Por Dante Liano
Ese mes de enero, sobre San Andrés cayó un manto de hielo. El tiempo era así, circular e implacable, puntual con sus repeticiones y sus ciclos. Los campesinos sabían qué esperarse y ajustaban sus costumbres y sus ritos. En octubre habían caído las últimas lluvias, tan abundantes que hicieron temer que el río saliera de su madre. De pronto, cesaron las lluvias y llegaron los vientos de noviembre. Los muchachos copiaron las costumbres de otras partes y construyeron barriletes enormes que volaban en los cerros vecinos, allí donde no había mucho árbol. En diciembre la gente se comenzó a quejar de que no había mucho frío, pero, en eso, llegó Navidad y entonces arreció el clima. Como siempre, el último del año fue una noche helada. Los días que siguieron fueron cada vez más encarnizados, todos andaban con sus chaquetas de lana, con sus gorritos de colores comprados en el mercado, soplándose las palmas de las manos como si quisieran calentárselas. En los periódicos salían fotos de granizadas en el alto Occidente, fotos que hacían aparecer el paisaje como si hubiera nevado. En muchas casas, los que podían encendían los grandes braseros de barro de Totonicapán, en donde ardían, hasta la madrugada, carbones ardientes que despedían un humo embriagador. Uno se metía a la cama casi vestido, con una gorra en la cabeza, y tiritaba con escándalo porque las sábanas estaban heladas y se calentaban con el calor de los cuerpos.
Era la época en que, en San Andrés, la luz eléctrica duraba hasta las nueve de la noche. Después de esa hora, se encendían las candelas en todas las casas, y, al rato, la gente se iba a acostar, a esperar la luz del alba. Era la época en que bañarse, antes del desayuno, quitaba el aliento y procuraba escalofríos. Era la época en que se contaban más cuentos, la mayoría de miedo, a la luz de las velas parpadeantes que aumentaban la magia de los relatos. Parecía como si esas narraciones calentaran un poco la imaginación, o, de alguna manera, procuraran una especie de relajamiento, quizá por la vecindad de los que escuchaban. Sobre San Andrés brillaban las estrellas y la falta de luz las hacía resplandecer mucho más. No había nubes: solo el cielo negro adornado y cubierto de esos diamantes que relucían y parpadeaban. Las constelaciones se veían como si se pudieran agarrar con la mano y los luceros se distinguían perfectamente, cuando hacían su trabajo de guías y profetas.
El comisario Paniagua era joven, entonces. También él se retiraba temprano, en su modesta casa de la parta alta del pueblo. Una de esas noches, de invierno cerrado, se distrajo oyendo la radio nacional mientras ordenaba la mesa en donde había cenado un plato de frijoles acompañados de plátanos fritos. Bebió el café caliente y, con lentitud, encendió las brasas del tinajón de Toto, que figuraba una máscara amenazadora y ancestral. Procedió con los ocotes, unos palitos rubios de entusiasmo efímero, que sacaban altas llamas de la nada, y que se consumían en un segundo. Los carbones se resistían a prender, no obstante estar regadas de generoso kerosene. Paniagua insistió con los ocotes, hasta que la base de los carbones comenzó a ponerse roja. Sin darse cuenta, el comisario había cogido calor con esa operación, un extraño calor, porque lo sentía solo en la parte expuesta al fuego. De todos modos, mejor que la blanca sensación de escalofríos que iba ganando a toda la casa. Una vez que estuvo seguro de que las pequeñas llamas prendían en el brasero, se levantó de golpe y se mareó. Le pasaba siempre. Era como si el mundo tuviera un remezón. Cuando regresó de ese breve mareo, caminó hacia el quinqué, porque la luz se había ido en ese instante. No le fue difícil encender la lámpara de petróleo, que le iba a iluminar las pocas páginas del libro que leía todas las noches antes de irse a acostar. Algunos párrafos y el sueño lo invadía. En ese período, estaba leyendo unas fábulas orientales, cuya magia lo fascinaba. En el momento en que un anciano sabio era interrogado para resolver un misterio, el quinqué se apagó como si una ráfaga de viento hubiera atravesado la habitación. Extraño, pensó Paniagua, porque el ambiente estaba sereno, y las ventanas sigilosamente selladas. Volvió a encender la lámpara, pero, después de un instante, se volvió a apagar de un soplido. La tercera vez que sucedió, decidió irse de una vez a la cama, que era una forma de resolver el problema. Le extrañó que también el brasero se hubiera apagado.
Lo que no sabía Paniagua era que en todo el pueblo había pasado lo mismo. Todo el mundo, o casi, tenía un pequeño brasero para las noches de frío intenso. No todos se podían dar el lujo de poseer un mascarón de Totonicapán, pero se las arreglaban con lo que había menester. Cuando Paniagua llegó a su oficina, en el centro del pueblo, se encontró con que toda la gente comentaba el misterio de las brasas apagadas. A todos, a la misma hora, les había pasado lo mismo: las brasas se habían extinguido de repente, y, aunque las volvieran a prender, se volvían a apagar. A la hora del café, Paniagua se reunió con el farmacéutico y el barbero. Natural, comenzaron a tratar de resolver el misterio. No pudieron, porque no había forma. La conversación se había deslizado a los partidos de fútbol, cuando llegó Secundino a decirle: “¡Comisario, hay una señora muy agitada que le quiere hablar!”. Con disgusto, Paniagua dejó a los otros dos desocupados, y regresó a la oficina. La señora que lo esperaba era muy humilde. Alguna vez la había visto, en el mercado, sentada en el suelo delante de una canasta de huisquiles. Al menos, eso recordaba. La señora traía la solución del misterio. “¿Usted se acuerda del hijo de la Petronila Musús, señor comisario?”. Paniagua dijo que sí, aunque no se recordaba. La señora adivinó. “Es aquel muchacho que se murió en septiembre, cerca de la fiesta nacional”. Paniagua, entonces, evocó la figura endeble de ese hijo único, sin padre, siempre junto a la madre fúnebre. “Ha de saber, señor comisario”, dijo la mujer, “que a este muchacho le encontraron un cáncer en el hospital de Santa Ana. Era un cáncer muy feo y los médicos no dieron esperanzas. Entonces él le pidió al cura que rezara mucho, porque lo único que esperaba era poder ver el vuelo de los barriletes en noviembre. Le hacía mucha ilusión. En cambio, se murió en septiembre. Anoche se me presentó en sueños. Me dijo que estaba enojado porque el cura no había rezado lo suficiente, y que le exigía al pueblo que le llevaran flores y comida y velas y marimba a su tumba, para descansar en paz. Fui con el cura y el cura me dijo que viniera con usted para que organizara ese funeral hoy por la noche”. Paniagua se quedó perplejo. Se las llevaba de incrédulo, agnóstico y pirujo, pero al mismo tiempo conocía a su gente. Eran capaces de armar una insurrección si no hacían caso al alma en pena. Así que fue a hablar con el cura y, juntos vencieron el escepticismo y la incredulidad, no fuera a ser verdad lo que tachaban de ignorancia y superstición.
Esa noche descendió sobre el pueblo una tibieza inaudita. De pronto, el frío desapareció y el pueblo se sumergió en una pausa sensual y cálida, de modo que el espíritu de la gente se llenó de dulzura. De los cantones del pueblo salieron varias procesiones, capitaneadas por los jefes de las cofradías, que eran también los guías espirituales de San Andrés. Llevaban veladoras de diferentes colores, incienso, pom, piedras milenarias, varas de adivinación, cuentas de cristales transparentes, rosarios de dulce, panela, pan, café. Un río de gente salió de cada barrio y caminó, más bien subió, porque el cementerio estaba en alto, hacia la humilde tumba del muchacho que amaba ver volar a los barriletes. Todas las beatas de la iglesia se vistieron de negro, con sus madrileñas de encaje, como las hormigas en torno a un trozo de azúcar. Los señores de traje sin corbata, como dirigentes de un estado oriental. El comisario, al llegar, en el jeep destartalado que el gobierno le había mandado, notó que no había muchos mausoleos. Un par de familias pudientes habían contratado a unos de italianos de la capital, quienes construyeron breves mamotretos con ángeles y madonas de mármol fingido. El resto eran las tumbas del pueblo, de variados colores pastel, con los esqueletos de las viejas coronas de flores que colgaban su antigüedad de las cruces de cal y cemento. La ceremonia fue larga, desde la luz del crepúsculo sesgada, que extendía las sombras sobre el suelo, a la penumbra dorada del atardecer, hasta la noche cerrada de alcohol y ausencia. Primero ofició el cura, con sus latines, monaguillos y novenas. Luego, los guías espirituales, los abuelos y las abuelas, que desgranaron su antigua sabiduría, en palabras desangeladas semejantes a confidencias y lamentos. Pesaba el aire, como si las abejas hubieran suspendido la miel en el ambiente. Pesaba el alma, con el bálsamo de la plegaria. Pesaba la mente, porque la noche se acercaba. “El muchacho puede estar contento”, pensó el comisario mientras regresaba a su casa, lentamente y a pie. “Hemos celebrado su deseo, su petición, su añoranza. Ahora puede reposar, en el viento y en los árboles”. En efecto, esa noche no se apagaron las candelas, no se apagó el quinqué, no se apagaron los braseros.



