La desventurada gesta de William Walker

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

William Walker parece, en un retrato de época, un poeta romántico o un dandy trasnochado, o quizá, un estudiante universitario laborioso o un proficuo heredero de las haciendas del sur de los Estados Unidos. El pelo liso, corto, pegado a la cabeza, como el de un bailarín de tango, el rostro alargado y flaco de aristócrata real o fingido, los ojos pequeños, avaros, la nariz recta, breve, y los labios finos, como si se estuviera preparando al baile anual de un colegio cualquiera. Corbata de pajarito, camisa inmaculada y una chaqueta con solapas de terciopelo, que se imagina azul, aunque la foto esté en blanco y negro. William Walker nació en Nashville, el 8 de mayo de 1824 (un año después de que el presidente Monroe hubiera enunciado la doctrina que lo volvió famoso: “América para los americanos”, ante los embates coloniales de los europeos, que pretendían cobrar las deudas de los países americanos asaltando sus territorios. Fue como si dijera: “si alguien tiene derecho de invadir a los países de América, somos nosotros, los del Norte”. Y así fue). Walker estaba destinado a ser uno de los ejecutores de tal doctrina. 

Walker no había nacido para ser el fragoroso militar que la historia nos devuelve. Quizá su destino fuera el de envarado petimetre. En efecto, los amorosos cuidados de su madre Mary Norvel, hija de un héroe de la guerra de Secesión, lo transportaron a los estudios universitarios. A solo 14 años se graduó con todos los honores en la Universidad de su pueblo natal. Nashville, a mitad del siglo XIX, habrá sido un pueblón rural, con difundidos perfumes de establo y ruidosos relinchos equinos que poblaban el ambiente, enrarecido y meloso como en una novela de Faulkner. El refinado gentleman sureño aspiraba a más, y quizá por eso viajó a Europa. En Edimburgo estudió medicina y en Heidelberg completó sus estudios. No había cumplido veinte años cuando se instaló, de regreso, en Filadelfia. Ejerció la medicina también en Nueva Orleáns, en donde entretenía su aburrimiento estudiando leyes. De médico pasó a abogado y de abogado a periodista. Trabajó en el New Orleans Crescent, sin pena ni gloria. Más entretenido su trabajo en los diarios de San Francisco, pues tuvo que sostener varios duelos a causa de sus opiniones provocadoras. Salió malparado de esos embates. La vida comenzaba a complicarse, y también los amores no le eran favorables. 

En esa época, Walker no podía saber que su destino se enlazaba con la fiebre del oro, con el canal de Nicaragua y con el imperialismo inglés. Hacia 1850, miles de hombres se desplazaban de los estados del este hacia California, atraídos por la quimera de riquezas fáciles en las venas de las minas auríferas del Oeste. El camino más fácil y rápido se encontraba en el Río San Juan, situado en la frontera entre Nicaragua y Costa Rica. Un empresario norteamericano de nombre hollywoodiano, Cornelius Vanderbilt, obtuvo del presidente Laureano Pineda, de Nicaragua, la concesión exclusiva para la navegación del río San Juan. Pineda era liberal, y lo era también su colega Mora, de Costa Rica, que protestó vivamente por el abuso contra los derechos costarricenses. La protesta no habría tenido mucha importancia si no hubiera estado apoyada por los ingleses, que aparecerán más de una vez por esas costas selváticas y calurosas. El negocio de Vanderbilt floreció, abundante. El historiador Rodolfo Pastor dice que decenas de miles de estadounidenses cruzaban el río San Juan, en los vapores de la “Compañía del Tránsito”, mientras cantaban, acompañándose con el banyo: Managua, Nicaragua, is a wonderful place. ¿Podía tan buen negocio gozar de su prosperidad sin despertar codicia y envidia? P. T. Morgan, otro empresario norteamericano, decidió romper el monopolio de Vanderbilt, y para ello le sirvió uno de los innumerables desencuentros (llamémoslo así, piadosamente) entre liberales y conservadores. Dicho sea de paso, todo el siglo XIX hispanoamericano se desangró en violentas guerras entre ambas facciones. Es aquí, en la competición entre los dos magnates norteamericanos, y entre las estúpidas guerras nativas, en donde aparece William Walker.

Quiere la leyenda que el caballero sureño, que había transitado de la medicina al derecho, y del ejercicio legal al periodismo, fuera herido, más que por los cruentos duelos a los que había sido retado, por el amor de una mujer. Se dice que esos desengaños lo condujeron a convertirse en un condottiero de fortuna y que escogió, como terreno para ejercitar sus dotes militares, a los desgraciados territorios del sur de América. Con el desenfado de la falta de leyes de mediados del Ochocientos, Walker se creyó el predestinado conquistador de la Baja California. Con un ejército desharrapado, logró conquistar La Paz, capital de la Baja California y, grandilocuente, fundó la República de Baja California, de la cual, obvio, se nombró presidente. Poco tiempo después, insaciable, fundó la República de Sonora, aunque jamás haya conquistado el estado mexicano del mismo nombre. Más bien, los fieros habitantes del lugar se resistieron a la aventura walkeriana y al poco tiempo lo vencieron y lo obligaron a la retirada. De regreso, sus compasivos y cómplices paisanos lo absolvieron del delito de guerra ilegal (como, en realidad, había emprendido). No regresó a la vida civil. Había probado el sabor del poder y buscó nuevos horizontes para sus empresas de filibustero.

La prosperidad de Vanderbilt y su “Compañía de Tránsito” se habían convertido en inestabilidad política en Nicaragua. Los liberales habían creado un gobierno en León y los conservadores otro, en Granada. Puesto que los ingleses ayudaban a los conservadores, los liberales pidieron ayuda a los Estados Unidos. P. T. Morgan aprovechó la oportunidad y contrató a William Walker para que fuera en auxilio de “la democracia liberal”. Quizá sea la primera vez que los Estados Unidos invocan el restablecimiento de la democracia para invadir un país. Quizá sea la creación de un modelo que se repetirá después. Quizá sea, ese modelo, una invencible estructura que se repite: invasión, caos, final amargo. Por lo menos, eso pasó con Walker. Quien fundó un pequeño ejército al que llamó, con modestia, “La Falange de los Inmortales”, y que tan inmortal no fue ante la resistencia de los conservadores. De todos modos, pronto capturó Granada e impuso un gobierno con un par de colaboracionistas, Rivas y Corral. Al poco tiempo, Walker pensó que lo mejor era autoproclamarse presidente de Nicaragua, y para muestra de su resolución, hizo fusilar a Corral como traidor. Como es obvio, toda esa operación tenía un corolario: anular la concesión a Vanderbilt y otorgarla, en cambio, a su patrón Morgan. El gobierno norteamericano aprobó, en forma tácita, la operación. Y todo habría quedado allí si no hubiera sido porque a William Walker, en su furor imperial, no se le hubiera ido la mano. Inútilmente, arrasó Granada, una de las ciudades más importantes de Centroamérica. Además, restableció la esclavitud en el territorio nicaragüense. No satisfecho con ello, se proclamó presidente de Honduras y El Salvador. Solo entonces los gobiernos centroamericanos, liberales y conservadores, se unieron para luchar contra la felonía de Walker y, cosa insólita, contra “la agresión de Estados Unidos a Centroamérica”. Un año duró la guerra, alimentada por la ayuda de los ingleses y del infaltable Vanderbilt. Al cabo de ese año, William Walker había sido derrotado. Su retorno a Nueva Orleáns fue triunfal: sus paisanos lo recibieron como a un héroe. Enviciado de locura y poder, regresó a Nicaragua dos veces, para recuperar el mando, y dos veces lo rescataron los marines. A la tercera, fue capturado en Honduras por los ingleses y consignado al gobierno de ese país. Walker fue fusilado, en 1860, sin más trámites. Terminaba, en forma melancólica, la desaforada gesta de un invasor que se creyó omnipotente y todopoderoso. Terminó como están destinados a terminar los ególatras, los dictadores, los prepotentes, los que creen poseer la clave de la historia y no saben que su destino es repetido, circular, patético.

(Debo las informaciones históricas del texto a Rodolfo Pastor, Historia mínima de Centroamérica, Centro de Estudios Históricos-El Colegio de México, México, 2011, pp. 183-190)

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