Vigencia del Quijote

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Créditos: Prensa Comunitaria


Por Dante Liano


Todos sabemos que el 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro. Todos, o casi todos, imaginamos el motivo: alrededor de esa fecha, se supone que murió don Miguel de Cervantes; sabemos casi con certeza que también falleció el Inca Garcilaso de la Vega; y con menos seguridad, que expiró William Shakespeare. Es una buena ocasión para recordar algunos comentarios sobre el Quijote.

Jorge Luis Borges, en una de sus agudas e inteligentes observaciones, sostenía una curiosa afirmación: aquellos que son considerados los escritores representativos de sus propias culturas, en realidad, no responden a los clichés de esas culturas. Shakespeare crea personajes arrebatados por la pasión, truculentos y sanguinarios, muy lejos del estereotipo del inglés flemático e impasible. Dante Alighieri es severo, incorruptible, irascible a veces, intransigente, otras, y algunas hasta colérico. No se corresponde con la tradicional flexibilidad y elasticidad, llena de empatía, que se atribuye a los italianos. Por último, Cervantes ha creado un personaje que desmiente el amor por el realismo demostrado en el arte español: el Lazarillo, los personajes de Quevedo, los trágicos personajes de Goya, las caricaturas de Larra, las figuras cómicas de Almodóvar. ¿El Quijote está, de veras, tan lejos del pueblo que representa?

Creo que no. Quizá esté lejos del localismo y del costumbrismo, y quizá a eso se refiera Borges: Dante, Shakespeare y Cervantes no apuntan al pintoresquismo de la aldea, sino a la postulación de algunas características que podríamos atribuir a casi todas las culturas, y por ello nos reconocemos en ellas, encontramos un punto de referencia en su literatura. Quisiera proponer algunas de tales características en Don Quijote, que, de alguna manera, reflejan la vida de Cervantes. También porque, con Don Quijote, ocurre algo particular: en general, amamos a ese caballero desvalido, amamos su figura flaca, amamos también a su escudero, aunque no hayamos leído la obra.

Un punto esencial, en la obra de Cervantes, es la defensa de la dignidad. Dignidad que comienza con el decoro físico, y ello se nota en el esmero con que Don Quijote prepara su aspecto de caballero, reflejado en el yelmo, en la celada, en el escudo y en sus armas. De igual manera, ese decoro se desliza hacia los nombres: el suyo propio, el de su caballo y el de su amada. Aunque el escritor lo dibuja con ironía, el caballero, en cambio, toma en serio su papel. La dignidad del Quijote se nota, sobre todo, en la adversidad. El esquema cómico del relato es circular, simétrico y repetido: delante del caballero se presenta una realidad; el Quijote interpreta la realidad según su propio esquema narrativo (los molinos son gigantes, la posada es un castillo, las mujeres son princesas) –como, en realidad, lo hacemos todos–; actúa para cambiar esa realidad, pero, como entra en contradicción con todo el mundo, termina apaleado. A veces, también Sancho es castigado. Ese conflicto con el mundo pareciera representar un aspecto de la cultura española: el culto de la fidelidad a los propios principios cueste lo que cueste. La disposición a pagar, en primera persona, por las elecciones realizadas. La exposición del propio cuerpo a las consecuencias de nuestras acciones. El culto, en resumen, de la dignidad. El episodio de los leones es representativo: delante de unos leones, transportados en un carro, Don Quijote desenvaina la espada y está dispuesto a enfrentarlos. Ante los gritos de Sancho y los demás que lo invitan a la prudencia, Don Quijote exclama: “¿Leoncitos a mí?” Menos mal, los leones están viejos y aburridos, y le responden con un bostezo. Pero nada como esta escena para representar a esa cultura del coraje y, a veces, de la inconsciencia del pueblo español. Es la cultura que provocó el levantamiento del pueblo contra la invasión francesa, en el 1800, o la de los pueblos hispanoamericanos en su constante lucha contra la opresión. Más en general, Don Quijote nos representa cada vez que nos negamos a la sumisión por defender nuestra dignidad.

Con ser hombre de acción, Don Quijote elabora varias reflexiones durante la obra. Sobre la edad de oro, sobre las armas y las letras, sobre tantos aspectos de la vida. En un cierto momento, unos nobles que se hacen llamar Trifaldi, imaginan una broma ligeramente dolorosa: reciben a don Quijote y Sancho como si de veras fueran un caballero andante y su escudero, y le brindan todos los honores que aparecen en las novelas de caballerías. Don Quijote, estoico y espartano, atraviesa esa aventura como dentro de un corsé, acostumbrado a la adversidad y a la desgracia. Al final, cuando dejan atrás el castillo, los honores y la holganza, el caballero manchego pronuncia un célebre discurso sobre la libertad: comienza diciendo que la libertad es el mayor regalo de los cielos, y, de inmediato, se corrige: no es un regalo, hay que ganársela aun a costa de la vida; todo aquello que es regalado (en su caso, banquetes y bebidas) son rejas de la cárcel del agradecimiento, pues las deudas, sobre todo las deudas espirituales, son grandes prisiones. Por ello, concluye, no hay mejor pan que el que uno se ha ganado y del cual no se debe agradecer sino al cielo. En ese sentido, Cervantes representa el alma profunda de los pueblos hispánicos, cuyo sentido de comunidad atraviesa su historia. Por eso mismo, sentimos que Cervantes nos habla a todos los seres humanos, que llevamos la aspiración de ser libres como sello de nacimiento.

Quisiera señalar, por último, dos actitudes que, siendo quijotescas, identifican a los seres humanos: la capacidad de soñar y la capacidad de vivir vidas diferentes a la nuestras. El hidalgo pobre don Alonso Quijano (o Quesada o Quijana) tiene, ante sus ojos, un panorama bastante poco aventuroso: una polvorienta aldea de La Mancha, una descuidada casa señorial, un caballo flaco, un ama, su sobrina, un mozo y probablemente un corral con gallinas y conejos. A tal desolación solo puede responder con la fantasía, y su imaginación se desboca con las vidas que no ha podido vivir. ¿Por qué soñar poco? Si a ensueños apostamos, apostemos en grande. Por eso, de la lectura de los libros de caballerías, que todos leían en su tiempo, nace la grandiosa idea de hacerse caballero. Un movimiento del alma en el que todos participamos. Aunque nuestra vida sea satisfactoria, siempre existe la posibilidad de responder a la pregunta: ¿y si no fuera así? ¿Y si fuera de otra manera? Ese otro modo de existir es el que nos da aliento para seguir adelante, y es el aspecto quijotesco de nuestra vida, o, dicho de otro modo, es el aspecto muy humano de la historia de Don Quijote. El coraje de este caballero consiste en que no se conforma, como nosotros, en elaborar sueños, sino que sale al campo a realizarlos. Esto es, la capacidad de vivir una vida que no es la nuestra. Para ello, se necesita de una virtud muy específica. Se dice que Narciso enloqueció al ver su imagen reflejada en el agua. Hay otro modo de ver el reflejo. Ese modo es ver nuestra imagen reflejada en los demás, y ver a los demás con los ojos de nuestra propia experiencia. Algunos la llaman empatía, otros, solidaridad. En el caso de Don Quijote, es la actitud que lo hace liberar a los galeotes que van encadenados a cumplir su condena o la de pelear con unos custodios de una dama a la que cree prisionera. Percibir el sufrimiento de los otros y tratar de aliviarlo es una pulsión exclusivamente humana y humanizante. Por ello, amamos a Don Quijote, no tanto porque represente una actitud moral o porque simbolice algo, sino porque nos representa, en nuestros afectos, en nuestras debilidades, en nuestras aspiraciones.

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