Cuatro décadas de ausencia: Carmen Balán y Manuel de Jesús Tay siguen buscando a sus familiares desaparecidos en Chimaltenango

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Créditos: Joel Solano

El tiempo ha transformado los rostros, pero no la certeza de la ausencia. Para Carmen Balán y Manuel de Jesús Tay, familiares de desaparecidos en San Martín Jilotepeque, las más de cuatro décadas transcurridas desde el Conflicto Armado Interno no han logrado sepultar el peso de una pregunta que sigue esperando respuesta: ¿dónde están? 

Lejos de rendirse al olvido estatal y al silencio de los años, ambos sostienen una lucha incansable que trasciende las generaciones, convirtiéndose en el reflejo vivo de miles de familias que aún caminan el territorio nacional persiguiendo los hilos de la memoria, la verdad y la justicia para sus seres queridos.

Por Joel Solano

El Paisaje de la Memoria: Un retorno anual contra el olvido

Para Carmen y Manuel, la geografía del dolor y la esperanza tiene un nombre claro, la aldea Choatalum, en San Martín Jilotepeque, Chimaltenango. Es desde esta tierra donde hace más de 40 años germinó una ausencia que aún duele, y es también el punto de partida de un ritual de dignidad que se repite con dolorosa constancia.

Cada 21 de junio, una fecha marcada a fuego en el calendario de su memoria, ambos se dirigen con el corazón en un hilo hacia el Paisaje de la Memoria en Palabor. En ese espacio sagrado, rodeados del silencio que custodian las montañas del municipio de San Juan Comalapa, Chimaltenango, Carmen y Manuel investigan el entorno y las miradas de otros sobrevivientes, buscando una pista, un susurro o cualquier rastro de certeza que los acerque, por fin, a las respuestas que el tiempo y la justicia institucional les siguen negando.

El 21 de junio, cuando en Guatemala se conmemora el Día Nacional contra la Desaparición Forzada, el Paisaje de la Memoria volvió a convertirse en un epicentro de recuerdos y dignidad. Año tras año, este espacio sagrado evoca la memoria de las más de 172 víctimas del Conflicto Armado Interno en Comalapa. El lugar resguarda la historia viva del dolor de la guerra, pero también la resistencia de decenas de familias que acuden con la profunda esperanza y la urgencia de hallar, por fin, alguna respuesta sobre el paradero de sus seres queridos desaparecidos.

La jornada comenzó con una ceremonia que abrió paso a la palabra de los sobrevivientes, quienes compartieron sus testimonios de resistencia. Durante la actividad, la poesía se convirtió en un puente para recordar la lucha de las familias e historias de los ausentes. 

Asimismo, se visibilizó el rescate de la memoria histórica a través de fanzines creados por las propias familias de CONAVIGUA. Las familias de los sobrevivientes han colgado cuadros con fotografías entre los árboles, para recordar las vivencias, los legados y los recuerdos de aquellos con quienes alguna vez compartieron la vida.

Foto: Joel Solano

Manuel de Jesús Tay: La incansable búsqueda de José Perfecto

Manuel de Jesús Tay, originario de la comunidad de Choatalum, en San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, relata que su presencia cada año en el Paisaje de la Memoria se sostiene por una sola esperanza: hallar algún rastro de su hermano. Su testimonio evoca el horror de la guerra: su hermano fue capturado y retenido durante una semana en el destacamento local, para luego ser trasladado a la Zona Militar de Chimaltenango.

También, tras ordenarse su liberación bajo el argumento de que no debía estar allí, regresó a su hogar en Chuatalún. Sin embargo, estando solo en su vivienda a la una de la mañana, el Ejército y la Patrulla de Autodefensa Civil (PAC) montaron un falso enfrentamiento para acusarlo de ser guerrillero.

Tras el tiroteo, herido y completamente desnudo, el hermano de Manuel logró salir del destacamento 302 donde lo tenían retenido e inició un agónico retorno a casa. A mitad del trayecto, sintió una fuerte punzada, al tocarse, descubrió que llevaba una bayoneta clavada en el pecho. Tras arrancársela, continuó caminando moribundo y desangrándose. 

Al llegar a su hogar, casi inconsciente, su esposa, Cruz Morales, lo vistió y lo resguardó en el cuarto. En aquellos años de tierra arrasada, las familias no tenían casas, pues el Ejército lo había quemado todo; sobrevivían apenas en champas de nailon. Mientras la familia discutía al amanecer si esconderlo en un barranco ante la amenaza de un nuevo ataque, un contingente de 300 soldados irrumpió en el lugar y se lo llevó por la fuerza. Desde ese día, su paradero es un misterio.

Se lo llevaron de los brazos prometiendo que lo curarían. Desde ese 1984 no sabemos nada de José Perfecto Tay él tenía aproximadamente unos 38 años, por eso vengo al Paisaje de la Memoria, porque aquí aún hay cuerpos sin identificar y no pierdo la esperanza de hallarlo, indica Manuel Tay.

“Llevo más de 40 años esperando encontrarlo”, comparte Manuel, quien en este largo camino ayudó a fundar ASOCANIL para organizar la búsqueda y exhumación de las víctimas. El impacto de la guerra en la aldea Choatalum fue devastador: el Ejército instaló allí más de 65 cementerios clandestinos. A la fecha, la organización ha logrado exhumar 34 de estos sitios, logrando dignificar con nombres y apellidos a quienes permanecían en el anonimato; sin embargo, el hermano de Manuel no figura entre ellos.

Esta realidad los obliga a recorrer distintos lugares junto a otras familias, rompiendo el silencio de un dolor que aún paraliza a muchos debido a los traumas del pasado: la quema de viviendas, el robo de sus animales y la pérdida de sus seres queridos. Ante este despojo, Manuel señala la urgencia de una reparación digna a través de la Comisión Presidencial por la Paz y los Derechos Humanos (COPADEH), lamentando que el programa de resarcimiento fuera saqueado durante los gobiernos de Jimmy Morales (2015-2019) y Alejandro Giammattei, (2020-2024).

Las demandas de Manuel Tay hacia el Estado son firmes y se resumen en tres ejes urgentes: en primer lugar, la prioridad absoluta de encontrar a los familiares desaparecidos; en segundo, que el Estado asuma su responsabilidad y repare los daños materiales y humanos ocasionados durante la guerra; y finalmente, que las instituciones no se limiten a firmar reconocimientos en papel, sino que garanticen una paz verdadera y duradera para las comunidades sobrevivientes.

María Carmen Balán: El éxodo forzado y la dignidad de una madre

La historia de María Carmen Balán Yool, originaria también de la aldea Choatalum, es otro testimonio del desgarro familiar que dejó la guerra. Su esposo salió un jueves hacia la cabecera municipal, obligado a realizar unos trámites de documentos; desde ese día, nunca regresó.

Tras ser desaparecido, María Carmen se vio forzada a migrar a la Ciudad de Guatemala junto a sus cuatro hijas. Durante seis años sobrevivió trabajando como tortillera para sostener su hogar, hasta que sus padres le pidieron que regresara a la comunidad. El impacto de la ausencia fue tal que sus hijas crecieron llamando “papá” a su abuelo. Hoy, cuatro décadas después, María Carmen mantiene intacta la búsqueda incansable de su esposo Domingo Sutuj.

A sus 70 años, el deseo más profundo de María Carmen sigue siendo encontrarlo. “Me quedé muy joven cuando él se fue; me dejó sola con cuatro niñas en la orfandad”, recuerda con dolor. La situación se volvió insostenible cuando sus suegros le explicaron que no tenían los medios para ayudarlas con la manutención, lo que obligó a sus propios hermanos a aconsejarle que se marchara, tomando en cuenta que también le habían quemado su casa y el ejército le había robado sus animales. 

Ese desamparo fue el que la empujó a migrar hacia la capital con sus hijas en brazos: la mayor de apenas seis años, la segunda de cuatro, la tercera de dos años y la más pequeña de tan solo cuatro meses de nacida. Hoy, cuatro décadas después de aquel éxodo forzado por la violencia, aferra sus esperanzas a la posibilidad de hallar una respuesta que le traiga paz.

El testimonio de María Carmen refleja una estrategia de violencia que no sólo arrebataba vidas, sino que destruía los medios de supervivencia de comunidades enteras en San Martín Jilotepeque. El despojo de sus animales y la reducción a cenizas de su hogar no fueron hechos aislados, sino parte de las políticas de tierra arrasada que ejecutó el Ejército en la aldea. 

Al quemar su vivienda, los militares le quitaron a esta joven madre el único refugio que le quedaba para proteger a sus cuatro hijas tras la desaparición de su esposo. De esta manera, el desplazamiento forzado hacia la Ciudad de Guatemala no fue una elección voluntaria, sino la única alternativa de supervivencia frente a un territorio devastado por el fuego, el hambre y el terror institucional.

Memoria viva: Una demanda que el tiempo no logra apagar

A pesar de la distancia física y las décadas de impunidad, los caminos de Manuel de Jesús Tay y María Carmen Balán Yool confluyen en una misma demanda que el tiempo no ha logrado desgastar. Sus historias, marcadas por el despojo en Choatalum y el agónico peregrinaje en busca de José Perfecto y Domingo, dejan en evidencia que las heridas de la guerra no pertenecen únicamente al pasado.

La persistencia de ambos buscadores demuestra que la memoria es un acto de resistencia activa; mientras el Estado apuesta al silencio y al desmantelamiento de las instituciones de paz, las familias organizadas en espacios como CONAVIGUA y ASOCANIL se encargan de mantener encendido el reclamo por la verdad, transformando el dolor individual en una lucha colectiva por la justicia.

Al caer la tarde en Palabor, San Juan Comalapa, el fuego de la ceremonia del 21 de junio comienza a extinguirse, pero la promesa de Carmen y Manuel permanece intacta. Con 70 años a cuestas y la dignidad como bandera, ambos regresan a sus hogares con la misma certeza con la que llegaron: la de no claudicar.

Para ellos, encontrar a sus seres queridos y alcanzar una paz verdadera no es un favor institucional, sino un derecho histórico. Mientras sigan existiendo nombres sin rostros y nichos sin identificar, Manuel y Carmen continuarán caminando hacia el Paisaje de la Memoria cada año, desafiando al olvido y sembrando esperanza en una tierra que aún aguarda el retorno de sus ausentes.

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