Regresar al pueblo siempre mueve algo por dentro, pero esta vez la vuelta tuvo un peso distinto. Alejandro González regresó a Santa Anita Las Canoas e Irineo Ambrosio a su caserío Joya Linda Vista, ambos en San Martín Jilotepeque. La guerra se atravesó en su camino y les arrebató la vida antes de tiempo, pero no pudo borrar el rastro que dejaron.
Por Joel Solano
Sus comunidades los reciben con el mismo calor de siempre, con el abrazo de la gente que compartió con ellos la milpa, el camino y el trabajo diario. Volvieron a su tierra no como una cifra del pasado, sino como lo que fueron y siguen siendo: hombres de pueblo que lucharon hasta el final por una vida más digna para los suyos.
Esta es la historia de Alejandro e Irineo, quienes perdieron la vida durante una incursión del Ejército en sus aldeas. Sus restos estaban en fosas clandestinas en la comunidad de Santa Anita y en Joya Villa Linda, que pertenecen a San Martín Jilotepeque en Chimaltenango. El viernes 21 de agosto fueron identificados por la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) y entregados a sus familiares para que sean sepultados de una forma digna.
Un abrazo de dignidad tras 44 años de espera
En Santa Anita Las Canoas, el paso del tiempo no ha logrado borrar la herida que dejó aquel año de 1982. Tras 44 largos años de incertidumbre, los vecinos de esta comunidad de San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, finalmente se reunieron para darle la bienvenida que tanto esperaban a Alejandro González Curruchich. Los rostros de las familias reflejan una mezcla de alivio y nostalgia al sentir que el descanso de su ser querido por fin está cerca.
Aunque pasen las décadas, nunca dejaron de esperar este momento para poder traerlo de vuelta a casa con dignidad, compartieron vecinos con voz conmovida durante el emotivo recibimiento. Este retorno representa un paso sagrado para toda la comunidad, que une sus manos para sanar el dolor y acompañar con respeto el reencuentro de Alejandro con la tierra que lo vio nacer.
Durante décadas, el dolor de la ausencia ha pesado en el corazón de las familias que vieron marchar a sus seres queridos sin volver a saber de ellos. En medio del miedo y la confusión de aquellos años difíciles, la vida para muchos jóvenes cambió de la noche a la mañana.
Después de cuatro décadas de incansable búsqueda, este día hace entrega de los restos de Irineo Ambrosio a su familia en un acto de dignidad, memoria y justicia para el Caserío Joya Linda Vista, comunidad de Patzaj, San Martín Jilotepeque, #Chimaltenango
— Prensa Comunitaria Km169 (@PrensaComunitar) August 21, 2026
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La tarde que la tranquilidad se rompió
Leonardo González, hijo de Alejandro, a sus 69 años, recuerda con claridad aquel día de su infancia cuando los soldados llegaron a las lomas de la comunidad y la gente tuvo que huir hacia la montaña: Yo era solo un patojo de 14 años que caminaba con otros muchachos cuando todo ocurrió, relata con la voz pausada de quien ha guardado ese recuerdo durante casi toda una vida. Su testimonio refleja la memoria viva de toda una comunidad que hoy sigue contando sus historias para no olvidar y mantener el legado de los suyos.
Aquella tarde, cerca de las cinco y media, la tranquilidad del pueblo se rompió en un segundo entre los disparos que obligaron a todos a huir hacia las montañas. Leonardo aún recuerda el miedo atroz mientras corría junto a sus vecinos para ocultarse entre los matorrales y el barranco sin saber si saldrían con vida. En medio de la confusión, el peligro no dio tregua y varios compañeros sufrieron graves heridas mientras intentaban protegerse de la balacera. Nos tiramos al barranco para salvar nuestra vida y al compañero Pascual se le rompió la cabeza en la caída, relata Leonardo sobre la desesperación de esa huida. Aquellas cicatrices físicas y del alma siguen vivas en la memoria de una comunidad que aprendió a cuidarse en medio de las sombras.


La huida, las ruinas y una columna de humo
Tras pasar horas escondidos bajo la vegetación mientras las bombas retumbaban cerca y las balas pasaban, varios vecinos emprendieron una larga y agotadora caminata durante toda la noche hacia la comunidad de Ciega Grande para salvar sus vidas. Al regresar tres días después, la devastación era total: las casas estaban saqueadas y las tropas de soldados se habían llevado y destruido todos sus animales de granja.
A pesar del cansancio y la desolación de encontrar su pueblo destruido, el consuelo más grande llegó al ver a lo lejos las señales de vida de sus seres queridos. Caminamos toda la noche y al bajar la loma vi salir el humo de mi casa; Ahí está mi mamá, dije yo y me vine para abajo, recuerda Leonardo con profunda emoción sobre aquel momento en que reencontró a su familia. Esa pequeña columna de humo en medio de las ruinas se convirtió en el símbolo de esperanza y resistencia para una comunidad que tuvo que reconstruir su vida desde cero.
El doloroso regreso a lo que quedaba del hogar estuvo marcado por la angustia de no saber quiénes habían logrado sobrevivir a la huida hacia el barranco. Doña Felipa Batzak apenas pudo contener las lágrimas al ver aparecer a su hijo Leonardo tras el ataque y preguntarle entre abrazos: ¿Te viniste, mi hijo? ¿No te moriste? Recuerda Leonardo cuando su mamá lo ve volver.

Las hermanas de Ambrosio Irineo le prepararon altar y lo recibieron con incienso.
La calma duró poco, pues la dura realidad se hizo presente cuando llegaron las noticias de los familiares que faltaban por volver. Tras salir a buscar por el monte siguiendo la descripción de su ropa, el joven halló finalmente a su ser querido sin vida entre la vegetación del barranco. Esta desgarradora vivencia permanece como una herida abierta en la memoria comunitaria, donde el recuerdo de los que no regresaron sigue uniendo a los vecinos en el dolor y la dignidad.

Convertirse en padre a la fuerza
Con el dolor de haber perdido a su padre en aquella masacre y entre los disparos, Leonardo tuvo que asumir de golpe la responsabilidad de sacar adelante a toda su familia. Con la fuerza de sus brazos, no solo ayudó a envolver y sepultar el cuerpo de su padre en el campo, sino que asumió el trabajo duro de la tierra para sostener a sus hermanos más pequeños.
No me dejó riquezas, pero la herencia que me dejó es trabajar con el sudor de la frente, le va bien decía mi Papá, recuerda con el orgullo intacto del deber cumplido al trabajar honradamente. A pesar de los choques con su madre por intentar criarlos de forma estricta ante la falta de una figura paterna, logró ver crecer y encaminar a sus hermanos antes de hacer su propia vida. Hoy, la comunidad reconoce en historias como está la dignidad de los hijos que se convirtieron en padres a la fuerza para que la vida continuara a pesar de la tragedia.
El terror sembrado por los soldados y tenientes durante la violencia en el pueblo permanece grabado como una pesadilla imborrable para los vecinos. Muchos recuerdan cómo la iglesia del pueblo fue rodeada por completo mientras mantenían a la gente acorralada bajo amenazas, y a muchos que fueron fusilados en público sin piedad. Ante la crueldad vivida, la valentía de hombres mayores como don Eduardo Ambrosio destacó cuando decidió dar la cara para proteger al resto antes de ser llevado ante el pelotón.
“En ese momento yo solo pensaba que Dios se encargara de hacer justicia, pero que todo tiene que salir a la luz un día”, indica Leonardo González tras presenciar cómo arrebataban la vida a sus vecinos a quemarropa. Hoy, la comunidad mantiene viva la voz y la fe para que aquellas atrocidades no queden en la impunidad y la memoria de sus mártires sea respetada.
Para los vecinos de la comunidad, el alivio de seguir recuperando a sus seres queridos viene acompañado de un profundo deseo de paz para las futuras generaciones. Leonardo González expresa con mucha claridad el sentir de todas las familias al pedir que estos dolorosos capítulos de la historia nunca más se vuelvan a repetir en su tierra: Esperemos y confiemos en Dios que esto ya no vuelva a pasar, pero también queremos que haya justicia para que no se repita, señala Leonardo con la firmeza de quien busca proteger el futuro de los suyos.
Con la esperanza puesta en la verdad y el recuerdo de sus deudos, la gente del pueblo camina unida exigiendo que se respete la vida y la dignidad de cada habitante. Así, entre la fe y la memoria activa, la comunidad reafirma diariamente su compromiso de cuidar la tranquilidad que con tanto dolor consiguieron.
Irineo: cerrar la fosa clandestina para abrir el altar del hogar
En el caserío Joya Linda Vista de la comunidad de Patzaj, los vecinos se reunieron para acompañar con respeto y cariño a la familia de Irineo Ambrosio Salomón en el esperado regreso a su hogar. Tras 44 largos años de incertidumbre desde que fuera asesinado en 1982 durante la violencia que azotó a San Martín Jilotepeque, la comunidad por fin pudo darle la despedida digna que le fue negada por tanto tiempo.
El ambiente en el pueblo se siente cargado de nostalgia, pero también de un profundo alivio al saber que sus restos descansarán en la tierra que lo vio nacer. Recibirlo de vuelta no quita el dolor de tantos años, pero al menos nos da la tranquilidad de saber que ya está descansando en paz entre su gente, cuenta su hermana Francisca Ambrosio durante el emotivo encuentro. Con flores y oraciones, los habitantes de Joya Linda Vista reafirman que la memoria de sus seres queridos sigue intacta en el corazón de toda la comunidad.
A sus 57 años, Simona Ambrosio Salomón siente que un peso gigante finalmente se levanta de su pecho al poder recibir a su hermano Irineo de vuelta en casa. Para los vecinos que lo han acompañado a lo largo de décadas, la jornada llena de alivio a todo el pueblo tras la dolorosa pérdida. Entre abrazos y miradas de apoyo de la comunidad, el calor del hogar vuelve a abrazar la memoria de quien nunca debió ser arrebatado de los suyos.
Lamentablemente ya no está vivo, pero me alegro y siento paz que igual él ya está aquí en mi hogar, cuenta Simona Ambrosio con la emoción a flor de piel ante la mirada atenta de su gente. Así, entre oraciones y memorias compartidas, los habitantes del lugar demuestran que la dignidad y el amor por los suyos permanecen intactos frente al paso del tiempo.
El reencuentro con los restos del ser querido trae consigo un alivio esperado durante años por toda la comunidad de la aldea. Para la familia, dejar atrás la incertidumbre de una fosa clandestina significa poder darle por fin una sepultura digna en el cementerio del pueblo. Los vecinos se han volcado a acompañar este momento, compartiendo el dolor, pero también el consuelo de tener un lugar sagrado al cual llevarle flores. Ahí donde estaba no era un cementerio, era una fosa clandestina, pero hoy por la gracia de Dios ya lo vamos a poder visitar, cuenta Simona. Este paso tan anhelado permite a los suyos cerrar un largo capítulo de sufrimiento y saber que ahora descansa en paz muy cerca de casa.

El recuerdo en la milpa y la promesa cumplida
La comunidad aún guarda con dolor el recuerdo de aquel trágico día de hace 44 años, cuando la violencia irrumpió de golpe en la vida de una familia local. Al regresar de San José Poaquil, la víctima se topó de frente con los soldados del Ejército y, tras una desesperada persecución por el camino, perdió la vida a manos de las tropas. Con el paso de las décadas, algunos detalles de su juventud se han ido borrando del recuerdo familiar, pero el dolor de su partida prematura sigue intacto entre sus seres queridos. Él corrió porque ya no aguantó cuando lo persiguieron y allí lo mataron, ya ni nos acordamos cuántos años tenía en ese tiempo, relata su hermana con la voz quebrada al recordar la injusticia de su muerte. Hoy, los vecinos se unen en oración y respeto para mantener viva la memoria de quien nunca llegó de vuelta a su hogar.
En los recuerdos más sencillos de la vida en el campo se guarda el cariño diario de quienes trabajaron la tierra con los suyos. Los vecinos de la comunidad evocan con nostalgia aquellas jornadas donde la rutina de la siembra y la cosecha se llenaba de afecto con los pequeños gestos del hogar. Quienes caminaron a su lado recuerdan con claridad los recorridos entre las milpas para acompañarse en medio de las duras labores del día a día. Él trabajaba en el campo y nos queríamos mucho; cuando se iba desde temprano, yo siempre salía a dejarle su almuerzo, recuerda su hermana Simona con una sonrisa tibia que revive esos momentos compartidos. Esos recuerdos de trabajo honrado y unión familiar permanecen hoy intactos en el corazón de un pueblo que no olvida la dignidad de su gente.
Francisca Ambrosio Salomón recuerda con emoción los días en que su hermano Irineo llenaba la casa de alegría con su trabajo en el campo y el cuidado de sus animales. Para ella y su familia, la herida más grande durante todos estos años fue no tener un lugar donde llevarle una oración, como sí lo hacían con sus padres en el cementerio. Sin embargo, este día el dolor le abre espacio al consuelo al tenerlo de regreso en el hogar antes de darle su descanso eterno.
Nosotros vivíamos muy felices con él y compartíamos la comida en la mesa, por eso me siento muy feliz de que por fin llegó a la casa, indica Francisca mientras se prepara para llevarle flores. La comunidad acompaña a la familia de Irineo para dejarlo descansar en el cementerio de la localidad, sabiendo que a partir de este año en noviembre la familia finalmente podrá dejarle un recuerdo en un altar con dignidad.
El dolor de la espera se volvió una carga larga que acompañó durante toda su vida a los padres de Irineo Ambrosio, quienes partieron de este mundo sin cumplir el anhelo de volver a ver a su hijo. Hoy son sus hermanas las que toman el testigo de la memoria familiar para abrirle las puertas del hogar y darle el reencuentro que sus papás tanto buscaron. Las vecinas del caserío se acercan a la vivienda a brindarles un abrazo reconfortante, entendiendo la profunda nostalgia que mezcla la pena y el alivio en este día.
Nuestros padres también lo estuvieron buscando, pero no lograron verlo porque fallecieron antes; hoy nosotras somos las que aquí lo recibimos con todo el corazón, cuentan sus hermanas entre lágrimas y muestras de apoyo. Esta bienvenida no solo cierra años de doloroso silencio, sino que cumple la promesa de la comunidad de no dejar en el olvido a ninguno de los suyos.
Después de cuatro décadas de incansable búsqueda, este día hace entrega de los restos de Irineo Ambrosio a su familia en un acto de dignidad, memoria y justicia para el Caserío Joya Linda Vista, comunidad de Patzaj, San Martín Jilotepeque, #Chimaltenango
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Clamor por la infancia y la no repetición
Con los ojos empañados, pero con la fuerza que da el verdadero cariño, las hermanas de Irineo unen sus voces para enviar un mensaje que nace desde lo más profundo del corazón de todo el pueblo. Ellas recuerdan lo duro que fue ver interrumpida la tranquilidad del hogar y cómo la violencia destruyó el derecho de las familias a envejecer juntas en su propia tierra.
Al ver a los más pequeños corretear por el patio, las dos mujeres insisten en que ninguna familia debería volver a atravesar la amargura de la ausencia. Pedimos con el alma que estos hechos dolorosos no se vuelvan a repetir nunca para que la niñez no sufra estos actos tan horrendos, señalaron juntas rodeadas del apoyo de todos sus vecinos. La comunidad entera abraza ese clamor, dejando en claro que recordar el pasado es el camino más sincero para proteger a las futuras generaciones.
Este año en noviembre por fin, los recuerdos de la niñez que solían corretearse por el patio, Leonardo, Simona y Francisca no tendrán que buscar rastros en el barranco ni imaginar el humo sobre las ruinas. Cuarenta y cuatro años después de aquella tarde en que doña Felipa abrazó a su hijo entre las lágrimas de la huida, las familias de Alejandro e Irineo finalmente tienen un lugar con nombre propio en el cementerio de sus comunidades en San Martín Jilotepeque para encender sus velas y llevarles flores para conmemorarlos.



