en el garrafón, ambos amigos hacen una suerte de acuerdo comercial que suena a juramento: entre ellos, nada será gratis. Si alguno de los dos quiere beber un trago de ese garrafón, lo debe pagar en dinero contante y sonante. Con tales buenas intenciones se van a dormir y, al día siguiente, de buena mañana, emprenden viaje por los antiguos y polvorientos caminos de la provincia. El garrafón pesa, el sol escuece, el aire se enrarece. Por la fatiga, se turnan para cargar el precioso licor. En algún momento, uno de los dos, con sorna asturiana, lo bautiza: “La dichosura, la lindura, la preciosura” (cito de memoria, no sé si acierto con el orden). El sereno y el alba provocan sed en los fatigados negociantes. De la compra les habían sobrado seis pesos, que Goyo Yic custodiaba en su bolsillo. “Compadre”, dice a Domingo, que estaba en el turno de cargar. “Puesto que hemos jurado no regalarnos el licor, véndame un huacalito de aguardiente”. Saca los seis pesos y los ofrece al amigo. Revolorio, ante el pago en contante, sirve un trago al sediento. Siguen camino. Algún tiempo después, la sed acosa a Domingo, quien, puesto que posee los seis pesos pagados por el amigo, propone la compra de un huacalito de aguardiente. De ese modo, el dinero regresa al bolsillo de Goyo Yic. Se puede adivinar cómo prosigue el relato. Los seis pesos cambian de mano a medida que los amigos se venden, uno al otro, tal cantidad de huacalitos de aguardiente que el garrafón se vacía y, como es natural, ambos caen al suelo completamente borrachos. Desde el suelo se preguntan a dónde fue a parar la ganancia que habían calculado, si, como es verdad, se habían vendido uno al otro cada trago.
Se atribuye a Miguel Ángel Asturias una vaga pertenencia al llamado “realismo mágico”. El cuento apenas relatado tiene magia, pero no aquella que designa un cambio de la realidad a través de ritos y hechicerías, sino por el encanto casi infantil del relato. Goyo Yic y Domingo Revolorio son dos personajes ingenuos y simples, de aquellos que pueblan el acervo de la tradición oral popular. De alguna manera, son parientes de Simplicissimus, del Lazarillo, del Guzmán de Alfarache o de Huckleberry Finn. En los relatos folklóricos, de Tío Conejo y Tío Coyote o de Pedro de Urdemales. Esos parentescos son fáciles de evocar. No lo es, en cambio, su relación con la tradición judía, en particular con la memoria oral yiddisch. Un azar de las lecturas me llevó a los cuentos de Isaac Bashevis Singer, quien pesca en la tradición popular polaca. En la colección Gimpel, el tonto, hay un cuento singular, contenida en otras colecciones del autor. Aparece también en Stories for Children, cuyo nombre no debe engañar. Singer escribía estos relatos sin un destinatario preciso, de modo que pueden ser leídos también por un adulto. Poseen la magia del gran narrador. El cuento se intitula Shlemiel the Businessman,y se desarrolla en Chelm, pueblo fantástico en donde habitan los cándidos, los ingenuos, los inocentes. Uno de ellos es Shlemiel, que, en la tradición yiddisch, es el nombre de un personaje cuya simplicidad raya en la tontería. Shlemiel decide hacer negocios y, para ello, usa la dote de su mujer. Se va a Lublin, en donde compra una cabra joven destinada a la producción de leche. De regreso, hace una parada en Piatsk, y, mientras duerme, el posadero le cambia la cabra por una vieja y enferma. Shlemiel no se da cuenta y regresa a Chelm con el adefesio. La familia, que esperaba con ansia el resultado del viaje, estalla en improperios cuando ve al animal. Shlemiel decide regresar a Lublin para reclamar la estafa. Duerme en la misma taberna de antes, y el bandido propietario, al enterarse que va a denunciar a la policía la estafa, le vuelve a cambiar la cabra, de modo que cuando Shlemiel presenta el reclamo, los vendedores le dicen que todo está en regla. Entonces regresa a su pueblo, se para en Piatsk, el posadero le vuelve a cambiar la cabra, y al llegar a casa, la familia explota en improperios al encontrarse, de nuevo, con la cabra enferma. No obstante este fracaso, Shlemiel prueba suerte, de nuevo, en la ciudad de Lemberg. Allí un sinvergüenza le vende una trompeta que, según él, apaga el fuego de los incendios. Cuando regresa a Chelm, Shlemiel incendia la casa de sus suegros, y cuando intenta apagar las llamas con su trompeta, el artificio no funciona. Y con la casa de sus suegros, acaba también con la dote de su mujer.
A pesar de los dos fracasos, Shlemiel no cede: quiere convertirse en hombre de negocios. En vista de que, fuera de su pueblo, hay una multitud de estafadores y sinvergüenzas, decide hacer sus negocios en Chelm. La tradición del pueblo contenía la producción de un licor dulce: un brandy que gustaba mucho a Shlemiel. Por tanto, decide comprar un barril y venderlo en el mercado a tres groschen el vaso. Mientras tanto, su esposa decide acompañarlo en el negocio, y como primer gesto en la sociedad, compra el barrilito de brandy. Al día siguiente, pusieron un puesto en el mercado de Chelm: una mesita, algunos vasos, el barril y un letrero que anunciaba el maravilloso y dulce brandy del lugar a solo tres groschen por vaso. Pues bien, no obstante la bebida fuese muy gustada por los habitantes de Chelm, o precisamente por eso, el precio parecía muy alto a los compradores. Solo al principio, se acercó un señor, compró un vasito, se lo bebió y dio el dinero a los vendedores. Pasó una hora, y nadie compraba. Schlemiel se descorazonó. Su desaliento fue tan grande que sintió la necesidad de echarse un trago. Entonces, escarbando en su bolsillo, encontró los tres groschen que le había dejado el único comprador. Observó a las tres monedas que brillaban en su mano y se dijo: “Mi dinero no vale menos que el de otros”. Se volteó hacia su esposa y le ofreció: “Aquí están tres groschen. Véndeme un traguito”.
La esposa le respondió: “Tienes razón, Schlemiel. Tus monedas valen como las de cualquier otro”. Dicho y hecho, le sirvió un vaso de brandy. Schlemiel lo degustó y chasqueó la lengua del placer. Al poco rato, su señora sintió sed. Entonces se dirigió a su marido y le dijo: “Mi dinero no vale menos que el de otros. Véndeme un traguito”. Schlemiel procedió a llenar el vasito con el brandy y la señora se dio el gusto de beber el dulce licor. Así, a lo largo del día, los dos esposos, en la medida que los groschen cambiaban de mano, se iban comprando y bebiendo el contenido del barrilito. Al final, el barrilito estaba casi vacío pero en sus bolsillos había solo los tres groschen del principio. Schlemiel y su esposa se devanaron los sesos tratando de explicarse cómo era posible que, habiendo vendido al contado cada vaso de brandy, la cantidad de dinero acumulada por la venta se había evaporado. Por más que reflexionaron, no lograron resolver el enigma. Y pensaron que ni siquiera el consejo de ancianos de Chelm sería capaz de aclarar el misterio.
¿Cómo es posible que la misma historia se cuente entre los volcanes, los ríos y los caminos mayas de Guatemala y entre las montañas y lagos del interior de Polonia, en su comunidad hebrea? No importa saber quién escribió primero el relato, si Asturias o Singer. Importa conocer su fuente común. Parece improbable que Singer se haya inspirado en Asturias, porque su fuente, muy clara, son las leyendas y tradiciones chasídicas de la cultura hebrea polaca; y también improbable es que Asturias haya leído a Singer, porque la composición de Hombres de maíz es anterior a los cuentos del autor judío. Existe una clasificación de los esquemas del relato folkórico: una de Arno y la otra de Stith-Thompson. Ninguna de las dos contempla a nuestro relato. Quizá sea mejor así: tal vez lo mejor de la literatura, la magia de la literatura, sea ese misterio fantástico e inexplicable, esa raíz común a la conciencia de los hombres, ese secreto indecible que llamamos, de otro modo, poesía.



