EL TIEMPO NO ESTÁ LOCO

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Créditos: Prensa Comunitaria

Juan José Hurtado Paz y Paz

En los últimos días hemos experimentado un calor insoportable. Y aunque los azacuanes ya sobrevolaron el país, no se percibe claramente que ya haya entrado el invierno (o la época lluviosa, para ser más precisos).

Ante esto, es frecuente escuchar frases como: “el tiempo está loco”, “nunca había hecho tanto calor como ahora”, o “ya no se sabe cuándo va a llover”. Y es cierto. Ahora las lluvias son más escasas o muy intensas, las sequías duran más tiempo, las temperaturas se vuelven insoportables y, cuando hace frío, es exagerado. Esto tiene otras consecuencias, como el aumento de incendios, la destrucción de cultivos y disminución de cosechas, así como otros desastres, que no son naturales, sino que los hemos provocado como humanidad. El tiempo no está loco. Lo que ocurre tiene causas concretas y responsables concretos.

Lo que vivimos es el cambio climático producto de la actividad humana, científicamente demostrado, aunque aún haya jefes de estado que se niegan a reconocerlo. No es algo natural ni un simple capricho del clima: es consecuencia directa de un modelo de desarrollo industrial basado en la explotación sin límites de la Madre Naturaleza y en la emisión masiva de gases de efecto invernadero.

La Tierra tiene un equilibrio natural que permite la vida. Parte de ese equilibrio depende de la atmósfera, la capa de gases que rodea nuestro planeta. Gracias a ella, el calor del sol entra y mantiene una temperatura adecuada para vivir. El problema comienza cuando demasiados gases —como el dióxido de carbono, producido principalmente por la quema de petróleo, carbón y gas— se acumulan en la atmósfera e impiden que el calor salga nuevamente al espacio. Es parecido a lo que ocurre cuando dejamos un carro bajo el sol con las ventanas cerradas. El calor entra fácilmente, pero ya no puede salir. Poco a poco la temperatura sube hasta volverse insoportable. Eso mismo le está ocurriendo al planeta.

Durante siglos, la naturaleza tuvo capacidad para absorber y equilibrar esos gases. Pero el crecimiento industrial desmedido, el consumo exagerado y la destrucción de bosques han roto ese balance. El resultado es el calentamiento global y, con él, fenómenos climáticos cada vez más extremos.

Aunque todas y todos tenemos algún grado de responsabilidad y el problema afecta a toda la humanidad, no todos tenemos la misma responsabilidad ni vivimos de igual manera las consecuencias. Muchas veces se habla como si todas las personas contamináramos igual, pero eso no es cierto. Los principales responsables son las grandes potencias industriales y las corporaciones que durante décadas han obtenido enormes ganancias explotando a personas y destruyendo la naturaleza. Un pequeño grupo de países y empresas concentra la mayor parte de las emisiones contaminantes del planeta.

Mientras tanto, los pueblos más empobrecidos, así como las personas que han sido colocadas en mayor desventaja, como los pueblos originarios, las mujeres, la niñez y otros oprimidos son quienes sufrimos las peores consecuencias. Esa es una de las mayores injusticias del cambio climático.

Guatemala casi no contribuye a las emisiones globales que provocan el calentamiento del planeta. Sin embargo, vivimos con dureza sus efectos. Sequías prolongadas destruyen cosechas en el corredor seco. Lluvias torrenciales provocan derrumbes e inundaciones. Comunidades enteras pierden cultivos y viviendas. Muchas familias se ven obligadas a desplazarse porque ya no pueden sobrevivir en sus territorios. Y, con frecuencia, el desplazamiento interno es la antesala para la migración internacional.

Como ocurre tantas veces en el mundo, quienes menos responsabilidad tenemos somos quienes “pagamos el pato”. Y quienes provocaron el problema son justamente los que cuentan con más recursos para protegerse.

Por eso no basta con pedirle a la población pequeños cambios individuales mientras las grandes industrias continúan contaminando a gran escala. Claro que debemos cuidar el agua, sembrar árboles o reducir el desperdicio, no utilizar bolsas de plástico, no tirar basura y otras acciones que están en nuestras manos hacer. Todo eso ayuda y es necesario. Pero también debemos exigir responsabilidades a quienes más daño han causado.

Los países industrializados y las grandes empresas deben reducir sus emisiones, cambiar sus formas de producción y aportar recursos para que países como Guatemala puedan enfrentar las consecuencias del cambio climático. No es caridad, es responsabilidad histórica. Y los gobiernos deben demandarlo y normarlo.

En nuestro caso, además de exigir justicia climática, necesitamos fortalecer nuestra capacidad de adaptación. Eso significa recuperar prácticas agrícolas sostenibles, proteger bosques y a toda la Madre Naturaleza, hacer buen uso de lo que tenemos, prevenir desastres y aprender de la sabiduría de los pueblos originarios, que durante siglos han mantenido una relación armónica con la Madre Naturaleza basados en el respeto. Como dicen los pueblos originarios, a nuestra madre se le respeta, se le cuida, se le protege, se le ama y se le honra; se toma de ella lo necesario, devolviéndole algo a cambio: “un buen hijo no explota ni vende a su madre.”

El problema no es solamente que el clima ha cambiado. El problema principal está en cómo entendemos el mundo y la vida, cómo vivimos en un modelo económico de depredación y explotación. Se nos hizo creer que “desarrollo” significaba producir y consumir cada vez más, aunque eso implicara arrasar bosques, destruir ríos y contaminar el aire. Se puso la ganancia por encima de la vida. Se nos hizo creer que podemos crecer indefinidamente en un mundo que es finito.

Pero no puede existir un verdadero desarrollo a costa de la Madre Naturaleza. Un sistema que destruye las condiciones mismas que hacen posible la vida no puede llamarse progreso.

Debemos tomar acción, comenzando por nosotros mismos. Pero el problema de fondo es de cómo está construido el mundo actual y nuestra manera de entender nuestra existencia en él. Tenemos que cambiar nuestra forma de pensar y de vivir. Las y los seres humanos no somos dueños de la Madre Tierra, sino hijos de ella; no estamos por encima de la naturaleza, sino que somos parte de ella. Cuidar la tierra, el agua, los bosques y el clima es indispensable para el presente y sobre todo para el futuro, para que tengamos Buen Vivir.

El tiempo no está loco; lo desequilibrado es lo que la humanidad ha hecho. Lo que está fuera de equilibrio es un modelo de desarrollo que convirtió a la naturaleza en mercancía y no ha tenido consciencia de que la vida depende de mantener la armonía con ella. Recuperar esa armonía es una tarea urgente si queremos dejarles a las próximas generaciones un mundo donde todavía sea posible vivir con dignidad.

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