2026: Las batallas que se vienen

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Créditos: Prensa Comunitaria

Héctor Silva Ávalos

No fue, 2025, una buena marca en el calendario. Durante el primer año de la segunda administración de Donald Trump en Estados Unidos se debilitaron más las ideas y prácticas democráticas en buena parte del Hemisferio Occidental. Fue un año en que vimos, como nuestros abuelos lo atestiguaron en los 30 y 40 del siglo pasado, un nuevo ascenso de los fascismos. Porque eso es lo que vivimos al mediar esta segunda década del Siglo XXI: el ascenso del fascismo en Washington y en varios países de América Latina, incluidos El Salvador de Nayib Bukele, la Costa Rica de Rodrigo Chaves y, ahora, el Chile de José Antonio Kast. 

O, al menos, fue 2025 año del ascenso y consolidación de líderes con desvaríos mesiánicos que entienden la seguridad pública como el bien político más importante y a sí mismos como elegidos para conducir a sus gobernados según los designios que a ellos, los jefes, les parezcan correctos, y no a los que dictan las leyes y las normas básicas de convivencia democrática; líderes para quienes su idea de gobierno, y la de ellos como figuras eternas al frente de sus países, está siempre por encima de los derechos de sus gobernados.

No es que estos regímenes puedan equipararse del todo al fascismo que campeó en la Europa de entreguerras a principios del Siglo XX, porque estos autoritarismos del Siglo XXI aún no son completos, pero además porque no todos cumplen con el manual escrito entonces. 

Así, por ejemplo, el fascismo de Trump encuentra en el nacionalismo exacerbado y en la xenofobia elementos que hacen recordar a los totalitarismos alemán, ruso e italiano de finales del XIX e inicios del XX. Y aunque el presidente de los Estados Unidos actúa con absoluto desprecio a la democracia parlamentaria que su país inauguró hace 250 años, la separación de poderes sigue existiendo; es más débil pero no está muerta.

Aun así, la persecución despiadada a los extranjeros ha alcanzado picos que no se veían en Estados Unidos desde que en 1942 el presidente Franklin Roosevelt metió a unas 120,000 personas de origen japonés, buena parte de ellos ciudadanos estadounidenses, en 12 campos de concentración. Lo política antiinmigrante de ahora es similar, incluso peor.

Hoy como hace 80 años, el gobierno de los Estados Unidos utiliza el odio al extranjero para avanzar políticas públicas que incluyen encarcelamientos ilegales, desapariciones forzadas, torturas y persecución cotidiana basada en el origen racial. Eso es una característica del fascismo. También del nazismo.

Más efectiva que la de Trump ha sido la consolidación de la ruta totalitaria de Nayib Bukele en El Salvador. Este presidente, que lleva ya seis años en el poder, incluido uno y medio de gobierno ilegal tras una reelección que está prohibida por la Constitución de El Salvador, sigue haciendo caja de sus logros en seguridad, que incluyen una baja sensible en los homicidios gracias a un pacto de gobernabilidad con las pandillas MS13 y Barrio 28 y a la eliminación de derechos fundamentales de sus ciudadanos. En El Salvador de Bukele, al término de 2025, hay presos políticos, la mayor parte de la información pública está oculta, no hay separación real de poderes, la prensa independiente ha tenido que exiliarse y, para 2026, se vienen los capítulos más duros de un ajuste fiscal que ya inició con despidos masivos en el sector salud.

En la particular marca de fascismo que ha instaurado Bukele no es el racial un elemento importante, sí lo es el desprecio a la democracia parlamentaria y, sobre todo, la idea mesiánica en la que se basa todo el modelo. Hay ya estudios académicos hechos en El Salvador que muestran el desarrollo de esa idea en la práctica, con todos sus simbolismos y narrativas: el outsider, el enfant terrible, el elegido, el hombre fuerte, el infalible, la víctima de poderes ocultos, etc. 

Como en otros fascismos, en el de Bukele y en el de Trump también es idea central el culto al líder. Y, como en los viejos regímenes europeos, ese culto se asocia a la idea de que los gobernados deben de entregar a ese jefe toda su soberanía y sus derechos. Esa es otra característica del fascismo, su afán totalitario y ese es también otro rasgo compartido a lo largo de los tiempos. 

Umberto Eco, el semiólogo y escritor italiano, lo explica así en un discurso sobre el fascismo pronunciado en 1995: “Si con totalitarismo uno se refiere a un régimen que subordina cada acto del individuo al estado y su ideología, entonces tanto el nazismo y el estalinismo eran verdaderos regímenes totalitarios”. En casos como el salvadoreño y el estadounidense, la ideología es una sola, la del líder, o, de otro modo, el líder es la ideología.

Bukele había empezado en 2022, cuando instaló el régimen de excepción que privó a la ciudadanía salvadoreña de derechos básicos como la libre asociación, el debido proceso o la libertad de expresión, y cuando inició la reforma legal que le ha permitido liberar el camino para deshacerse de todas las trabas constitucionales para la expansión de su poder. 

Ha sido en 2025 cuando el presidente salvadoreño se quitó de una vez por todas las máscaras democráticas que aún no había desechado: en mayo, tras meter a la cárcel a Ruth López, una de sus críticas más incansables y respetadas, desató a su policía política para perseguir y forzar al exilio a los críticos que aún quedaban. Fue, 2025, un año de consolidación de este régimen.

Al continente americano el 2026 lo encontrará, en lo político, escorado hacia una derecha que es diferente a la que se aupó al poder en los 90 tras aquel efímero fin de la historia que proclamó Fukuyama y tan mal entendimos. Si a la caída del Muro de Berlín siguieron, en las Américas, los gobiernos de derechas que se autoproclamaron ilustradas -desde Salinas de Gortari en México hasta Carlos Menem en la Argentina, pasando por Óscar Berger en Guatemala y Francisco Flores en El Salvador-, a la segunda década del XXI llega el continente una derecha más, una menos avergonzada de sus filias fascistas y sus desprecios a la democracia. Una derecha más pinochetista.

Porque, a la entrada de 2026, vuelve a ser normal, mainstream digamos, lanzar aquello de que Pinochet fue un gran estadista que, sí, cometió algunas imprudencias, pero al final lo hizo por el bien de la patria. Eso también se dijo de Ríos Montt en Guatemala, pero siempre desde la nostalgia trasnochada de viejos generales que se vieron sentados en cortes que los acusaron de genocidio. Hoy estos asuntos vuelven al discurso oficial.

En Estados Unidos vuelve a ser normal renegar, desde la misma Casa Blanca, de las luchas por los derechos civiles de los afroamericanos o de aquello que dijo Thomas Jefferson, fundador de la república estadounidense: “Todos los hombres son creados como iguales, y a todos les otorgó el Creador ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la consecución de la felicidad”. En la versión de la Unión Americana que preside Donald Trump eso ha dejado de ser una verdad fundacional, porque en esa versión el color de la piel y el origen de los antepasados es un obstáculo para la ciudadanía a pesar de lo que está escrito en la Constitución.

En el Chile de Kast, si se juzga por sus proclamas de campaña, el asunto de la xenofobia también estará al centro del discurso oficial. Y así.

¿Cómo se resiste a eso? Una batalla tras otra, como postularon los movimientos radicales de los 60 que protestaron en las calles de Estados Unidos contra el racismo y la guerra en Vietnam. 

Habrá batallas electorales, como las legislativas de noviembre en Estados Unidos, donde el trumpismo se juega la posibilidad de reclamar el trecho de poder que aún le falta para cimentar su poder. Y habrá otras, más importantes quizá, las que librarán los ciudadanos de todos los días que viven bajo estos regímenes, incluidos los millones que votaron por entregar su libertad a los autoritarios: las batallas por llegar a fin de mes, por no morir en sistemas sanitarios imposibles de pagar, por no ser desahuciados en mercados habitacionales cada vez prohibitivos.

No es que sean, todos estos, problemas nuevos. Son los de siempre. Hoy hay, sin embargo, algo que Estados Unidos no vivía desde los años del macartismo y de lo que América Latina creyó haberse desecho cuando, por la fuerza o por el voto, jubiló a los últimos tiranos del Siglo XX: hoy vuelve a haber fascistas y aprendices de fascistas en los palacios presidenciales, gobernantes que, en nombre de sí mismos, no han mostrado reparos en encarcelar, matar o exiliar a quien emprende las batallas.

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