Por: Angela Gabriela Murillo Hernández
Wellinton Daniel Osorio Ticurú
Derik Nahún Mazariegos Hernández
Pablo Daniel Marín Morales *
El parque central de San Juan Comalapa, conocido ancestralmente por su nombre Kaqchikel, Chi Xot “En el lugar de los comales” o “Lugar de las losas de barro”, trasciende el cemento y la jardinería urbana diseñados para el tránsito peatonal. En su esencia, late como un organismo vivo, especialmente durante los viernes de mercado.

Vista área del parque central de San Juan Comalapa, bajo el kiosko en forma de sombrero se encuentra el centro ceremonial Maya, al fondo las 2 iglesias católicas. Fotografía de Wellinton Osorio.
Bajo la neblina que cubre este rincón de Chimaltenango, el parque se llena de voces, olores y cuerpos en movimiento. Los comerciantes ofrecen sus productos, el aire huele a flores y comida caliente, y los huipiles de las mujeres marcan el ritmo de la mañana.
En este escenario, donde la prisa de la modernidad parece dictar el ritmo de las horas, las cuatro figuras talladas en piedra, con sus rostros emergiendo del cuerpo de un jaguar, permanecen impasibles, observando el transcurrir de los años desde sus bases de concreto frente a la iglesia parroquial. Miden aproximadamente un metro de altura y dos de ancho, sus caras amplias, de rasgos gastados por el tiempo que se asoman desde la piedra. Para el visitante distraído, estas piezas podrían parecer remanentes mudos de un pasado arqueológico ya extinto. Sin embargo, en el tejido profundo de San Juan Comalapa, estas piedras no son objetos inertes, son nodos de identidad, condensaciones materiales de una historia milenaria que actúa como un puente inquebrantable entre el mundo de los vivos y la presencia constante de los antepasados.

Figura de piedra ubicada frente a la iglesia católica en el parque central de San Juan Comalapa. Fotografía de Pablo Marín.
La importancia de este espacio va más allá de ser un solo lugar para comprar y vender. En San Juan Comalapa, la memoria, el arte y la espiritualidad se unen de tal forma que resulta difícil entender el lugar sin reconocer la carga simbólica que estas esculturas proyectan sobre la vida diaria. Su ubicación, justo entre la iglesia y el edificio de la municipalidad responde, a una historia de tensiones y significados, donde la memoria del pueblo Kaqchikel lucha por no ser borrada por el avance de la urbanización o la indiferencia de las instituciones estatales.
¿Por qué lo que para un observador externo es un simple vestigio arqueológico, para la comunidad representa un “abuelo”? Esto se debe a que estas figuras funcionan como “mediadoras simbólicas”: signos compartidos que fortalecen el sentido de pertenencia en este municipio de 47,500 habitantes que, a pesar de los altos índices de pobreza y los estragos de la deforestación en las cuenca alta del Motagua y el Pixcayá, persiste en su autonomía cultural. Explorar los significados que estas piedras resguardan es, por tanto, un acto necesario de reconocimiento del saber propio, para escuchar el murmullo de una memoria que busca su lugar en el presente.
Las piedras como memoria viva: El soporte material del recuerdo
Para desentrañar la profundidad de lo que estas figuras representan, es útil entender que la memoria de un grupo social no vive solo en las palabras o en los recuerdos sueltos, necesita apoyarse en la familia, en la comunidad y también en cosas concretas como lugares, objetos o imágenes que mantengan vivos esos recuerdos. Cuando existen esos apoyos, la memoria se ancla en la realidad y no se pierde con el paso del tiempo.

El Ajq´ij de la alcaldía indígena muestra y explica acerca de una las figuras. Fotografía de Wellinton Osorio.
En un territorio como San Juan Comalapa, que ha vivido intentos de borrar su historia desde la colonia hasta la violencia del conflicto armado interno, estos abuelos de piedra se convierten en un resguardo del recuerdo. Las esculturas del parque central funcionan como espacios donde la memoria se conserva y se fortalece, especialmente cuando ya no forma parte natural de la vida cotidiana. Son señales firmes que ayudan a que el pueblo no olvide quién es.
La mayoría de la población reconoce a estas figuras como “los abuelos” o como el “testimonio de los antepasados”. No se trata de una etiqueta técnica, sino de una declaración de parentesco espiritual y político. Mientras que un experto podría clasificar las piezas según sus fases cerámicas, desde el Preclásico Medio hasta el Posclásico, el pueblo de Chi Xot les reconoce ch’ulel (energía) y al llamarles “abuelos”, les otorga una cualidad humana y ancestral.
Esta memoria hecha visible en la piedra permite que la comunidad se reconozca en las esculturas, y que el acto de mirarlas se convierta en una forma de resistencia cultural. Los objetos concretos ayudan a que un pueblo mantenga viva la imagen que tiene de sí mismo. Si los abuelos de piedra permanecen, el pueblo Kaqchikel, a pesar de las masacres y el despojo, permanece también. Sin embargo, esta relación no es fija ni solo simbólica; está atravesada por las tensiones de un espacio público donde lo sagrado convive y a veces entra en conflicto con las dinámicas del mercado.
Entre sacralidad y el mercado: La tensión de la desacralización cotidiana
La vida en el parque central de Comalapa impone una dinámica que, bajo una mirada superficial, podría interpretarse como una falta de respeto hacia lo sagrado. Durante las jornadas de mercado, los comerciantes atan cuerdas al cuello de las figuras de piedra para sostener toldos de nylon que protegen las frutas y hortalizas del sol; los cargadores apoyan sus bultos sobre los relieves y la basura del consumo diario se acumula a sus pies. La escena muestra una forma de reconocimiento incompleto del patrimonio: se sabe que tienen valor, pero no existe una gestión clara por parte de las autoridades municipales que garantice el cuidado y la protección de las piezas.
En San Juan Comalapa, esta “indiferencia aparente” convive con un sentido personal profundo a pesar del uso cotidiano y práctico de las esculturas, que para la gente tienen un significado personal, espiritual o histórico. Esto muestra que el valor de estas figuras no desaparece por el uso, sino que se mantiene en la relación que las personas construyen día a día con ellas.

Estatua de piedra sosteniendo ropa, lazos y un toldo en un día de mercado en el parque central de San Juan Comalapa. Fotografía de Pablo Marín.
Las piedras no son objetos pasivos; son “actantes”, un término usado para referirse a todo aquello que, sin ser humano, actúa, transforma y produce efectos en una red social, que participan en la vida del pueblo. Mientras sostienen el nylon de un puesto de mercado, las piedras están “trabajando” para la comunidad, integrándose en la lucha diaria por la subsistencia económica sin perder su potencia simbólica latente. La piedra es tratada con la familiaridad de quien convive con un anciano sabio en una casa pequeña: se le respeta profundamente, pero también se comparte con él el espacio de trabajo. El descuido municipal no anula el ch’ulel de la piedra, sino que lo obliga a manifestarse en la resiliencia.
Disputas espirituales en el corazón del pueblo: El choque interconfesional
La vida espiritual de San Juan Comalapa después del conflicto armado no es uniforme ni tranquila; es un espacio donde se cruzan y a veces se enfrentan distintas formas de entender la fe y la memoria. Tras la guerra, la presencia de diversas iglesias y prácticas religiosas cambió el equilibrio simbólico del territorio. Sin embargo, la diversidad religiosa en Comalapa no surge únicamente en la posguerra. Desde décadas anteriores ya existían tensiones dentro del propio ámbito religioso local, visibles en la coexistencia de dos iglesias católicas en el centro del municipio, cada una con su propia comunidad parroquial. El parque central, con las figuras de piedra frente a la iglesia católica, se ha convertido en uno de los lugares donde esa tensión se hace más visible. Allí, la espiritualidad maya y las distintas expresiones del cristianismo conviven, se toleran y, en ocasiones, chocan al momento de definir qué significa el espacio público.

Una de las figuras es usada para amarrar lazos que sostienen los toldos en un día de mercado. Fotografía de Pablo Marín.
Para algunos sectores religiosos, las piedras dejan de ser “abuelos” y pasan a ser vistas como “cosas de brujos” o como prácticas que deberían desaparecer. Esta mirada no es solo una diferencia de creencias; afecta directamente la forma en que el pueblo entiende y defiende su propia historia. Doña Emiliana, alcaldesa indígena de San Juan Comalapa, señala que bajo el templo católico existe una “energía antigua” que explica por qué los abuelos están allí. Doña María Ester K’atech’en recuerda que las generaciones anteriores consideraban que las piedras estaban vivas y que protegían a la comunidad mediante pequeñas ofrendas de cuarzo y resinas que se les entregaban. Hoy, acercarse a las piedras puede convertirse en una forma de afirmar identidad espiritual y cultural. Cuando alguien llama “brujería” a estos actos, se repite una historia de desvalorización que durante siglos intentó borrar estas prácticas, menciona doña Emiliana. En Chi Xot, la espiritualidad no es solo una creencia personal; es también una defensa de la memoria colectiva y del derecho del territorio a reconocer su herencia sagrada.
Cartografía sagrada y continuidad histórica: El mapa de los 2,000 años
La memoria oral de Chi Xot encuentra respaldo en estudios arqueológicos realizados en el territorio. Estas investigaciones muestran que San Juan Comalapa no es un conjunto de sitios dispersos al azar, sino un territorio organizado con sentido ritual y orientación hacia los rumbos del mundo. Se ha identificado un conjunto formado por Bala’abäj, Xecupilaj e Iglesia Abäj, que conforma una geografía sagrada de tetuntes (piedras sagradas). Estos lugares han recibido ofrendas de manera continua durante más de dos mil años.

Plano de ubicación de Bala’abäj, Xecupilaj e Iglesia Abäj, San Juan Comalapa, Chimaltenango; dibujo de P. Puc Rucal. Imagen extraída de: Luis Paulino Puc Rucal, Reconocimiento arqueológico del municipio de San Juan Comalapa, Chimaltenango, en el XXXI Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 2017.
Este sistema también incluye otros lugares importantes como Tasbaläj, Jolom Balam y Chutaq’aj Chiyo’ol, formando un territorio sagrado que los ajq’ija’ (guías espirituales) han cuidado y recordado, incluso después de que se impusieran nuevas divisiones administrativas. En estos sitios aparecen imágenes del jaguar (B’alam) y del águila (K’ot), símbolos que muestran la continuidad de la memoria ancestral a lo largo del tiempo. En Iglesia Abäj, por ejemplo, existe una pintura rupestre en color rojo que representa al K’ot, el águila solar relacionada con el nacimiento del sol y las peticiones de lluvia.
Lo más fascinante es ver cómo esta simbología también aparece en la propia iglesia católica con las águilas talladas en la fachada parroquial que recuerdan al K’ot ancestral, como una señal de que esa memoria no ha desaparecido. Esta profundidad histórica da un sentido especial al traslado de las esculturas conocidas como “las espigas” frente a la iglesia, realizado entre 2015 y 2016. No fue solo un cambio estético del parque; fue una decisión acompañada por autoridades indígenas y guías espirituales, quienes realizaron ceremonias con obsidiana y cuarzo para reactivar la energía de las piezas en su nuevo lugar. Como expresó un ajq’ij local durante las jorandas de campo “la energía se mantiene aunque los cambien de lugar”. Para el pueblo Maya Kaqchikel, lo sagrado no está fijo únicamente en el suelo, sino que es una fuerza, el ch’ulel, que puede acompañar a las piedras y renovarse mediante el ritual.

Iglesia Católica Antigua de San Juan Comalapa. En su cúspide se puede observar el águila solar. Fotografía de Pablo Marin.
Potencial pedagógico y político: El patrimonio como herramienta de autonomía
El patrimonio cultural, si se queda solo en informes técnicos o en vitrinas de museos lejos del territorio, puede perder su sentido para la comunidad. En San Juan Comalapa, el patrimonio es algo vivo, que sirve para fortalecer la organización del territorio y la educación local. La gente desea que la historia de los “abuelos de piedra” forme parte de la enseñanza de los niños. No es solo recordar el pasado, sino usar esa memoria para aprender y fortalecer la identidad. El arte, el tejido de las texeles y la arqueología pueden unirse para reforzar la conciencia local y el sentido de pertenencia.

Vista área del parque cental de San Juan Comalapa. Fotografía de Wellinton Osorio.
La conexión entre cerros, ríos y piedras del parque da a las autoridades indígenas argumentos sólidos para defender el derecho de la comunidad a cuidar sus propios sitios sagrados. No se trata solo de proteger piedras, sino de cuidar las relaciones que sostienen la vida comunal. Saber que las esculturas forman parte de una red que incluye lugares como Jolom Balam o Tasbaläj fortalece la posición de la Alcaldía Indígena frente al Estado. Además, los murales de Comalapa, como Räx nu k’ux y el trabajo de pintoras locales, muestran que el arte puede sanar y resistir. Esta forma de memoria puede ayudar a educar a las nuevas generaciones en el cuidado del territorio, uniendo la protección de las esculturas con la defensa de los bosques y las microcuencas. Así, el patrimonio se convierte en una herramienta de autonomía: quien cuida y comprende su pasado, también puede decidir su futuro.
Reflexión Final: Hacia una gobernanza de la memoria y el futuro comunitario
Este recorrido sobre el significado de las figuras de piedra en San Juan Comalapa busca ser una devolución respetuosa a la comunidad que ha cuidado estos abuelos durante generaciones.
Hemos visto que estas figuras forman parte viva de un pueblo que sigue defendiendo su identidad espiritual y cultural. La autonomía comienza por el derecho a nombrar lo sagrado y decidir cómo debe ser cuidado. En Chi Xot, reconocer el Ch’ulel o la energía de estas piedras es también reconocer la fuerza y la dignidad del pueblo Kaqchikel. Que estas figuras sigan frente a la iglesia, en medio del mercado y a pesar de las críticas, muestra una forma de resistencia cotidiana.

Figura del “jaguar de piedra”, San Juan Comalapa, Chimaltenango. La pieza arqueológica fue instalada con incrustaciones de obsidiana asociada a los “abuelos de piedra” del pueblo kaqchikel. La obsidiana fue utilizada en ceremonias por guías espirituales para proteger su ch’ulel o energía y evitar que las personas las tiraran o dañaran. Fotografía de Pablo Marín.
Mientras las piedras permanezcan, recordarán que la memoria de los antepasados sigue acompañando el presente. Cuidar esta memoria significa que la propia comunidad; sus artistas, guías espirituales y autoridades indígenas tengan la voz principal para contar su historia. Las piedras están vivas porque el pueblo que las llama abuelos sigue vivo, creando y resistiendo.
*Agradecemos a la Alcaldía Indígena de San Juan Comalapa, autoridad ancestral del pueblo Maya Kaqchikel, por facilitar el acceso al territorio y acompañar el proceso de investigación. A Doña Emiliana, Doña María Ester K’atech’en y al ajq’ij consultado durante el trabajo de campo, por compartir su conocimiento. A los artistas y juventudes de San Juan Comalapa que participaron en el instrumento de encuesta piloto, cuyas respuestas enriquecieron este ensayo.
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