Desarrollo: ¿qué es? ¿cómo? ¿para quién?

COMPARTE

Créditos: Prensa Comunitaria

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

El término desarrollo está muy desgastado por muchos motivos. Con frecuencia se limita a entenderlo como crecimiento económico. Además, se asocia a la industrialización, la vida urbana y a un modelo de ser que acumula y derrocha, pero que a la larga es insostenible. De ahí surgen afirmaciones contundentes que cuestionan el modelo dominante: “Si destruye, no es desarrollo”.

En la actualidad, se ha ido superando la idea de que el desarrollo se reduce a la mejora de las condiciones materiales de vida. Cada vez es más claro que se trata, ante todo, de vivir con dignidad: de alcanzar una vida satisfactoria no solo en lo económico y material, sino también en lo humano, lo comunitario y lo espiritual. 

Sin embargo, cuando observamos lo que ocurre en los territorios, la pregunta sigue siendo necesaria: ¿desarrollo para quién, definido por quién y desde qué lógica?

Particularmente en departamentos como Huehuetenango, es evidente que hay dinero circulando. Por ejemplo, en la cabecera departamental se puede observar la construcción de centros comerciales, edificios, condominios de lujo, aumento de negocios, así como una mayor circulación de vehículos. Podría pensarse que hay desarrollo. Pero ese aparente dinamismo económico no se traduce en bienestar para las comunidades. Por el contrario, responde a modelos impulsados desde fuera, que extraen valor del territorio sin fortalecer las capacidades organizativas, productivas y culturales. La riqueza generada no se queda en las comunidades rurales e inclusive ni en el departamento; fluye hacia centros urbanos o actores externos como lo son los grandes poderes económicos de siempre, profundizando desigualdades históricas.

Incluso propuestas bien intencionadas, como el “emprendimiento” o la “empleabilidad”, terminan fracasando. En lugar de fortalecer el arraigo, muchas veces provocan desplazamientos —del campo a la ciudad— y refuerzan la dependencia. O, como dijéramos en otra oportunidad, “terminamos jugando de comidita”.

Desde los pueblos mayas y otros pueblos originarios existe una propuesta más profunda: el Utz’ K’aslemal (en idioma k’iche), el Buen Vivir. No se trata de “tener más”, sino de vivir bien, en equilibrio y armonía con uno mismo, con la comunidad, la Madre Naturaleza y las energías del Universo. Se procura lograr bienestar individual y colectivo, material y espiritual, de manera equilibrada y sostenible. Es una visión en la que la economía no es un fin, sino un medio para dar sustento a la vida.

Desde esta perspectiva, el Desarrollo Local Endógeno no es simplemente “desarrollo en lo local”, sino desarrollo desde los territorios. Es un proceso integral, construido desde las capacidades, saberes, recursos propios y formas de organización de las comunidades, que busca generar bienestar, fortalecer la autonomía y asegurar que la riqueza permanezca y circule en el territorio.

Esto implica entender el territorio no como un espacio físico, sino como un sujeto vivo, con historia, identidad, cultura, espiritualidad y relaciones propias. Por eso, herramientas como el ordenamiento territorial y la gestión por microcuencas son fundamentales. No se trata solo de planificar el uso del suelo, sino de cuidar los equilibrios de la vida: el agua, los bosques, la producción, los asentamientos humanos. La microcuenca permite ver el territorio como un sistema interdependiente, donde lo que ocurre en un punto afecta a todo el conjunto.

Sin embargo, es importante diferenciar entre el ideal y la realidad. El Buen Vivir no puede quedarse en discurso; debe concretarse en formas de vida reales. Y es ahí aparecen tensiones inevitables.

Una de ellas es la necesidad de producir lo que consumimos y, al mismo tiempo, generar ingresos para adquirir aquello que no podemos producir. Por ejemplo, la milpa a pequeña escala tiene un profundo sentido para el autoconsumo, la identidad cultural y la relación con la Madre Tierra. Pero desde un punto de vista meramente económico, a pequeña escala no es rentable y, por lo general, no genera excedentes que permitan cubrir otras necesidades como vivienda, educación, salud o transporte.

Otra tensión es la contradicción permanente entre lo individual y lo colectivo. En muchos procesos se promueven proyectos colectivos como una forma de fortalecer la organización y generar beneficios compartidos. Sin embargo, en la práctica se cumple el dicho de que “lo que es de todos no es de nadie”, pues hay falta de compromiso, responsabilidades poco claras o incumplimiento de las tareas que corresponden a cada persona. Esto debilita los esfuerzos colectivos y genera desconfianza. 

La experiencia muestra que no basta con impulsar lo colectivo en abstracto, sino que es necesario construir formas asociativas más claras y sostenibles, donde exista corresponsabilidad y donde las personas perciban los beneficios según lo que aportan. Algunas de las formas asociativas, que tampoco están libres de dificultades, son las cooperativas que combinan el trabajo colectivo con mecanismos concretos de participación, responsabilidad y distribución justa, fortaleciendo tanto la organización como la viabilidad económica.

Estas tensiones no son casualidades. Responden a una realidad más profunda: vivimos en un mundo dominado por el sistema capitalista neoliberal, que impone sus reglas, sus tiempos y sus prioridades. Vivimos además en un mundo que está cambiando aceleradamente con nuevas tecnologías que, si bien pueden apoyar, también pueden alejarnos del pensamiento crítico, de la comunidad y de la naturaleza al punto de desplazarnos como personas.

Pero hay un elemento aún más de fondo: el paradigma desde el cual entendemos la vida y el desarrollo.

El paradigma dominante es individualista, antropocéntrico o, más precisamente, androcéntrico – donde los hombres/machos son el centro y lo más importante, dejando en segundo plano a las mujeres y otras formas de vida-, hedonista – que coloca el placer y evitar el sufrimiento como lo más importante en la vida- e inmediatista. Coloca al individuo, y particularmente al hombre, en el centro, por encima de la comunidad y de la Madre Naturaleza. Empuja a buscar el confort inmediato y el placer como fines en sí mismos, sin considerar las consecuencias para las generaciones futuras. Desde esa lógica, la acumulación se convierte en sinónimo de éxito y el consumo en sentido de vida.

Mientras el paradigma dominante no cambie, cualquier intento de desarrollo seguirá reproduciendo las mismas formas de destrucción, aunque adopte nuevos discursos.

Este paradigma es contrario a la Cosmovisión Maya ancestral que promueve la vida en comunidad, entendiendo que las personas no somos dueños sino hijos e hijas de la Madre Tierra, y que procura la continuidad de la vida, en armonía y equilibrio. El Buen Vivir propone un cambio profundo: pasar del yo al nosotros, del dominio al equilibrio, del corto plazo a la responsabilidad con la vida que viene. No se trata solo de hacer mejor las cosas, sino de hacerlas desde otra lógica.

Hablar de Desarrollo Local Endógeno implica entonces fortalecer las capacidades propias: los saberes ancestrales, la organización comunitaria, la agroecología que recupera las semillas nativas y promueve la diversificación productiva, los mercados locales, las formas asociativas. Implica también construir gobernanza territorial, crear condiciones para el arraigo de las nuevas generaciones y establecer relaciones externas que fortalezcan la autonomía.

Al final, la pregunta sigue abierta: ¿de qué desarrollo estamos hablando y para quién?

Hablar de Desarrollo Local Endógeno, desde la perspectiva del Buen Vivir, implica reconocer estas tensiones y no negarlas. Implica construir procesos desde los territorios, a partir de los saberes, capacidades y aspiraciones de los pueblos, pero también impulsando ese cambio de paradigma en la práctica cotidiana.

No se trata de rechazar todo lo externo ni de idealizar el pasado, sino de poner la vida en el centro. De preguntarnos constantemente si lo que hacemos fortalece la comunidad, cuida la Madre Tierra y dignifica a las personas.

El verdadero desarrollo, o mejor dicho, el Buen Vivir, no puede medirse solo en ingresos o infraestructura, sino en la capacidad de los pueblos para vivir de manera autónoma, con dignidad, en equilibrio y con futuro.

COMPARTE

Ahorita