En Sayaxché, Petén, la familia Lanuza ha sostenido por más de cuatro décadas el resguardo del nacimiento del Arroyo Aguateca. Un destino que se mantiene como un lugar de conservación y encuentro con la naturaleza.
Por Elmer Ponce
En el corazón de las tierras bajas de Petén, donde la selva aún respira con la densidad de otros tiempos, se abre paso un hilo de agua que nace en silencio desde la piedra. Allí, entre las comunidades de El Chico Zapote y La Montería, en la microregión de Las Pozas, municipio de Sayaxché, a unos 40 kilómetros desde la orilla del río La Pasión, siguiendo rutas que combinan agua y monte se encuentra el nacimiento del Arroyo Aguateca, un paisaje que no solo se observa, sino que se escucha, se camina y se habita.

Foto: Elmer Ponce
El agua brota desde una caverna de roca caliza, como si la montaña guardara en su interior una memoria líquida que, al salir, comienza a dibujar su propio camino. Ese primer aliento se convierte en arroyo, y más adelante, junto al Tamarindo, alimenta la laguna Petexbatún antes de continuar su curso hacia el río La Pasión. Es un sistema vivo, una red que conecta la profundidad de la tierra con el pulso de la selva.
Doña Ada Duque de Lanuza recuerda cuando llegaron por primera vez en 1976. Entonces vivían en la ciudad de Guatemala y el acceso era otro, el viaje iniciaba en lancha, atravesando el arroyo Petexbatún, bordeando la laguna y continuaba a pie bajo una selva más cerrada, más intacta. Fue la cueva, ese lugar donde el agua emerge; lo que capturó la atención de su esposo. Aquel descubrimiento no fue inmediato en su destino, pero sí definitivo. Compraron la parcela y durante años la mantuvieron como un vínculo latente con el territorio, hasta que en la década de los noventa, tras la jubilación de su esposo, decidieron quedarse.

Foto: Elmer Ponce
algunos habitantes cercanos, quienes llegaron incluso a colocar carteles en los que les daban un plazo para abandonar las tierras. La presión era constante, casi como una frontera invisible que se cerraba sobre ellos. Sin embargo, decidieron quedarse. Resistieron no solo por convicción, sino por una intuición profunda sobre lo que estaba en juego. “Si nos hubiéramos ido, aquí habría alguna comunidad y todo estaría deforestado”, recuerda doña Ada, como quien vuelve sobre una decisión que marcó el destino del lugar. Aquella resistencia no fue un gesto aislado, sino el inicio de una forma de habitar el territorio desde el resguardo.
Con los años, y tras la muerte de su esposo, esa tarea no se detuvo. Su hijo, Carlos Lanuza, asumió el acompañamiento del proceso, abriendo camino en más de un sentido, impulsó la apertura de la carretera que hoy permite el acceso y promovió la construcción de los primeros bungalós, integrando el espacio sin romper el equilibrio del bosque. Pero junto a estos avances, persistía una labor silenciosa y constante, la de proteger la naturaleza. La familia ha tenido que enfrentar la presencia de cazadores furtivos y depredadores que amenazan la flora y la fauna del lugar, en un territorio que colinda con el Monumento Cultural Aguateca, una zona que ha sufrido procesos intensos de saqueo y deterioro. En ese contexto, cuidar el bosque no ha sido solo una tarea ambiental, sino también una forma de resistencia cotidiana frente a la pérdida.

Don Carlos Lanuza durante la entrevista para Prensa Comunitaria. Foto: Elmer Ponce
Por su parte, Carlos Lanuza, hijo de doña Ada, cuenta que el área ha sido registrada ante el INAB como zona protegida, lo que les ha permitido acceder a incentivos forestales destinados a la conservación. Más allá de su uso como balneario, el lugar se abre como un espacio de encuentro con la montaña, senderos que se internan en el bosque invitan al recorrido pausado, al avistamiento de aves y al reconocimiento de la flora que habita el entorno. Es un territorio pensado para quienes buscan el contacto directo con la naturaleza. El nombre de nacimiento Aguateca responde a su cercanía con el sitio arqueológico del mismo nombre, con el que comparte no solo ubicación, sino también una memoria más profunda del territorio.
Lanuza cuenta que los visitaron para ofrecerles comprar el bosque y la madera, pero ellos lo rechazaron y dedicaron su vida al resguardo y protección del lugar, como una herencia de su padre. Carlos, con nostalgia y un nudo en la garganta, recuerda cómo su padre le inculcó el amor por el bosque. Su padre amaba la montaña; incluso le hablaba a los árboles, diciéndoles: “aquí estás vos, estás parado todavía”. Estos recuerdos lo aferran a cuidar el lugar. Indica que su padre murió en el bosque, ya que repentinamente le dio un paro cardíaco y falleció en su amada montaña.


Foto: Elmer Ponce
Actualmente se benefician, en cierta medida, de los proyectos de incentivos forestales que promueve el INAB, desarrollando iniciativas como la protección del agua, la conservación de la montaña y el impulso de un área de turismo. Entre los desafíos que han enfrentado se encuentra el manejo irresponsable del fuego por parte de algunos colindantes, así como la cacería ilegal realizada por vecinos de comunidades cercanas. Estas situaciones incluso le han generado amenazas de muerte; sin embargo, indica que ha sabido mantenerse con calma.
La entrada a este destino turístico tiene un valor de 20 quetzales por persona, fondos que se utilizan para realizar mejoras y dar mantenimiento a la carretera que atraviesa la propiedad. El horario de atención es de 6 de la mañana a 6 de la tarde, de lunes a domingo. El balneario cuenta con área recreativa, baños, vestidores, espacios para cocinar y bungalós, todo bajo la sombra del bosque y el resguardo de la familia.


Foto: Elmer Ponce
Verónica Vásquez, visitó el lugar el fin de semana junto a su familia e indica que es una forma de desconectarse de la rutina diaria, especialmente del uso constante del teléfono celular, que ha ido ocupando un lugar importante en la vida de las personas y reduciendo el tiempo de convivencia entre los miembros de la familia.
Así también menciona que este lugar es muy tranquilo donde se respira aire puro y es un lugar muy bien protegido y cerca para el visitante local y que recomienda a todo aquel propio o extraño a que lo conozcan siempre guardando el respeto por la diversidad que habita en el lugar.
Verónica Vásquez visitó el nacimiento del Arroyo Aguateca junto a su familia y nos comparte cómo esta reserva es un espacio para desconectarse de la rutina y compartir en familia. 🌿
— Prensa Comunitaria Km169 (@PrensaComunitar) April 1, 2026
Conoce más sobre esta historia en esta #SemanaSanta2026 ✝️
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En el lugar, a simple vista, se pueden apreciar formaciones de montículos que, según Lanuza, corresponden a vestigios arqueológicos. La zona fue habitada durante el período Clásico Tardío (600–900 d.C.). Esta región se caracteriza por estar ubicada en la parte superior de la escarpa del Petexbatún, donde se desarrolló principalmente la ciudad-estado conocida como Aguateca, localizada en un punto estratégico protegido por quebradas y acantilados que dificultaban el acceso y la resguardaban de posibles invasiones.
Dicha ciudad posee más de 700 edificaciones, de las cuales actualmente 11 han sido restauradas. Al visitar Aguateca, se puede observar un puente artificial de roca que atraviesa la grieta natural que divide el sitio, el cual permanece sólido y en uso desde la ocupación original de la ciudad. Entre acantilados y lo que alguna vez fue una densa selva, se erige este asentamiento, donde existe evidencia de un abandono repentino, así como importantes hallazgos arqueológicos.
El nacimiento del Arroyo Aguateca se mantiene hoy como un espacio cuidado y sostenido por la familia Lanuza, en medio de presiones, amenazas y cambios en el territorio. Su historia muestra una forma de permanencia basada en el resguardo del bosque, el agua y la memoria del lugar. En esta Semana Santa 2026, este sitio se presenta también como una opción cercana para quienes buscan compartir en familia y reconectarse con la naturaleza desde el respeto al entorno.





