Por Dante Liano
Un lugar común recita que la vida de los empleados de banco suele ser aburrida. En cierto sentido, puedo corroborar, con mi rutina, que es así. Pero no siempre. A veces, hasta en los momentos más somnolientos puede introducirse una dimensión onírica, a veces sueño agradable, a veces pesadilla. Eso me pasó una mañana de sábado, cuando atendía a los aburridos clientes del Banco Copeca, con sus trámites, formularios y solicitudes. Ya había escuchado varias tonterías, cosas que los empleados nos contamos en las pausas del café, en un vicioso señalar que los clientes son idiotas, o repulsivos, o mañosos. Cada cierto tiempo el destino me depara la ocasión de ejercer, sin proponérmelo del todo, esa forma de caridad que consiste en tolerar la ignorancia ajena con una sonrisa que no delata el esfuerzo que me cuesta. Así ocurrió con la señora Everts, que llegó a mi ventanilla con la solemnidad de quien trae una revelación, y me pidió que sus ahorros fueran depositados «en billetes nuevos, recién salidos del banco central, porque el dinero usado -según ella- guardaba la mala suerte de quienes lo habían tocado antes». Yo, que llevo años administrando el arte de no reírme en el momento inoportuno, le respondí que el banco no distingue entre billetes afortunados y billetes aciagos, y que su dinero, en todo caso, dejaría pronto de ser papel para convertirse en una cifra abstracta, ajena ya a toda superstición. Ella insistió, apelando a una tía suya que había enriquecido gracias a no sé qué billete virgen, y yo asentí con la cabeza, no porque la creyera, sino porque he aprendido que negar de frente las certezas de un cliente es un lujo que solo se permiten quienes no han comprendido aún que nuestra verdadera función no es corregir el mundo, sino administrarlo con la resignación de quien sabe demasiado para discutir con quien sabe tan poco.
Esa mañana, un cliente anciano me anunció el motivo de su consulta. «Hice una transferencia equivocada», me dijo. Pensé que había que ser verdaderamente distraído como para mandar dinero a un número de cuenta que no se conoce. El anciano se había preparado bien. Me mostró una carta dirigida al banco, en donde admitía su equivocación, escribía el número de cuenta equivocada y pedía la restitución del dinero, que no era mucho. La carta estaba tan bien redactada que parecía evidente la intervención de la inteligencia artificial. «Espere un momento», dije al hombre. Escribí el número de la cuenta beneficiada con el error y me apareció el nombre de un cliente, con todos sus datos. Apareció, también, que había recibido el dinero. «¿Conoce usted a la persona que recibió el dinero?», se me ocurrió preguntar. «No. No sé quién es». «Yo no se lo puedo revelar, por respeto a la privacidad», le dije. «Si fuera posible saberlo, me haría un favor. Así lo contacto y me hago devolver la plata». «Imposible», lo corté. «Está prohibido por el banco». «¿Y entonces, ¿qué puedo hacer para recuperar esa cantidad?». Lo miré, desconcertado. El error era suyo y los errores se pagan. «No se puede hacer nada, señor», le aclaré. «Tiene que confiar en la buena voluntad del destinatario. Nosotros lo vamos a contactar y le pediremos que restituya el dinero.
El señor se apoyó en el borde del escritorio: «Quedarse con un dinero recibido por equivocación es un delito», afirmó. «En ese caso, usted tendría que ir a la policía», le contesté. El hombre se rio. «Usted y yo sabemos que no sirve para nada», afirmó. Como tenía razón, le hice una sonrisa de gato. El trámite había terminado o así lo parecía. Después de un silencio embarazoso, el hombre susurró: «¿Mire, no lo podríamos arreglar de otro modo?» Me extrañó escuchar esa introducción al soborno, con la pregunta clave que se usa en todos lados, en mi propio ambiente de trabajo y dirigida a mí. El anciano llevaba un sobre, preparado, con antelación. «Aquí está el diez por ciento de la cantidad transferida», me dijo. «Basta que me dé los datos del beneficiario». Yo pensé en la hipoteca de la casa, en los recibos de agua y luz, en el juguete para los nenes. Pensé que el señor tenía razón cuando quería recuperar su dinero. Pensé que la privacidad, en nuestro país, era ridícula. Cogí el sobre y escribí, en un papelito, los datos que el anciano necesitaba.
Lo que pasó entonces lo supe un par de días después. El anciano había regresado a su casa, había sacado de su armario una pistola y había escrito en Waze la dirección del que había recibido la transferencia. Estaba en una zona residencial. El nombre equivalía a un anónimo: Hermes Cueto, un nombre como cualquier otro en la extensa ciudad. La dirección hablaba de una zona de gente rica: grandes mansiones custodiadas por altos muros, puertas de metal, vidrios quebrados en las cornisas, perros feroces de eternos ladridos y policías privados con el arma en la cintura. El vehículo de anciano era un viejo Toyota Yaris, comprado en el año dos mil, pero que todavía funcionaba. Carecía de todos los opcionales electrónicos de los nuevos vehículos, pero hacía su trabajo. El lunes, luego de dos horas en el eterno tráfico desordenado, el anciano entró en el barrio lujoso. Era tan lujoso que no necesitaba una garita, como en los condominios de la clase media. Aquí, cada quien tenía sus guardaespaldas particulares y sofisticados sistemas de alarma. El anciano estacionó su carro casi delante de la puerta de Hermes Cueto. Se le acercó un hombre colorado, visiblemente del Oriente del país. No se sabía si era robusto o gordo, o ambas cosas. «¿Qué se le ofrece, don?», preguntó, brusco. «Busco a don Hermes», le contestó el viejo. «¿Para qué?». «Me debe un dinero». La cara del guardaespaldas no escondió la estupefacción. Salió otro guardaespaldas. La negociación se hizo larga. El anciano pensó que no lo iban a dejar entrar.
El debate se resolvió con la aparición de don Hermes Cueto. «Mire, jefe», le dijo uno de los gorilas: «Aquí está este don que viene a cobrar un dinerito». Cueto era alto, con una panza respetable, cabellos grises que delataban la mediana edad, y una vestimenta inadecuada para la zona en que vivía. «Pase adelante», le dijo. Ya en la primera sala de la casa, hundido en un sofá monumental, el anciano explicó la cuestión de la transferencia. «Y ahora usted quiere que le devuelva el dinero», completó el razonamiento el hombre. «¿Les apetece un café?», irrumpió una mujer bastante joven, vistosa y exagerada de formas, excesiva también en la voz. «Mi esposa», la presentó Cueto. Al anciano le costó levantarse para saludar. Pensó: «¿En qué me he metido?». Pero ya no había salida. Hizo una especie de reverencia delante de la afrodisíaca venus que se había alejado contoneándose, la vista de marido y guardaespaldas clavadas en sus abundancias posteriores. «Ningún problema, mi amigo», le dijo Cueto, después del café con champurradas que les había servido una mucama de uniforme y cofia. «Vamos juntos al banco y allí arreglamos el asunto». Enseguida ordenó a uno de sus policías: «Mirá, vos, baboso: llevanos en el Mercedes al Copeca».
Cuando los vi aparecer en mi oficina, comprendí todo, o casi todo. Recordaba al anciano alegador de la transferencia equivocada y cómo no iba a reconocer a don Hermes Cueto, uno de los principales clientes del banco. Casi cada semana, aparecía con fajos de billetes, incontables fajos por cientos de miles de dólares. Según la ley, tenía que verificar, con el Banco, la procedencia del dinero. Según la mordida que me daba, la verificación la dejábamos para el juicio final. Según mis jefes, alfombra roja para el cliente distinguido. Obviamente, no hicieron ninguna cola. La insólita pareja se sentó delante de mí y no pude dejar de notar la incomodidad del anciano. Todo era extraño, pero lo más extraño habría sido que Hermes Cueto devolviera el dinero. «Mire, maestro», me dijo. «Aquí le traigo a este amigo, que tiene toda la intención de donar un dinerito para la causa». No se rio fuerte. Se rio quedito, como los que ganan una mano fácil en el juego. El anciano se volteó a verlo, extrañado. «¿No me va a devolver la transferencia?», preguntó, asombrado. Cueto lo miró como si estuviera observando a un ratón apenas caído en la jaula. «La transferencia es la que me va a hacer usted a mí», le respondió. Luego, me preguntó: «¿Cuánto tiene el joven en su cuenta?». Toda la privacidad del mundo se fue al carajo cuando consulté la pantalla y comuniqué a Cueto la cantidad exacta. El hombre frunció la nariz: «Bueno, seamos buenos. Dejémosle el diez por ciento. El resto va para mí». El anciano no chistó. El bulto que emergía de la cintura de Cueto valía más que toda una argumentación socrática. Ya mucho era salir vivo del trance. Efectué la transacción ante los ojos acuosos del potentado. La mirada del anciano era transparente y repleta de angustia. Le saqué el diez por ciento, como siempre que hacíamos una movida con Hermes. No por nada, yo era su hombre en el banco. Cuando los vi salir, volví a pensar, con un cierto alivio, en las hipotecas, en las facturas de agua y luz y en la posibilidad de comprarme un pichirilo mejor del que andaba gastando.



