Poetas y enamorados

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

Hay una ilustración escolar que representa, de alguna manera, la relación de Dante Alighieri con su amada Beatriz. En esa ilustración, vemos, en primer plano, al poeta con su clásico perfil aquilino: rasgos afilados, la nariz importante y aguda, los pómulos tallados en mármol. Sobre la cabeza, una especie de cufia roja que se habrá usado en la época. Estamos en una calle de la antigua Florencia, con sus paredes de almendra y avellana, y los reflejos dorados del sol otoñal. Al otro lado de la calle, discurre la bella Beatriz, lejana y deseada, indiferente a la mirada ansiosa del poeta. Hay un gesto, en Dante, hacia la dama, pero es solo un gesto, porque ella prosigue sin advertir su presencia. Uno imagina lo que sigue: la bella que continúa su marcha, impasible; el poeta que se queda atrás, sin consuelo. Esa romántica situación probablemente no se dio nunca, si no en la construcción imaginaria del amor dictada por el movimiento fundado por los poetas florentinos: el dolce stil nuovo, cuya deuda con la poesía provenzal era muy grande. En efecto, los bardos del sur de Francia inventaron una situación que derivaba de las costumbres en las altas esferas de la sociedad: el llamado “amor cortés”. Se cantaba un amor, necesariamente imposible, por una dama inalcanzable. Por desdeñosa, por presuntuosa o simplemente porque estaba casada. O porque estaba en una esfera social a la cual el poeta no pertenecía. Digamos que era una situación bastante cómoda, porque se podía amar en modo múltiple y desenfadado sin necesidad de llegar al punto de la cuestión. El cantor se podía enamorar de la misma reina, porque, todos lo sabían, era un amor platónico y lejano. Dicho de otro modo, se amaba más el acto de cantar el amor que al amor mismo. De esos teóricos amores proviene la poesía de Dante y Petrarca, y con ellos, buena parte de la tradición lírica occidental. Como es natural, hay excepciones a esta poesía angelical y descarnada. Existe un soneto de Quevedo, ese travieso cortesano maldiciente, que se atreve a lo carnal, con tono de juguete:

¡Ay, Floralba! Soñé que te… ¿Direlo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.
Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte».
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.

De todos modos, Quevedo respeta la trama del amor cortés, pues a las llamas de su pasión, Floralba opone la nieve y el hielo, según las reglas de tal movimiento. Mas lo importante de este singular soneto es la clara alusión a lo sexual, sin tanto eufemismo: “soñé que te gozaba”. Luego se desencadena el virtuosismo lingüístico de Quevedo, con una avalancha de antítesis, que, según Borges, es la figura favorita de los españoles del Siglo de Oro. Es muy difícil (no imposible) encontrar la directa mención de la carnalidad en la poesía occidental. A diferencia de Oriente, los autores cristianos ostentan pudor y remisión delante de la sexualidad. Por eso, llama la atención la carnalidad de la poesía mística española, que deja de lado la tradición provenzal para abrazar la oriental. Y también por eso llama la atención que, del otro lado del Atlántico, en la poesía azteca, encontremos una composición decididamente voluptuosa. 

Debemos a Miguel León Portilla y al padre Ángel María Garibay el conocimiento de la lírica nahuatl, practicada profusamente por las civilizaciones mesoamericanas. En general, conocemos las reflexiones que, con un cierto abuso, podríamos llamar existencialistas, del rey Netzahualcoyotl. Menos las de otros poetas, no inferiores a la intensidad del melancólico monarca. Una de ellas nos sirve para conocer la existencia de las Ahuiani, hermosas mujeres destinadas a vivir en la corte y cuya función parece haber sido la de procurar placer carnal a los guerreros, según un artículo de Katarzyna Szobik. Parece ser que había toda una producción poética dedicada a dichas damas, y metáforas acuñadas explícitamente para ellas, como Xiuhtlamiyahuatzin, que vale como “artefacto perfecto de turquesas”, o Quetzalxochitzin, “flor de quetzal”, o Papaloxoch, “flor mariposa”. León Portilla reporta un poema escrito por el chichimeca Tlaltecatzin:

En la soledad yo canto
a aquel que es mi Dios.
En el lugar de la Luz y del calor,
en el lugar del mundo,
el florido cacao está espumoso,
la bebida que con flores embriaga.
Yo tengo anhelo,
lo saborea mi corazón,
se embriaga mi corazón,
en verdad mi corazón lo sabe:
¡Ave roja de cuello de hule!
fresca y ardorosa,
luces tu guirlanda de flores
¡Oh madre!
Dulce, sabrosa mujer,
preciosa flor de maíz tostado,
sólo te prestas,
serás abandonada,
tendrás que irte,
quedarás descarnada.
Aquí tú has venido,
frente a los príncipes,
tú, maravillosa criatura,
invitas al placer.
Sobre la estera de plumas amarillas y azules
aquí estás erguida.
Preciosa flor de maíz tostado,
sólo te prestas,
serás abandonada.
Tendrás que irte,
Quedarás descarnada.

Según Szobik, la alusión al cacao espumoso es metáfora de la unión sexual: el placer de la comunión amorosa es solo comparable a la embriaguez producida por la bebida (en efecto, en época prehispánica el cacao se dejaba fermentar hasta que se volvía un licor alcohólico). Así, la belleza de las Ahuiani también es semejante al cacao, porque embriaga y da placer. A lo largo del poema hay, también, algunas metáforas usuales en la poesía nahua. Por ejemplo, dice Szobik, la flor simboliza la fragancia, el sabor y la borrachera. También alude a la poesía. Otra metáfora usada en la lírica nahua es izquixochtil, “preciosa flor de maíz tostado”. Obviamente, no existe una flor producida por el maíz tostado. Se trata de una metáfora que alude al color moreno de la piel de la mujer, y esa metáfora aparece profusamente en otros poetas de la época. Otra metáfora común es “Ave roja de cuello de hule”, en donde “ave roja” declara la delicadeza, la fragilidad y también la belleza de la Ahuiani, combinada con la pasión que comporta el color rojo. Pareciera ser que el “cuello de hule” alude a la elasticidad de los jóvenes cuerpos de las mujeres. Importantes los adjetivos para calificar a las mujeres: no solo “fresca, maravillosa y preciosa”, que podrían caber en la lírica provenzal, sino “ardorosa, sabrosa, dulce”, que sin duda aluden a la sensualidad de los cuerpos que se unen. No hay duda que nos encontramos delante de una poesía que ensalza el placer carnal, pero su conclusión es melancólica. Al final, se cierra con un recuerdo de la fugacidad de la juventud y de la vida, un recuerdo de cómo la experiencia vital se extingue rápidamente por el paso del tiempo y por la inexorable llegada de la muerte. En cierto sentido, el mismo reclamo de Netzahualcoyotl, la misma tristeza, la misma incertidumbre, la misma fugaz conciencia de la vida. 

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