Por Juan José Hurtado Paz y Paz
Estamos próximos a conmemorar el 1º de mayo, Día del Trabajo, una fecha que nace de las luchas obreras por la jornada de ocho horas y por condiciones dignas. Más que una efeméride, es un recordatorio de que los derechos laborales no fueron regalos, sino conquistas colectivas frente a quienes explotan y oprimen. Es también un llamado a seguir construyendo una sociedad donde el trabajo sea fuente de vida plena y no de sufrimiento. Precisamente por eso, este momento también nos invita a mirar con atención cómo hoy se nombra el trabajo, porque en las palabras que usamos —y en las que dejamos de usar— también se juega la memoria de esas luchas y el sentido mismo de la dignidad laboral.
Las palabras no son inocentes ni neutras. No sólo sirven para describir la realidad, también la construyen y le dan forma, la suavizan o incluso la esconden. Por eso no es casual que, en los últimos años, tanto en las empresas como en otros espacios, incluso en la Academia, las Organizaciones No Gubernamentales y organizaciones sociales, hayamos empezado a hablar distinto. Y ese “hablar distinto” no siempre significa avanzar; muchas veces significa ocultar.
Antes hablábamos de trabajadores. Hoy se nos invita a vernos como “colaboradores”. La palabra suena bien: sugiere igualdad, trabajo en equipo, un propósito compartido. Pero la realidad no ha cambiado porque se cambie el lenguaje. Sigue habiendo una relación clara entre quienes son los dueños y contratan, y quienes venden su fuerza de trabajo para vivir. Sigue habiendo salarios, horarios, órdenes, despidos, explotación y opresión. Llamarle “colaboración” a eso no elimina la desigualdad; solo la vuelve menos visible.
Algo similar pasa cuando ya no se habla de “personal”, sino de “gestión del talento humano”. A primera vista parece un avance: reconocer que las personas tienen capacidades, habilidades, potencial. Pero, al mismo tiempo, se corre el riesgo de reducir a las personas a algo que se administra, que se mide, que se optimiza, como si fueran un recurso más dentro de la empresa.
Y en esa misma línea aparece otro término muy usado: “capital humano”. Aquí el problema es más evidente. Las personas pasan a ser vistas como capital, es decir, como dinero que genera más dinero, igual que una máquina o una inversión. (La fórmula simple para explicar el capital es D – M – D’: un dinero inicial que se invierte para comprar mercancías -medios de producción y fuerza de trabajo – para obtener un dinero incrementado, que además pareciera que se aumenta “por arte de magia”, escondiendo la explotación.) Se pierde de vista que estamos hablando de seres humanos con dignidad, derechos y necesidades que no se pueden reducir a números.
También hemos dejado de escuchar la palabra “despido”. Ahora se habla de “reestructuración” o de “desvinculación laboral”. Son formas elegantes de decir lo mismo, pero sin el peso que tiene reconocer que alguien perdió su trabajo, muchas veces sin mayor protección.
Lo mismo ocurre con la llamada “flexibilización laboral”, que en muchos casos significa menos estabilidad, menos derechos y más incertidumbre para quien vive de su trabajo. No faltan los consejos que dicen: “contraten a destajo: contra productos”.
Otro ejemplo muy presente hoy es el “emprendimiento”. Se nos dice que todos podemos ser emprendedores, que cada quien puede salir adelante con esfuerzo propio. Y claro, emprender puede ser valioso. El problema es cuando se presenta como solución general cuando no todas las personas tienen características emprendedoras y cuando además hay que competir contra los grandes en un sistema en que “el pez grande se come al pez chico”. También, con esto, con frecuencia se oculta que muchas personas no emprenden por elección, sino porque no encuentran un empleo digno. Se convierte entonces en una forma de trasladar al individuo la responsabilidad de problemas que son estructurales.
No es que estas palabras sean falsas en sí mismas, sino que esconden más de lo que muestran.
Pero, ¿por qué este lenguaje se ha vuelto tan común? No es casualidad. Responde a una forma de ver el mundo, vale decir capitalista neoliberal, donde el mercado ocupa el centro, donde se busca presentar las relaciones económicas de explotación como si fueran naturales, armónicas, sin conflicto. También responde a la necesidad de las empresas de mostrarse modernas, humanas, cercanas. Y, poco a poco, ese lenguaje va siendo adoptado incluso por quienes viven esas relaciones en condiciones de desventaja, es decir, de explotación y opresión.
El problema es que, cuando el lenguaje borra el conflicto, también debilita la capacidad de cuestionar. Si ya no hay trabajadores sino “colaboradores”, ¿contra quién se reclama? Si no hay despidos sino “desvinculaciones”, ¿qué se denuncia? Si todo depende del esfuerzo individual, ¿dónde quedan las responsabilidades colectivas y particularmente de los Estados? De esta manera se individualizan problemas estructurales y, entonces, “si no triunfas, es tu culpa”.
Por eso importa cómo nombramos las cosas. Cuando dejamos de llamar a la realidad por su nombre, se vuelve más difícil transformarla.
Esto no significa rechazar todo cambio en el lenguaje ni negar que pueden existir formas más horizontales y justas de organización. Se trata, más bien, de no perder claridad. De poder decir “trabajador” o “trabajadora” cuando se trata de trabajo asalariado. De hablar de derechos laborales sin rodeos. De reconocer que hay intereses distintos y que eso es parte de la realidad social.
También implica revisar nuestro propio lenguaje en las organizaciones sociales, en los espacios comunitarios, en la vida cotidiana. Debemos evitar términos que esconden las relaciones de poder, aunque suenen bien. Por el contrario, debemos decir las cosas como son, con franqueza y, al mismo tiempo, buscar palabras que reconozcan la dignidad, la participación y la capacidad de las personas, sin ocultar las condiciones en que viven.
Recuperar un lenguaje claro no es un asunto sin importancia. Es parte de recuperar la capacidad de entender lo que pasa y de actuar frente a ello. Cuando nombramos con honestidad y de manera clara, abrimos la puerta a la conciencia. Y cuando hay conciencia, hay posibilidad de cambio.
En Guatemala, donde la desigualdad no es un concepto sino una experiencia cotidiana para la mayoría, no podemos darnos el lujo de confundirnos con palabras que suavizan la realidad. Las luchas por la tierra, por el salario digno, por el respeto a los pueblos mayas, por el respeto a todas las personas que somos todas diferentes y diversas, por el derecho a organizarse y rebelarnos, no nacieron de eufemismos, sino de nombrar con claridad la injusticia. Cuando dejamos de decir “trabajador”, “explotación” o “derechos”, no solo cambiamos palabras; debilitamos la memoria de esas luchas, su contenido y la fuerza que han tenido para transformar el país.
El lenguaje puede ser herramienta de dominación, pero también de liberación. Por eso, recuperar un lenguaje claro es también un acto político. Es afirmar que la dignidad no se maquilla, que la desigualdad no se disfraza y que la justicia no se negocia en términos ambiguos. Nombrar bien es tomar posición. Y en un país como el nuestro, donde tantas veces se ha intentado disfrazar la realidad y ocultar la verdad, donde se retuercen leyes para cometer arbitrariedades y presentar lo ilegal como legítimo, hacerlo es también una forma de resistir y seguir caminando en la defensa de los derechos y en la construcción de una vida justa y sostenible para todas y todos, lo que los pueblos originarios llaman el Buen Vivir.



