Fe, poder y coherencia: una reflexión necesaria

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Vicente Carrera

En los últimos tiempos se ha vuelto cada vez más común escuchar a figuras públicas utilizar el nombre de Dios, de Jesucristo o referencias bíblicas en sus discursos. Sobre todo, en las redes sociales de políticos. Hablan de fe, de valores, de perdón y de amor al prójimo. Sin embargo, vale la pena detenernos a reflexionar ¿qué significa realmente invocar estos principios?

La tradición cristiana no se basa únicamente en palabras, sino en acciones concretas. Uno de los ejemplos más claros se encuentra en la historia de Zaqueo, relatada en el Evangelio según Lucas (19:1-10). Zaqueo no era un hombre cualquiera: era jefe de recaudadores de impuestos, alguien que había acumulado riqueza a costa del abuso y la injusticia hacia su propio pueblo. ¿Les parece familiar en los actuales fiscales, jueces, magistrados y varios de los diputados del Congreso de la Republica de Guatemala?

Pero la historia de Zaqueo no es recordada por lo que fue su pasado, sino por lo que decidió hacer después de aquel encuentro con Jesús.

Cuando tuvo un encuentro real con Jesús, no ofreció discursos elaborados ni se limitó a expresar buenas intenciones. Su respuesta fue directa y transformadora: decidió dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver, multiplicado por cuatro, todo aquello que había obtenido de manera injusta.

Ese acto no fue simbólico. Fue una decisión concreta de reparación, de justicia y de coherencia con la fe que decía abrazar.

Aquí surge una pregunta que como sociedad no deberíamos evitar: ¿puede alguien hablar en nombre de valores cristianos sin asumir también las responsabilidades que estos implican?

Porque la fe, cuando es auténtica, no se limita a palabras que suenan bien en discursos públicos. La fe verdadera se traduce en actos visibles: en justicia, en reparación, en transparencia y en compromiso con el bienestar de los demás.

En ese sentido, la historia de Zaqueo sigue siendo profundamente vigente. Nos recuerda que el arrepentimiento real no consiste únicamente en reconocer errores, sino en corregirlos de manera tangible. Que la ética no es un adorno del lenguaje, sino una práctica cotidiana.

Guatemala no es un país ignorante ni ajeno a estos principios. Muchas personas comprenden perfectamente que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es el verdadero termómetro de la integridad.

Por eso, más allá de los discursos, la invitación es a reflexionar: si se invoca la fe, que sea con acciones que la respalden. Si se habla de valores, que se practiquen.
Y si se reconoce un error, que se repare.

Porque al final, como enseña esa antigua historia, la transformación verdadera no se anuncia… se demuestra.

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