Por Josué Fiallo
Once metros. Un círculo de cal blanca, apenas un puñado de polvo sobre el césped. El estadio contiene la respiración y el ruido se retira como se retira el mar antes de una ola. Kylian Mbappé acomoda la pelota con la punta del botín, dos toques, uno más. Toma carrera. La red se sacude. Francia uno, Paraguay cero, octavos de final del Mundial. El rugido vuelve y lo cubre todo.
Ese fue el penal que se vio.
El otro se cobró horas después, en la pantalla de un teléfono, con esa luz azul que le pone cara de insomnio a quien la mira. Ahí, en la red social X, la senadora paraguaya Celeste Amarilla escribió que el futbolista era un “bruto que no aprendió ni a escribir”, un “camerunés colonizado”, y que en lugar de leche materna había mamado cocos, y que lo más culto que había escuchado en su vida eran chimpancés. La Oficina de Derechos Humanos de la ONU calificó esas palabras de racistas y deshumanizantes. No hace falta ser diplomático para entender lo que son. Basta ser humano.
Mbappé respondió en dos frases. La llamó “mujer despreciable e indigna de su cargo” y agregó que ella no representa a Paraguay.
Ahí pudo terminar. No terminó. Y lo que vino después es lo verdaderamente revelador, porque una ofensa dicha en caliente pertenece a la biografía de quien la dice, pero una defensa construida en frío pertenece a la biografía de un continente.
Primero borró los mensajes. Luego publicó una carta, invitando al futbolista a leerla “si es que sabe leer”, reciclando la burla dentro de la aclaración. Después se declaró víctima de violencia política y de género. Amenazó con querellar al agraviado. Denunció un “plan perverso” de la FIFA, acusando a Gianni Infantino de gestionar su silencio a través de Emmanuel Macron y del presidente Santiago Peña. Advirtió, con una sonrisa que no era sonrisa, que se cuidara de los paraguayos, “acá metimos preso a Ronaldinho”. Y entonces dijo la frase que ordena todo el episodio: “soy de una época en la que era común decir negros de m…”.
Léala otra vez.
No es una disculpa. Es una coartada con fecha de nacimiento. Convierte el racismo en folclore generacional, en costumbre heredada, en algo que uno recibió como se recibe un apellido. Y lo que no se elige, se sugiere, tampoco se juzga. Ese es el truco, y es viejo, y funciona porque halaga al que lo escucha: nos permite pensar que el racismo es una cosa del pasado que sobrevive en señoras de cierta edad, y no una estructura que sigue repartiendo salarios, sospechas y sillas.
Luego, en rueda de prensa, dijo que no se disculparía con nadie.
Cumplió.
Las instituciones se movieron, cada una a su manera y a su velocidad. La Federación Francesa de Ftbol calificó las declaraciones de abyectas e inaceptables y las llevó ante la justicia. Ese 7 de julio la Fiscalía de París abrió una investigación por injuria pública agravada e incitación pública al odio, delitos que en Francia pueden alcanzar un año de prisión y cuarenta y cinco mil euros de multa. Macron respaldó a su capitán con una línea que ya circula sola: un gol más para Mbappé, esta vez contra el racismo. El gobierno paraguayo condenó los dichos.
Y el 8 de julio, tras más de cinco horas de debate, el Senado de Paraguay aprobó por mayoría una declaración que reprueba las expresiones racistas y aclara que fueron hechas a título personal, que no representan al Congreso. Una condena firme en el papel.
Pero la suspensión no prosperó. Y el pedido de pérdida de investidura tampoco. Honor Colorado anunció que no acompañaría ninguna destitución. La senadora había dicho días antes que dudaba de que le pasara algo.
Tenía razón.
El Senado condenó la frase y salvó la investidura. Y ese gesto, que muchos leerán como prudencia institucional, es en realidad el mensaje más elocuente de toda la semana: esto se dice mal, pero no cuesta nada. Después de la resolución, ella siguió atacando al futbolista. Por supuesto que siguió. Nadie deja de hacer lo que no tiene precio.
Sería cómodo detenerse aquí, con el dedo firme sobre una sola mujer, y volver cada quien a su casa con la conciencia planchada. No nos lo vamos a permitir.
Amarilla es síntoma, no excepción. La FIFA detectó en este Mundial cerca de ochenta y nueve mil menciones ofensivas y racistas tras setenta y dos de los ciento cuatro partidos disputados, trece veces más que en toda la fase de grupos de Qatar 2022. Summerville, Kluivert y Timber fueron agredidos en redes por fallar penales, y no por fallarlos: por fallarlos con su piel. Y hay un racismo más silencioso todavía, el que se cuela en las transmisiones que elogian la “inteligencia táctica” del jugador blanco y encasillan al afrodescendiente en la “potencia física”, en la “fuerza bruta”, en el “instinto”. El racismo no siempre grita. A veces narra un partido con voz agradable, y nadie se ofende, y el domingo siguiente vuelve a narrar.
Y ahora acerquemos el espejo a nosotros, que para eso escribo aquí y no desde una tribuna.
En Guatemala no hace falta un Mundial. Un medio lo tituló con una precisión que duele: ser racista es barato. En una década, la Fiscalía de Derechos Humanos registró apenas ciento ochenta y seis denuncias por discriminación étnica y racial. Ninguna terminó en sentencia. Ninguna. Cero. En un país donde los pueblos maya, xinka y garífuna son la mitad de la sangre que lo sostiene, la impunidad no es un accidente del sistema: es su funcionamiento normal.
El agravio no se publica en X. Se ejerce en el pasillo del supermercado, donde el guardia sigue con la mirada a la señora de corte hasta la caja. Se ejerce en el “ya no hay vacante” que aparece justo cuando se pronuncia el apellido. Se ejerce en el idioma en que un médico decide no explicarle nada a la paciente porque supone que no entendería. El racismo no necesita curul. Le basta la costumbre.
Confieso algo incómodo. Yo también aprendí chistes que hoy no repetiría. Los escuché en mesas familiares donde nadie se consideraba racista, entre gente buena, con el mantel limpio y el café servido, y me reí. La frase de Amarilla, “soy de una época”, me golpeó porque la reconocí. No en ella. En la memoria de mi propia risa. La diferencia entre esa senadora y cualquiera de nosotros no está en el pasado que heredamos, porque el pasado nos lo repartieron a todos. Está en lo que hacemos el día en que alguien nos lo pone delante.
Hay quienes objetan que la reacción global fue desproporcionada, que se ensañaron con una mujer por unos mensajes borrados, que la indignación internacional es selectiva y tolera en las gradas de Europa lo que persigue en un parlamento del Sur. Ese reclamo tiene fondo y merece ser escuchado sin caricatura. La indignación global es, en efecto, caprichosa y a menudo cómoda. Pero el argumento se cae en un punto exacto: nadie la obligó a callarse la disculpa. La proporción de la respuesta se puede discutir. La ausencia del arrepentimiento, no.
Lo que este episodio nos pide no es un tuit de repudio. Nos pide algo más difícil y más nuestro: que las denuncias que duermen en un archivo lleguen a sentencia. Que haya un órgano con dientes y no un adorno del organigrama. Que los medios sigan nombrando lo que otros prefieren llamar “un exabrupto”. Y que en la próxima sobremesa, cuando alguien empiece el chiste, alguno de los presentes tenga el valor tranquilo de decir, sin gritar, sin sermón, apenas con firmeza: aquí no.
Esa es la única resolución que no necesita mayoría en ningún Senado.
Termina el partido. Un utilero recorre el área con un cepillo y borra el círculo de cal del punto de penal. El polvo blanco se disuelve en el pasto, se lo lleva el viento del estadio vacío.
Mañana lo volverán a pintar. Siempre en el mismo lugar.
Nosotros también sabemos dónde queda nuestra marca. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a fingir que no la vemos.


